Nunca volveré a Berlín - Roberto Ampuero
Nunca volveré a Berlín | Roberto Ampuero
Sinopsis
« Ya nadie recuerda que durante un año y medio, hasta su muerte, el padre del siniestro Muro de Berlín se paseó tranquilo por las calles de Santiago».
Después de la caída del Muro y la disolución de la República Democrática Alemana, Erich Honecker encuentra refugio en Santiago de Chile, donde regatea con la muerte y el juicio de la historia. Patricio Dupré, chileno y ex refugiado en Alemania Oriental, se ve envuelto en una trama estremecedora al conseguir un trabajo como traductor del líder del régimen que socavó sus sueños juveniles cuando estudiaba Filosofía en la Karl-Marx-Universität de Leipzig. En eso está cuando se reencuentra con Valentina Bode, su antiguo amor de juventud, joven de la cual fue separado por el Muro. Han pasado los años, ella no es ya la misma y esconde oscuros secretos vinculados al Partido Socialista Unificado germano, los cuales motivan su viaje al fin del mundo.
Roberto Ampuero narra a tres voces: la de Honecker, Dupré y Bode. Contrapone sus visiones y desentraña la madeja de un amor víctima de las intrigas internacionales. Nunca volveré a Berlín se revela como una novela de espías y de un amor imposible y, sobre todo, como testimonio profundamente humano sobre una época que sigue generando debate. La Guerra Fría ha terminado y el autor nos adentra en los últimos meses de vida del secretario general del PSUA en su aislado refugio chileno, donde convergen sueños, frustraciones y secretos. La narrativa cautivadora, enriquecida por la experiencia en los socialismos reales, captura los suspiros finales de una era y las disyuntivas que atormentan el corazón humano.
Con Nunca volveré a Berlín, Roberto Ampuero vuelve a su mejor registro y ofrece a los lectores una obra sobre pasiones y política que perdurará en la memoria.
Crítica
La caída del Muro de Berlín representa un hito que marcó un antes y un después para toda una generación; un cataclismo político cuyos ecos no solo resonaron en Europa, sino también en América Latina. Significó el colapso del sueño socialista y el fin de una era cuyas réplicas aún se perciben en latitudes tan distantes como las colombianas. En este escenario, Roberto Ampuero, militante comunista en su juventud chilena, nos ofrece un retrato incisivo sobre este quiebre. En particular, llama la atención del lector el apéndice histórico de una paradoja insólita: la coexistencia, en la estrecha franja del Cono Sur, de dos mundos diametralmente opuestos encarnados por Augusto Pinochet y Erich Honecker.
La obra se vertebra a través de tres voces narrativas que entrelazan lo íntimo y lo político: la de Patricio Dupré, la de Valentina Bode y la de Erich Honecker. La primera es la de Patricio Dupré, innegable alter ego de Roberto Ampuero, mediante la cual el autor revisita sus años de juventud dominados por el fervor del ideal socialista. En este eje íntimo florece el conflicto afectivo: aunque en la vida real la primera esposa del autor surgió en Cuba, en la ficción Dupré entrega su afecto a Valentina Bode, de quien se despide en la estación de Leipzig antes de retornar a Chile, cuando ya considera sus antiguos ideales como una ilusión del pasado. La segunda voz es la de Valentina Bode, quien aporta la perspectiva de los ciudadanos comunes dentro del régimen de la Alemania Oriental. Finalmente, la novela se adentra en la mente de Erich Honecker; es a través de las pesadillas y delirios del dictador en su lecho de muerte que Ampuero despliega un agudo revisionismo sobre los grandes referentes del socialismo real, sirviéndose de este espacio onírico para articular una crítica velada a la figura de Fidel Castro y al modelo que representó.
