Qué quedará de nosotros - Eduardo Sacheri
Qué quedará de nosotros | Eduardo Sacheri
Sinopsis
En abril de 1982, ante la recuperación de las Malvinas por parte de las Fuerzas Armadas argentinas, tres soldados conscriptos clase ’62 son reincorporados a filas y enviados a las islas. Llenos de expectativa, de curiosidad, de sed de aventura, Carlitos, Antonio y el Conejo se internan en ese territorio desconocido que se irá tornando cada vez más inhóspito a medida que las lejanas tratativas diplomáticas fracasen y se desencadene la guerra con los británicos. Se enfrentarán entonces a las privaciones, el frío, el miedo, y esa soledad que sólo podrá ser paliada a duras penas por la fuerza de su amistad. Y conocerán, junto a sus compañeros y sus jefes, la amplia gama de sentimientos y actitudes —la nobleza, el egoísmo, la valentía, la estupidez— nacidos en la situación límite que la guerra impone a los seres humanos. En este nuevo y conmovedor relato, Eduardo Sacheri avanza un paso más allá de la mirada panorámica sobre la sociedad argentina que desplegó en su anterior novela sobre Malvinas, Demasiado lejos, para poner el foco en el escenario bélico y sus protagonistas: los militares de todas las jerarquías y variada conducta, y estos tres jóvenes que, apenas salidos de la adolescencia, se enfrentan a lo que les ha tocado con los recursos propios de una edad en la que se tiene toda la vida —y la muerte— por delante.
Crítica
Hay historias que regresan como fantasmas: se susurran en la mesa, se recuerdan a oídas o reviven en alguna anécdota familiar. Y están aquellas que, aunque no hayamos vivido ni logremos ubicar con exactitud en el tiempo, terminan convirtiéndose en el paisaje cultural de una época ya extinta. Así nos sucede con ciertos acontecimientos históricos, y la Guerra de las Malvinas es, sin duda, uno de ellos.
Aunque escribimos desde Colombia, hay un conflicto que se nos vuelve inevitablemente familiar: la Guerra de Corea. Ocurrieron en continentes distintos y en décadas separadas, pero comparten un rasgo doloroso. En ambas contiendas, la mayoría de los combatientes eran poco más que muchachos, chicos apenas haciéndose hombres que marcharon creyendo que la guerra era una gran aventura, solo para chocar de frente con la crudeza y la irreversibilidad de la muerte.
Es precisamente ahí donde Eduardo Sacheri demuestra que es un verdadero mago construyendo personajes. Desde las primeras páginas logra sumergirte por completo en una atmósfera impecable: nos sitúa en ese instante convulso en el que Argentina acaba de recuperar las islas, retratando con precisión el imaginario colectivo de la gente, que en su inocencia imagina las Malvinas como un territorio poblado por una fauna ártica casi mítica. En medio de ese contexto destacan tres figuras memorables: Carlitos, el Conejo y Antonio "el Negro", tres jóvenes que durante sus días de servicio militar fueron bautizados entrañablemente como el trío Los Panchos.
A través de la mirada de estos muchachos nos adentramos en las costuras de la sociedad argentina de los años ochenta, pero la novela no se queda solo ahí. Sacheri aborda también el estamento militar y lo disecciona desde dos perspectivas contrapuestas: la del teniente Quinteros y la del coronel Camargo. Este último es una figura que se hace odiar desde sus primeras intervenciones, convirtiéndose en el retrato vivo de la jerarquía militar de la dictadura. Con su presencia, la narrativa nos avizora la sombra de lo que terminaría desencadenándose y desarrollándose más adelante en la historia del país.
Otro de los grandes aciertos del libro es su ritmo ágil y accesible. Sacheri nos lleva suavemente de la mano para explicarnos tanto el desarrollo directo del conflicto en las islas como el telón de fondo internacional y sociocultural que lo rodeaba. La novela entrelaza con maestría los acontecimientos reales que marcaban el pulso del momento, como las tensiones paralelas al Mundial de Fútbol de España 82 o la histórica visita del papa Juan Pablo II a la Argentina, logrando que el lector comprenda el contraste entre la cotidianidad de un país que intentaba seguir adelante y el drama silencioso de los jóvenes en el frente.
