Lo que no tiene nombre - Piedad Bonnett

Lo que no tiene nombre | Piedad Bonnett

Sinopsis

¿Hasta dónde puede llegar la literatura? En este libro dedicado a la vida y la muerte de su hijo Daniel, Piedad Bonnet alcanza con las palabras los lugares más extremos de la existencia. La naturalidad y la extrañeza conviven en sus páginas igual que en su mirada conviven la sequedad de la inteligencia y el latido más intenso de la emoción. Buscar respuestas es un modo de hacerse preguntas. También es una forma de seguir cuidando al hijo más allá de la muerte. La gran literatura convierte la historia personal en una experiencia humana colectiva. Por eso este libro habla de la fragilidad de cualquier vida y de la necesidad de seguir viviendo. 

Crítica

Enfrentarse a la muerte de un ser querido es un evento devastador que dinamita las certezas y deja un vacío en la mente, donde el olvido actúa como un mecanismo de autopreservación. Este dolor suele atravesar tres estadios: el estupor ante el impacto impredecible, el sentimiento desbordado por la culpa y la tristeza, y la racionalización. Es justamente desde la tensión entre la marea emocional y la necesidad de pensar la pérdida que Piedad Bonnett erige Lo que no tiene nombre. Lejos de buscar la anestesia de la amnesia, la autora se aferra a la escritura como una herramienta para procesar el suicidio de su hijo y sostener su memoria.

A través de las páginas, Bonnett reconstruye la imagen de Daniel. Más que una biografía cronológica, busca preservar tanto los momentos luminosos como los más oscuros. La vida de su hijo estuvo marcada por una enfermedad mental que, si bien no se manifestaba en una herida física, dejaba una huella imborrable en su conducta; una deriva dolorosa en la que también tuvo responsabilidad un sistema de salud indolente como el colombiano.

En la obra hallamos pasajes hermosísimos pero profundamente duros, donde el miedo a ser catalogado como «loco» o desadaptado pesa en esos silencios que la autora, como madre, logra intuir. Emerge también el estigma de unos padres que, buscando el bienestar de su hijo, se preguntan en qué fallaron y hasta qué punto debían intervenir en sus decisiones. Bonnett no solo busca sanar, sino comprender una condición que, aunque tratable, no resulta curable a corto plazo. Para cualquier familia en esa situación, el proceso es devastador: se sabe que el ciclo natural se ha roto y que, tarde o temprano, llegarán las consecuencias.

Empatizar con los padres es quizás el camino más accesible para el lector; lo verdaderamente complejo es comprender a Daniel. A través de sus palabras y del diálogo con autores de gran calado como Norbert Elias, Bonnett explica el porqué de aquel desenlace, diseccionando la tragedia y los pequeños ritos cotidianos que revelan facetas del joven que la familia apenas intuía. Juzgar es fácil; el mérito de la autora radica en lograr que entendamos a Daniel sin haberlo conocido. Bonnett no se limita a su rol materno: explora cómo opera una sociedad que también condicionó ese final, pues el suicidio no responde únicamente al miedo ni es un problema que la familia pueda resolver a fuerza de fármacos, compañía o dinero.

La crítica de Bonnett se extiende así al tipo de sociedad que somos. En el contexto colombiano, se tiende por excelencia a dar un espaldarazo y aplaudir por unos minutos para, de inmediato, pasar a juzgar. Nos centramos en la banalidad más insulsa y ensalzamos valores que olvidamos al dar la vuelta a la página. A quien padece una enfermedad de base se le enseña a ocultarla como un objeto vergonzante; se exige aparentar y seguir adelante para alcanzar el éxito, aun cuando el cuerpo y la mente no den más. Vendidos bajo la fachada del «país más feliz del mundo» —donde a pesar de las desastrosas noticias de violencia se nos exige sacar «tesón» y «berraquera»—, desaparecen las cifras de quienes se quedan atrás, de quienes no pueden continuar porque reconocerlo implicaría fallar en un entorno que pretende solucionarlo todo con la consigna del emprendimiento.