Sin embargo, el relato de Valentina destaca como el corazón más conmovedor y revelador del libro, al exponer la cotidianidad sofocante en la República Democrática Alemana. Ilusionada en su juventud por la utopía socialista, Valentina termina convertida en un peón de la Guerra Fría. El régimen de Honecker la instrumentaliza como espía dentro de una red dedicada a vincular mujeres del bloque occidental con hombres orientales para obtener inteligencia política. La tragedia alcanza su punto culminante cuando ella y su esposo intentan desertar del partido, un acto de insumisión que les cuesta la pérdida irreparable de su única hija, Angélica. A través del devenir trágico de Valentina, la narrativa retrata de forma desgarradora los últimos estertores de la RDA, mostrando cómo las ideologías extremas devoran la vida privada de sus ciudadanos.
A pesar de la riqueza de estos hilos argumentales, la lectura de la novela no resulta del todo ágil ni accesible. La estructura a tres voces tropieza con serias dificultades de desarrollo, en gran medida porque el texto falla en generar empatía hacia sus protagonistas. La construcción de Patricio Dupré, más que transmitir un desencanto trágico, proyecta una actitud pusilánime y cobarde, evidente en la manera indolente en que abandona su relación con Valentina. Por otro lado, aunque el autor recurre a las pesadillas y delirios de Honecker para humanizar o profundizar en su decadencia, la premisa no termina de cuajar y el recurso se vuelve monótono por su constante repetición. Así, la novela naufraga a ratos en su propio empeño narrativo, diluyendo el impacto de su propuesta histórica.
En perspectiva global, la obra quizás no sea la opción más recomendable para entender en detalle la mecánica de los últimos días de la República Democrática Alemana. No obstante, su gran mérito reside en ofrecer pistas valiosas sobre el escenario posterior al colapso, revelando cómo aquellas cicatrices ideológicas y humanas continúan abiertas para toda una generación. En última instancia, la propuesta de Ampuero vale más por las preguntas que deja flotando sobre las secuelas del dogmatismo que por la eficacia de su andamiaje novelesco.
Frases
- [16] El tinglado consta de macizos tablones - vértebras de una antigua casona de la zona central de Chile que se desplomó durante un sismo- y de finos perfiles metálicos pintados de negro que los soportan con gracia. Brinda digno amparo a mis libros, mi mejor y más leal compañía después de Flora, mi mujer, pintora y madre de nuestros hijos, que instaló su taller en un establo con muros de adobe, tejado y pisos de tablas, que se yergue detrás del olivar al final de la parcela que habitamos.
-[20] Solo mucho después de esa conversación entendí que el alemán del kleinbus era el último heraldo que e enviaba una de esas etapas de la vida que no se resignan a ser olvidadas y que, con obstinada insistencia, exigen ser narradas y se vengan de uno cuando s las ignoran.
-[22] Conocía Erich Honecker, el arquitecto del Muro de Berlín, en enero de 1993, en el aeropuerto de Santiago de Chile, cuando llegó procedente de Alemania y le serví de traductor por encargo del partido. Arribó en la etapa final de su cáncer de hígado, recién salido de la prisión en Berlín. Lucía amarillento y demacrado tras veintiocho horas de viaje, pero indudablemente aliviado de alcanzar la libertad.
-[22] Durante año [23] y medio la capital chilena fue el único escenario del mundo donde coincidieron dos símbolos clave de la Guerra Fría que entonces ya se extinguía.
-[23] (…) Me refiero a caudillos, tiranos y autócratas, hombres fuertes que los llaman, esos seres huraños, desconfiados, implacables, adictos al poder, que dieron forma e impusieron sufrimiento a sus respectivos países, y que a fin de cuentas hicieron de mí quien soy.
-[26] Sé que a nada conduce esta especulación crepuscular en torno a cómo pudo haber sido lo que no fue, puesto que el pasado queda esculpido en granito y corresponde asumirlo y dejar en paz a quienes lo habitaron. Invocarlo de forma incesante, creyendo que así se vuelve dúctil y maleable, solo atormenta y envenena el alma y ratifica la victoria e los enemigos sobre tu persona.
