La fábrica de ratones - Nelly Giraldo Gil & Oscar González
La fábrica de ratones | Nelly Giraldo Gil & Oscar González
Sinopsis
¿Y si tus pensamientos más oscuros tomaran forma de ratones?
Joe se siente excluido, herido por las burla sde sus compañeros. Pronto, en su mente comienzan a aparecer ratones oscuros: pequeñas criaturas sombrías que le susurran miedos, dudas y la idea de que hay algo "mal" en él.
Pero con la ayuda de su imaginación, las palabras amables de su profesora y la sabiduría silenciosa de la naturaleza - el jardín de su madre y el mar-, Joe descubre una verdad poderosa: puede transformar esos ratones en colores, voces dulces e ideas luminosas.
Esta historia, bellamente ilustrada, invita a los niños a reconocer y transformar sus luchas internas, abrazando sus emociones con valentía, creatividad y ternura.
Crítica
Acercarse a la literatura infantil exige una mirada tan aguda como generosa, pues como bien decía Cornelia Funke, los niños lectores son de los más perspicaces e inteligentes que existen; no son tontos y captan al vuelo cuando una historia respira verdad o cuando un autor toma atajos. Es desde esa premisa que La fábrica de ratones, de Nelly Giraldo Gil, se presenta como una obra de contrastes profundos a la que decidimos otorgarle tres estrellas. A primera vista, el libro entra por los ojos de una manera arrolladora: al tratarse de una propuesta bilingüe, el trabajo gráfico de Oscar González resulta un acierto rotundo, pues desborda un colorido vibrante y una atención al detalle que cautiva de inmediato la mirada curiosa de los más pequeños. A esto se suma otro gran acierto tecnológico: la inclusión de códigos QR que despliegan pequeñas animaciones, aportando una capa interactiva muy interesante, aunque no deja de sentirse como una lástima que estas piezas prescindan de música o de un diseño sonoro que redondeara la inmersión. Sin embargo, a pesar de su deslumbrante fachada visual y multimedia, en el andamiaje literario algo falla.
La historia arranca en un salón de clases con Joe, un chico que no logra concentrarse porque tiene la cabeza poblada de ratones. Cuando su profesora de Ciencias Sociales le pregunta qué le dicen, el niño responde que le susurran cosas horribles, haciéndole sentir que es lento o que no sirve, una representación muy honesta de las inseguridades y los pensamientos intrusivos que todos los seres humanos experimentamos. Ante la confesión de que intenta callarlos o matarlos sin éxito, la profesora, con absoluta ligereza, le lanza la gran pregunta: «¿Por qué no juega con sus ratones imaginarios?». Tras este planteamiento, el relato nos presenta la cotidianidad del protagonista: un chico sin amigos en el colegio que vive con su padre —un pescador— y con su madre, cuya casa tiene un jardín al lado del mar. Es aquí donde la trama da un salto hacia la playa mientras Joe espera a que su papá termine de trabajar; allí, uno de los ratones cae al agua y cambia de color, seguido por el resto de los roedores en un giro abrupto donde los pensamientos hostiles se transforman por arte de magia en criaturas brillantes y amables con las que puede jugar. La confusión se acentúa con elecciones de lenguaje desconcertantes, como la frase que indica que «los sacudía en el mar», dejándonos con la duda de si en realidad los echaba a la corriente o los sumergía para darles un baño.
Ese tránsito continúa cuando la escena se traslada al jardín de la madre: es allí donde Joe juega con los ratones y el discurso de estos se vuelve completamente positivo, operando una mutación bondadosa que carece de una justificación psicológica o narrativa orgánica. Y es precisamente aquí donde como lectoras nos chirría de manera profunda lo que sucede: resulta una verdadera pena que la resolución de esos pensamientos intrusivos se solucione casi por azar y arte de magia al caer los ratones al mar. Se desaprovecha una oportunidad narrativa y emocional muy valiosa, ya que en la vida real entendemos que para gestionar la mente hay que trabajar en esos pensamientos y transformar su percepción con esfuerzo; nadie tiene siempre un mar a la mano ni una solución tan facilista.
La guinda de esta fractura tempo-espacial llega al final, cuando el niño se reencuentra con la profesora; es solo en ese instante, casi por deducción policial, que el lector comprende que el chico había estado de vacaciones y que ese regreso justifica el reencuentro escolar tras la premisa inicial de la maestra. Es precisamente aquí donde la lectura se siente cortada a hachazos, escatimando los procesos de transición y confiándolo todo a una elipsis perezosa que obliga a armar el rompecabezas a empujones.
Aún con estos tropezones narrativos, al examinar el proyecto en su conjunto se comprende hacia dónde apunta realmente su brújula. La autora no se limita al cuento, sino que incluye una cartilla de ejercicios complementaria, revelando un esfuerzo de planeación encomiable. No obstante, es precisamente en este material adicional donde uno advierte que, si bien el libro se disfraza de lectura infantil, su enfoque comercial e institucional gravita fuertemente hacia los profesores y el trabajo de aula. Da la impresión de que el foco se desplaza sutilmente del niño al docente, utilizando deliberadamente estos huecos narrativos no como un descuido, sino como un pretexto pedagógico para que los maestros abran debate en clase e inviten a los alumnos a llenar los vacíos con su propia imaginación. Claro, desde nuestra perspectiva de adultas de más de treinta años, estas licencias narrativas y la ligereza en la resolución del conflicto pesan bastante; habría que preguntarse con cuánta naturalidad o qué clase de lectura hace un niño de todo este viaje. Al final, los lectores más menudos notarán si a la narración le faltan eslabones en el camino, recordándonos que las grandes historias respetan la inteligencia de su público dándoles espacio para respirar y transitar las emociones con solidez, más allá de que este título termine funcionando de maravilla como una herramienta didáctica en los tableros escolares.


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