Daniel, a los ojos de su madre, lo entendió con lucidez. Para más inri, su vocación artística y académica —si bien le trajo chispas de alegría— lo sumergió en un mar de angustia. En Colombia y en buena parte de Latinoamérica, las disciplinas sociales y humanísticas son vistas con desdén: no le interesan a casi nadie más allá de ser una curiosidad de medio minuto en el telediario o una anécdota para chismes de pasillo.

Bonnett lo señala, lo cuestiona y lo reconoce porque sabe que este contexto social y estructural pesa en su historia personal, marcando la vida de su hijo y la suya propia. Lo que no tiene nombre interpela directamente al lector de a pie, quien, enfermo o no, cansado o no, intenta comprender cada minuto de dolor o simplemente se esconde en una coraza que, tarde o temprano, le cobrará sus deudas como un prestamista usurero.

Es justamente contra esa indiferencia y frente a la propia impotencia de no haber podido evitar el sufrimiento que Bonnett encuentra el sentido último de su relato. La autora renuncia a los monumentos fríos y a las lápidas de piedra que petrifican el recuerdo; para ella, la escritura se convierte en un segundo parto, un gesto doloroso pero necesario para que Daniel vuelva a nacer y no desaparezca en la amnesia colectiva. Al elegir la palabra viva sobre la fosa inerte, Bonnett no busca erigir un mausoleo al dolor, sino hacer circular la poca sangre que le queda: un flujo constante de memoria que sostiene a su hijo un poco más en la vida y que, al mismo tiempo, le permite a ella conservar la cordura. Así, la literatura se consolida como la última trinchera contra la desaparición definitiva.

Frases

-[18] Daniel murió en Nueva York el sábado 14 de mayo de 2011, a la una y diez de la tarde. Acababa de cumplir veintiocho años y llevaba diez meses estudiando una maestría en la Universidad de Columbia. Renata, mi hija mayor, me dio la noticia por teléfono dos horas después, con cuatro palabras, de las cuales la primera, pronunciada con voz vacilante, consciente del horro que desataría del otro lado, fue, claro esta mamá. Las tres restantes daban cuenta, del hecho, del dato simple y llano de alguien infinitamente amado se ha ido para siempre, no volverá a mirarnos ni a sonreírnos. 

-[23] (…) A pocas horas de su muerte lo que me empieza a hacer falta hasta la desesperación son las manos de Daniel, las mejillas por las que pasaba el dorso de mi mano cuando lo veía triste, la frente que besé tantas veces cuando era niño, la espalda morena de tanto sol. Su singularidad. Su modo de reír, de caminar, de vestir. Su olor. Una idea absurda me persigue: jamás, el universo producirá otro Daniel. 

-[30] Los guantes del sargento Joffrey me hablan de la vida en pequeñas cosas. A esa vida en minúsculas, sin embargo, la ronda siempre, como una amenaza, un hecho mayúsculo. Y es así como todos vivimos, a partir de cierta edad, temiendo la llamada nocturna. 

-[37] El dolor pareciera, tal vez por ley compensatoria otorgarnos derechos. De la mano del dolor, por ejemplo, el enfermo grave o terminal puede hacerse un triste, patético tirano. Un gran duelo nos vuelve momentáneamente libres, o al menos así me lo parece mientras veo a los demás detenerse en el umbral de mi pena, poseídos por el miedo o el sobrecogimiento el pudor. Mi propio gesto, mi espacio, mi silencio, mi voluntad me pertenece ahora como nunca. También soy dueña absoluta de mi palabra. Es como si la muerte de Daniel me concediera vivir por unos días rodeada por un círculo de impunidad. Pero ese poder es irrisorio, es falso, inútil. Para tenerlo he tenido que pagar demasiado caro. 