Más allá del contexto bélico e histórico, el núcleo de la novela es profundamente humano. Sacheri no busca construir héroes de bronce ni relatos bélicos épicos; su enfoque está en el miedo, la camaradería en las trincheras, la inocencia arrebatada y el vacío que deja la incertidumbre en las familias que se quedaron esperando al otro lado del océano. Esa sensibilidad para narrar el dolor cotidiano sin caer en el sentimentalismo barato es lo que convierte a Qué quedará en nosotros en una lectura tan conmovedora como necesaria.
En conclusión, esta obra es mucho más que una crónica sobre las Malvinas: es un ejercicio de memoria colectiva y un homenaje a una generación marcada por decisiones que no tomó. Eduardo Sacheri vuelve a demostrar su capacidad para conmovernos a través de lo cotidiano, entregándonos una novela imprescindible para entender las heridas que aún no terminan de cicatrizar. Un libro totalmente recomendado si buscas una historia con alma, personajes inolvidables y una mirada honesta sobre la condición humana en tiempos de crisis.
Frases
-[18] -Alta en el cielo, un águila guerrera, audaz se eleva, en vuelo triunfal...
Todos los días el Conejo hace ese mismo chiste pésimo, piensa Antonio. El Conejo es el encargado de levantar la persiana metálica. Y siempre, indefectiblemente, se pone a cantar Aurora, como si estuviese en el regimiento izando la bandera y no en el taller mecánico subiendo la cortina de enrollar.
-[24] Ahí está otra vez esa sensación desagradable de no estar a la altura. Y menos con la profesión que ha elegido. Ser oficial del Ejército no lo parece compatible con eso de la torpeza y de la indecisión. En su trabajo hay hombres que dependen de él. Que dependen de que sepa qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo.
-[27] No obstante, seguía teniendo clavada la espina de la incertidumbre, porque dudaba mucho a la hora de mandar. Ahora él el oficial que, de buenas a primeras, tenía a su cargo a un conjunto de suboficiales y soldados rasos. Quinteros dedicó muchas noches de insomnio a torturarse con la idea de que todos esos hombres iban a notar, cuando lo tuvieran delante, que lo carcomían las dudas, el temor de falla, la incapacidad para tomar decisiones acertadas.
-[31] Recién entonces Quinteros acepta la verdad: no está soñando y Argentina acaba de recuperar las Malvinas.
-[49] "A ver, abrila para ver cómo está", le dice el viejo desde abajo, Antonio se vuelve hacia él y la despliega. No hay demasiado luz, pero parece intacta. Limpia, lustrosa. Se le marcan los pliegues de haber estado doblada mucho tiempo, nomás. Antonio le pregunta si la tienen desde hace mucho. "Desde el Mundial ´78", dice el padre del Conejo. "Traete la escalera al frente, así la colgamos", dice también. "Ya que recuperamos las Malvinas, es lo menos que podemos hacer".
-[52] (…) Es como si los papeles se reprodujeran como los conejos. Odia que se le acumulen todos esos oficios y comunicaciones, pero no hay manera de tener todo al día, la pucha.
-[54] ¿Es estúpido que oficiales y suboficiales consideren que los bigotes abundantes los vuelven unos machos invencibles y unos guerreros espectaculares? Sí es estúpido. Pero muchos se lo creen. Van pavoneándose por ahí como si, a falta de medallas, esos cepillos capilares dijesen algo sobre su valor o su inteligencia.
-[55] Quinteros está feliz por la recuperación de las Malvinas. Pero Quinteros sólo puede ser feliz en un mundo ordenado y previsible. Nunca en un mundo caótico. Y en estos últimos días se le viene repitiendo la sensación - como ahora mismo, cuando el otro lado del escritorio tiene sentado a ese subteniente al que le falta un golpe de horno-de que hay, a su alrededor, mucho más caos del que puede tolerar.
-[56] El jefe sigue hablando en ese tono de voz pausado, tranquilo, tan habitual en él. Cuenta que el gobernador [57] militar designado lo habló con él varios días antes del desembarco. Que tiene que manejar una guarnición de seiscientos, setecientos hombres a lo más. Que el único pueblo digno de ese nombre, en toda la extensión de las islas, es Puerto Stanley. Que lo demás son estancias, una por acá, otra por allá y otra por donde el diablo perdió el poncho. Y que hay muchas más ovejas que personas. Así que la cosa es ir a las islas y gobernarlas.