-[40] En fin, ¿de qué vale enredarme a estas alturas en los huiros de la historia, prostituta eterna de los vencedores? Este año, el 7 de octubre para ser más preciso, la RDA cumplirá cuarenta y cuatro años de existencia en el corazón de Europa, allí donde antes gobernaron Otto von Bismarck y Adolfo Hitler tronaban los cañones. En esa fecha celebrábamos nuestro día nacional con paradas militares y desfiles populares, con banderitas, challa y globos de colores, mientras los quioscos expedían cerveza fría y salchichas con mostaza, y la gente - hombres y mujeres, obreros y campesinos, jóvenes y ancianos- coreaban fervorosos mi nombre, agradecida de los logros alcanzados colectivamente por nuestra patria socialista.
-[42] Dos años, pronuncia serio pero generoso el rozagante joven ataviado en su bata blanca, como si me obsequiara un salvoconducto a la eternidad. Dos años dura el embarazo de una elefanta y también la pasión desbocada en el comienzo de todo amor, pero dos años son apenas dos parpadeos bajo este cielo sucio donde, salvo un par de camaradas chilenos, todos me abandonaron.
-[43] (…) En fin, la historia como sabemos, es ciega e injusta, sorda, insensible y a la vez implacable, y a menudo castiga a quien merece elogio y celebra a quien corresponde condena.
-[44] La historia la hacen los pueblos, afirmaba Allende. Puede ser, digo yo, pero no se responsabilizan por ella.
-[49] Me gustaría volver a verte. Hay tanto de que hablar no para volver al pasado común del cual huiste sin explicación verdadera alguna, sino para sepultarlo, pues lo insepulto siempre regresa a exigir explicaciones. Y ya lo ves: ayer huiste del país de Honecker, y hoy Honecker llega a refugiarse al tuyo.
-[58] (…) Vine a defender mi causa de toda la vida mientras regateo con la muerte.
-[60] El mundo está lleno de traidores. Aunque tardía, es una de las grandes lecciones que extraigo de mi vida, y por eso no puedo confiar de buenas a primeras en este Patricio Dupré.
-[61] La otra gran lección es que en el socialismo los malagradecidos abundan tanto como los conejos en primavera.
-[61] Todo eso se debe a que los seres humanos son incapaces de aceptar sus magras cosechas en la vida, y a que nosotros no supimos consolarlos.
-[63] Así es la vida, y aquí estoy, en una ladera de la cordillera de los Andes, lejos del tranquilo Sarre de entreguerras donde nací, y del Berlín de posguerra donde goberné. Aquí estoy, arrumbado como un florero chino que nadie sabe dónde colocar en esta casa chilena de tejas y enredaderas.
-[82] El mundo no se convirtió en lo que soñábamos en la Karl-Marx - agregó-, pero la vida avanza y no da lo que esperamos de ella (…)
-[87] No toda la vida es kintsugi - comenté. -No toda la vida puede repararse con kintsugi- repuso ella sonriendo. Nunca he olvidado el milenario arte japonés de restaurar cerámica con un pegamento bañado en oro, que Valentina practicaba sin oro, desde luego, sustituyéndolo por un colorante de convincente tono dorado que preparaba y lucía espléndido. Aún conservo mi pequeña taza negra de moka, el café que se bebía en la RDA, que ella reparó pacientemente un invierno en la Strasse des 18. Oktober.
-[88] Mis problemas puedes hacerlos repicar como una campana, me decía Uwe, burlándose de mí. El tañido de la campana era su constatación de la realidad. Nuestra profesión, en cambio, la definía como una nebulosa inalcanzable, una Andrómeda, me decía.
-[90] (…) y tengo claro que mi generación fracasó por no saber consolidar ni traspasar su weltanschauung a quienes nos siguen. Para carreras de posta demostramos ser inútiles, a diferencia de nuestros padres y abuelos, cuyo legado acogimos con veneración y modificamos sin aspavientos.
-[91] (…) Somos un país donde todo fluye pero nada cambia, donde los seguidores de Parménides fuimos arrollados por los secuaces de Heráclito, que a su vez serán aplastados por los parmenideanos. Sea como fuere, al final los hijos del [92] jaguar americano somos vástagos del gatopardismo austral.
-[92] Al país lo arrastran aguas turbulentas que devuelven a mi orilla libros que recuperan vigencia al dejar al descubierto el encanto de la decadencia.