-[38] La noticia de que se trató de un suicidio hace que muchos bajen la voz, como si estuvieran oyendo hablar de un delito o de un pecado. Un pariente me llama para decirme que siente mucho lo del accidente. Yo, un tanto envalentonada por el dolor, no paso por alto el término que soslaya la verdad: No fue un accidente, digo. Entonces la voz del otro lado reacciona, y pregunta si acaso no lo atropelló un carro. Ahor comprendo con exactitud de que se trata. No, no lo atropelló un carro. Daniel se suicidó, digo. Un silencio. Alguien evidentemente, ha mentido a mi pariente, un hombre mayor, religioso, intolerante. Qué cosa más rara, dice con torpeza. Da unas condolencias confusas, cuelga. 

-[40] (…) Y es que, como dice Norbert Elías "las fórmulas y ritos convencionales de antes se siguen efectivamente utilizando, pero cada vez son más las personas que encuentran embarazoso servirse de ellas, porque se les antojan vacías y triviales". Sí. Ya no creemos en las fórmulas, pero no hemos creado un lenguaje que las remplace. Los hechos, como siempre, acorralan las palabras. 

- [41] La vida no escamotea el espectáculo de nuestro funeral. ¿Qué habría sentido Daniel si hubiera presenciado la multitud conmovida que convocó su muerte? ¿Cuánta rabia se habría acumulado en él al ver que su secreto había sido descubierto? Y esa foto que elegimos y enmarcamos, donde sonríe con coquetería, como si al frente estuviera una mujer encantadora, ¿le gustaría? ¿Habría estado de acuerdo con las obras exhibidas? ¿Qué habría pensado, él que tanto desconfiaba de su talento, si hubiera oído hablar a sus profesoras con tanto fervor de su arte, a sus compañeros de su inteligencia y su capacidad creativa? Tal vez habría dicho "qué oso", como la vez que le conté por teléfono que sus antiguos alumnos de bachillerato, a los que dicté una charla el día del idioma, aplaudieron espontáneamente cuando oyeron su nombre. Qué oso. 

-[45] En mi afán de penetrar en la muerte me he volcado de inmediato sobre los libros; pero no sobre aquellos consoladores, los que nos invitan a conectar con el momento presente o a reconciliarnos con el pasado, sino sobre los que hurgan la enfermedad mental, el suicidio, la experiencia del duelo. Filosofía, literatura, testimonios sobre la locura, la pérdida y la agonía. 

-[47] No voy a pronunciar el nombre de esa enfermedad, piensa el médico, porque no quiero rotularlo, no quiero condenarlo,  ni voy a hacerle perder las esperanzas y sumergirlo en la desesperación. Porque no hay enfermedades sino pacientes. 

-[48] No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mí, porque me abandonarán, porque me mirarán con miedo. No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser. 

-[52] Sé que tenía miedo: de su futuro, del alcance de su enfermedad, de la escasez. Miedo a su propia potencia y al reconocimiento, que lo comprometía con un talento que no estaba seguro de poseer. Que tendía a castigarse, a minimizar el reconocimiento que otros le hacían. 

-[64] El diseño de la mente de Daniel, pues, y por consiguiente su muerte, son el resultado del cambio de una letra en su código genético. Lo atroz - y también lo maravilloso- de nuestras vidas es que están parapetadas sobre lo aleatorio, lo gratuito, lo caprichoso. "Somos como moscas en las manos de los dioses", escribió Shakespeare. Sólo que no hay dioses, o que los dioses, los que construyeron, como en "El inmortal" de Borges, esta ciudad absurda y monstruosa en que nos movemos, con pasadizos que no llevan a ninguna parte, hace tiempos, siglos, que están muertos. 

-[106] (…) A mí me conviene la rutina, un jefe, un trabajo impuesto desde fuera, que me amarre a un ritmo, a unos deberes, a un proceso de concentración y no de divagación, me dijo alguna vez. Pero además, uno de los terrores que lo obsesionaban era el de la escasez. Ya nadie compra pintura, mamá, me decía. ¿De qué voy a vivir? 