-[60] Los infantes de Marina que desembarcaron el 2 de abril, ésos son los del primer grupo. Y sí tuvieron acción: no sólo tiraron tiros, sino que sufrieron que les tiraran y hasta les provocaran un par de bajas. ¿Pero ellos? Ellos van a controlar que los kelpers no se emborrachen y que aprendan a manejar por el lado derecho de [61]las calles. No jodamos. No vistamos de epopeya lo que será nada más que un acto administrativo.
-[68] -¿Se puede saber quién es éste?
Quinteros escucha la pregunta del mayor Alfredo Camargo y se pregunta cuán hijo de puta puede ser un jefe. Cuál es el límite. Cuál es el techo. Sabe que esa pregunta que se fórmula, además de tácita, es retórica, porque Camargo siempre parece capaz de perforar el techo de la hijaputez. Cada día, a cada hora, en cada cosa. Alcanza con ver el parpadeo del subteniente Parisi, que no sabe cómo reaccionar al comentario.
-[70] A veces te tocan jefes que son inteligentes y a los que da gusto obedecer. Y a veces te tocan jefes como Camargo.
-[92] (…) la correa suena con un chasquido cuando el perro la tironea con el cogote pero por suerte no se corta, y ahora lo que se escucha es un coro de perros porque esos perros de mierda se contagian las ganas de ladrar los unos a los otros y cuando Antonio consigue salir a la vereda saltando un tapialcito el barrio es un batifondo de perros chumbando, pero por lo menos ya salió y no lo vio nadie, menos mal, gracias a Dios.
-[106] -Calculo que nos vamos a cagar bien de frío- dice el Conejo, y hace una pausa -.Pero yo también quiero ir. Oíme, desde primer grado que vienen rompiendo las bolas con las Malvinas. Y ningún argentino estuvo nunca. O casi ninguno, ponele. ¿Te imaginás ser de los primeros?
-[110] Antes de llegar a la puerta que le sostiene Antonio, Carlitos escucha que a sus espaldas alguien ha empezado a aplaudir y enseguida los demás se van sumando. Los están aplaudiendo. Carlitos no lo puede creer, pero los están aplaudiendo.
-[114] (…) En el fondo, su tío es un tipo coherente, y la coherencia es respetable. Sos milico, te odiás con tu hermana y su familia, tenés como soldado conscripto a uno de esa familia, así que lo bailás con más gusto que a los demás.
-[121] Vuelve a extender los calzoncillos hacia Carlitos, como si los elogios de su amigo hacia su nueva adquisición le hubiesen parecido insuficientes.
-Con estos me voy a matar de risa del frío. Otra que frío. ¿Vos qué decís?
-Seguro que abrigan un montón- concede Carlitos.
-.¿Es seguro lo de que van a las Malvinas?
-[122] (…) Lo mejor, concluye, es no aclarar nada. Le da demasiada vergüenza. Lo [123] mejor será que cuando pasen la lista definitiva con los roles de combate parezca que él se está enterando junto con ellos de que se queda en el continente. Eso siempre y cuando no explote antes, porque se siente a punto de estallar. Demasiado culpa, demasiada humillación, demasiada necesidad de irse con sus compañeros. Nada menos que a las Malvinas. Quién carajo en su sano juicio se perdería una oportunidad así, la puta madre.
-[127] A Carlitos no se le escapa que dijo "estamos". O sea que Burgos también va a las Malvinas. Bruto como un arado, corto como él solo, el cabo Burgos va a conocer las Malvinas y él, Carlitos López, se va a quedar rodeado de un montón de colimbas nuevos cuidando un cuartel [128] vacío.
-[138] La pregunta sería: "¿Y ahora qué quiere este pelotudo?", pero Quinteros se cuida de formularla en voz alta, por supuesto. Nunca hay que sucumbir a la tentación de criticar a los superiores delante de los subordinados, porque eso afecta la cadena de mando y la propia autoridad de uno como oficial. Eso es verdad acá y en China, ayer, hoy y siempre. Así que silencio y cara de nada con el furriel que vino a avisarle que Camargo lo reclama con urgencia.