-[102] No hay caso, no escucha. En el Caribe, mundo bullanguero, el poder absoluto ensordece, lo que a la larga ha de ser una bendición.
-[104] El poder no es una [105] carrera de postas, sino un sitial que la historia raras veces otorga en forma vitalicia a un escogido para ver qué hace con él, y uno debe estar a la altura de ese desafío.
-[120] A lo mejor se arrepintió de haberse confesado, pero lo cierto es que uno abre el corazón con mayor facilidad ante un extraño que ante un conocido.
-[134] La vida no es lo que uno quiere que ocurra sino lo que ocurre, una cosa es lo que uno intenta hacer y otra la que determinan las circunstancias objetivas.
-[134] Sobre mi cabeza solo tenía el cielo de Berlín sin [135] nubes, perfumado a tierra húmeda y pólvora. Tras ese estremecedor intercambio de miradas deseé que desaparecieran las armas y las fronteras y solo existiésemos Charlotte y yo.
-[136] Lo [137] que para ti es nítida y minuciosa memoria, para la inmensa mayoría es historia, historia general y poco conocida. Despabílate, que el tiempo vuela, y como vuela pasa factura.
-[138] (…) Muchos dieron la vida por una causa que creían eterna y que al cabo del tiempo la humanidad sepultó.
-[159] Me cuesta entender que hayamos tolerado, luego ignorado y por último olvidado que el dictador alemán se refugió aquí para morir en paz y completa impunidad, como en paz e impunidad moriría en 2006 el dictador chileno.
-[160] Los chilenos eludimos el análisis de aquello, pues nos interpelaba e incomodaba: dos dictadores clave y de signo opuesto de la Guerra Fría vivían sus últimos años bajo el cielo patrio.
-[161] Admitámoslo, tenemos quinientos años, medio milenio, y reconocer eso debería ayudarnos a no tropezar una y otra vez con la misma piedra, a no culpar a Estados Unidos o Europa de nuestros fracasos, y a no seguir creyendo que basta con proclamar un futuro esplendoroso para construir un presente pujante. Me convencí: Chile es lo que no se ve, y lo que se ve no es Chile, Chile, hábil cangrejo que se desliza de lado para ocultarse entre los tenebrosos huiros danzantes.
-[166] La historia no acepta responsabilidades colectivas ni escruta con cedazo fino. Prefiere los brochazos gruesos, y ya dictó sentencia sobre tu final.
-[178] La vida es una colección de zapatos sin cordones, preguntas sin respuestas y partidas sin regreso.
-[190] No solo los venezolanos creyeron en una fata morgana - digo yo-.Los cubanos pensaban que la CIA [191] se encargaría de Fidel, y los nicaragüenses apostaban a que North frenara al sandinismo. Al final, ningún país se ocupa de otro. Todos tienen demasiados problemas como para hacerlo. Cada uno depende de sí mismo.
-[193] Compruebo que la incertidumbre ha sido una fiel compañera a lo largo de la vida, y que lo seguirá siendo hasta que muera. ¿No ha sido ese acaso el leitmotiv de los latinoamericanos a lo largo de su historia? Como decía Jorge Luis Borges, a todos los seres humanos les toca [194] vivir tiempos difíciles.
-[196] Como las personas, los países tampoco aprenden y por eso no tienen arreglo - suele decir-.Así que no nos amarguemos por asuntos que no está en nuestras manos resolver.
-[250] Nuestro veleidoso país no es un paisaje ni una memoria ni una estructura social, sino un estado de ánimo inestable y cambiante, y sus habitantes son cometas, cometas como el Halley, que aparecen un día saludando efusivos y chispeantes, y desaparecen de pronto envueltos en un silencio enigmático, dejando atrás una estela aciaga para volver a aparecer tiempo después, efusivos y afectuosos como antes y sin dar explicación alguna por su silencio y [251] ausencia. No me asombra que carezcamos de conciencia histórica. Somos un convoy de rencores y silencios sucesivos, de promesas sin rubor incumplidas, seres carentes de una memoria que los hilvane.