-[106] Qué difícil escapar a la ortodoxia, a los caminos trazados por una sociedad que determina cuáles son las formas del éxito. Transitamos casi siempre por vías estrechas, buscando una supuesta coherencia, asustados por el caos o el diletantismo. Como maestra que he sido durante treinta años, me ha tocado ver cómo muchos muchachos talentosos ingresan a hacer sus maestrías, sus doctorados, ¡sus posdoctorados! en Ciencias Humanas o en Arte, y pasan los diez años más bellos de su vida [107] adquiriendo conocimientos y presentando pruebas, para después regresar a sus países tercermundistas a buscar desesperadamente un trabajo que les permita pagar la enorme deuda contraída por sus padres. Muchos de ellos sí ganan luego un pobre sueldo que apenas les permite sobrevivir. 

-[115] ¿Cuántas maneras hay de suicidarse? ¿Hay unas más dulces, más estéticas, más románticas que otras? Las hay repulsivas, como la del que se ahorca - que no tiene en cuenta al pobre miserable que descubrirá el cadáver-, o torturantes, como la del que se toma un veneno: Lugones, que ingirió whisky y arsénico para morir, tuvo tales convulsiones que el catre en el que yacía se desplazó de un lado a otro de la escueta habitación de hotel donde se alojaba. Las hay también absurdas y dolorosas a al vez, como la del que se autodegüella, o de la del que muere dándose cabezazos contra las paredes de la celda. Y orgullosas y rodeadas de rituales, como la de Mishima, que se hizo el harakiri delante de la tropa japonesa. Y hay muertes duces, según dice, como la del que se hunde en la nieve y muere por congelación, o la del que enciende el motor de su automóvil en un recinto cerrado y muere por asfixia. El más aséptico de los suicidios es tal vez el del que ingiere una cantidad tal de somníferos que se hunde silenciosamente en una oscuridad sin orillas. Y el más estético, aunque no menos atroz, el de aquel que entra en el agua con sus bolsillos llenos de piedras. 

-[117] ¿De qué tamaño es el dolor del que se despide de sí mismo? Daniel amaba su cuerpo, lo cuidaba , lo llenaba de mimos, lo vestía con esmero. ¿Sintió dolor al saber que lo abandonaba, que se abandonaba para siempre? Pero Daniel también debía odiar aquel cuerpo que lo traicionaba, que lo agredía, que lo exponía al miedo, a la confusión, al delirio y que de forma solapada lo hacía diferente a otros, frente a los que se veía forzado a representar serenidad y cordura. Y muchas veces debió odiar la vida, esa que tanto amaba, por haberlo escogido a él, precisamente a él, para sacrificarlo. 

-[117] Ya no tendría que enfrentar responsabilidades agobiantes. Ya no tendría que guardar un secreto, ni [118] sonreír de manera forzada, ni tendría que ser exitoso a pesar de sentirse lejos de todo o temeroso de todo, cansado, confundido, abatido por saber que estaba condenado para siempre. Ya no tendría...

-[119] Todo suicidio encierra un mensaje para los que se dejan atrás. Los que lo quisimos no sabremos jamás qué palabras alcanzó a musitar para nosotros. Releo los chats en Skype: Mamá, no estés triste, dice Daniel, cuando uso un emoticón para mostrarle mi preocupación porque le está empezando una crisis. 

-[119] (…) Pero ningún amor es útil para aquel que ha decidido matarse. En el momento definitivo, el suicida sólo debe pensar en sí mismo para no perder la fuerza. Incluso, una de las razones para escoger este final es que nuestro cariño le pesa demasiado. 

-[126] (…) Quizá porque un libro se escribe sobre todo para hacerse preguntas. Porque narrar equivale a distanciar, a dar perspectivas y sentido. Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras. Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras. Porque aunque envidio a los que pueden hacer literatura con dramas ajenos, yo sólo puedo alimentarme de mis propias entrañas. 

-[131] Dani, Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer. Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme.

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