-[270] (…) La poesía escribe con nubes, Patricio, la realidad, en cambio, esculpe con cincel y martillo.
-[304] ¡Qué más daba! Al final de cuentas, somos la leyenda que enhebramos sobre nuestras vidas y las ficciones que nos seducen.
-[305] (…) Solo con los años entendí esa frase y también que la libertad huele demasiado a maquillada resignación si es lo que pensaba Hegel.
-[305] (…) La vida es tacaña, materialista e interesada, y cuando nos regala algo, lo cobra de inmediato. Nada obsequia, solo vende o alquila, y cuando algo presta, lo hace imponiendo intereses usureros.
-[308] Pero Fidel fue el más astuto de todos. Claro, Cuba no es el país de Marx, Kant o Nietzsche, ni el de Lenin, Dostoievski o Tolstoi, sino una sofocante isla caribeña de breve historia y largos discursos.
-[312] Si conocieran al menos algo de la historia contemporánea, comprobarían que les tocó el palco de los afortunados. Nada saben de lo que vivimos durante el nazismo ni de cómo las potencias mundiales castigaron y dividieron a Alemania tras la derrota, y menos saben de Hiroshima y Nagasaki, del Holocausto y el extermino del pueblo armenio o eritreo, de la división de Corea, Vietnam o Camboya. Y como poco saben, creen que la suya es la mayor tragedia del globo. Les falta conocimiento del mundo y modestia, y conciencia de lo que han sido y lo que han hecho.
-[313] Viven atentos a lo que otros países dicen del suyo, y tal [314] vez esa es la causa de su malestar. Y es triste que no consigan tender el puente que los lleve del pasado al futuro y queden atascados en un berenjenal de palabras, leyes y conceptos, en un intervalo perpetuo de evocación y ensoñación, donde el presente es apenas la piedrecilla en el zapato que entorpece la marcha hacia un futuro supuestamente deslumbrante.
-[317] Los trópicos son prolífica cuna de escritores y declamadores, me cuentan, pero no de economistas ni científicos ni filósofos.
-[436] Ejercer durante decenios el cargo de ministra de Educación y ser la esposa del líder máximo de la dictadura dejó una huella indeleble en su persona, impregnó por completo su carácter. Intuye que ni para ella ni para su marido habrá perdón ni olvido, porque varios de sus abusos estarán registrados de forma minuciosa debido a nuestra acribia nacional, esa manía de [437] apuntar todo cuando nos ordenan y ejecutamos, según ha demostrado la historia.
-[443] Se me retuerce el estómago al recordar a mi hija perdida, a mi esposo asesinado y a las mujeres que defraudé. Mi arrepentimiento no me traerá de vuelta a los míos ni remediará el tormento que a tantas ocasioné. Nada del dolor infligido puede ser ahora remediado. No difiero de los compatriotas de Patricio que vivieron en la RDA simulando no ver el sufrimiento de sus compañeros de estudio o trabajo por no poder salir del país amurallado ni expresar su opinión sobre él. Resulta demoledor, pero no está a mi alcance el pedestal desde el cual pueda juzgarlos.
-[449] La gente habla de lo que ama, no de lo que abomina.
-[472] Añadió algo que me permitió comprender mejor su amarga resignación. A su juicio era iluso suponer que los dictadores podían ser castigados. No había castigo posible, pues el dolor que causan es irreparable e irreversible. No existe equivalencia entre el tormento que inflige un dictador y la pena aplicable en su contra, porque a la hora en que la justicia llega ya nadie es el mismo.
-[487] -La amé tanto como usted- agregó él desde la ventanilla, tras detener el vehículo a mi lado-.Pero nunca quiso casarse conmigo. Decía que su primer gran amor, un latinoamericano, le había dejado plantada en la estación de Leipzig; que al segundo lo había asesinado en Berlín el régimen tras despojarlos de la hija que tenían, y que ya carecía de la fuerza para volver a enamorarse. Todo amor, dijo, desemboca en mi vida irremediablemente en el vasto archipiélago del dolor.





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