-[142] Quinteros se da cuenta de cómo se combinaron las cosas: el sargento Rubio se fue de permiso y las listas quedaron a cargo de un subteniente al que todavía no se le borró el [143] bigote de leche y el cabo Burgos, que es un buen tipo pero cuenta, en un cálculo optimista, con unas ocho neuronas en total que trabajan de manera independiente y esporádica. Genial. La puta madre.
-[144] Eso de inspirar con la parte baja de los pulmones, hinchando la panza, y después largar el aire despacito. Eso relaja. Eso ayuda, tanto para preparar el disparo como para apaciguar el deseo de estrangular a un superior pelotudo que no tiene problema en horadar tu autoridad delante de tus subordinados. Otra que "no tiene problema". Lo disfruta, el muy hijo de puta.
-[154] (…) Y los pibes empiezan a aplaudir y el avión empieza a alejarse del piso y el ruido de los motores de a poco va volviendo a ser suavecito y Antonio piensa la puta madre que lo parió, estoy volando, estoy volando en un avión.
-[156] Bueno, eso de "nadie" es un poco mucho, porque al rato el Conejo, desde el otro costado del avión, empieza con "Che, Negro, ¿Qué estás, rezándole a la ventanilla? " y los otros se cagan de la risa y Antonio medio que también se ríe porque es verdad, parece estuviera arrodillado [157] en la iglesia, con las rodillas en la maderita esa que tienen los bancos de la parroquia para que te pongas ahí y no te ensucies, pero un boludo este Conejo que lo único que falta es que el cabo Ortega ahora se acuerde y empiece de nuevo con la cantinela de "Soldado, siéntese bien".
-[159] Son tantas cosas las que Antonio quiere acordarse que tiene miedo de que al bajar algunas se le olviden, pero no importa, porque seguro que este día se lo va a acordar toda la vida.
-[161] (…) Pero Antonio tampoco se engancha con eso porque para eso está la memoria, también, que para eso nos lo ha dado Dios, para acordarnos de las cosas, o cómo carajo hacían los humanos para acordarse de las cosas antes de que inventaran la máquina de fotos, a ver, así que Antonio se concentra en mirar para afuera y de repente no puede creer lo que ve.
-[182] (…) En lo que va del día, los conductores a los que han detenido se dividen en dos categorías: los que miran a los soldados argentinos como si fueran todos violadores en potencia y los que los observan como si fuesen una manga de orangutanes analfabetos.
-[183] A partir del siguiente auto los milicos se limitan a alzar la mano, aproximarse al conductor por el lado derecho, sonreír y lanzar un "Americangüei plis". Así, de corrido. Santa solución. Tanto el sargento como el cabo se entusiasman con sus nuevas funciones de lenguaraces y se ocupan de hablar con los conductores.
-[185] (…) Antonio se da cuenta de que se había imaginado las Malvinas como si fueran Bariloche, y nada que ver. Cada vez que pensaba en las Malvinas se le venía al bocho una postal de esas con lagos, nieve, muchos árboles, con esos ciervitos como Bambi por todos lados. Y claro, nada que ver. Ovejas hay, por lo que se ve. Pero Bambi no hay ni uno.
-[187] -Andá a cagar, Conejo. Al lado tuyo soy más lindo que Claudio García Satur.
-[267] (…) Además, como allá arriba, en los montes, el único modo de encender fuego es quemando turba, todo tiene tanto olor a humo todo el tiempo que el tufo es un dato más de la realidad, como la lluvia y el frío.
-[271] Usted dice que no se pueden portar como chicos de escuela. ¿Y sabe qué? Son casi chicos de escuela, así que sí, pueden portarse así. Hoy, pueden portarse así.
-[271] -Ser oficial no significa dar órdenes, Parisi. Significa aprender qué órdenes dar y cuáles no, Parisi. Y estos pibes, dentro de unos días, en una de esas tienen que fajarse con los ingleses. Y para ese momento tienen que estar del mejor modo posible. Lo más limpios que puedan, lo más abrigados que puedan, lo mejor alimentados que puedan. Y lo más contentos que puedan. Y sobre todo lo más confiados que puedan en sus jefes, Parisi.
-[276] -Esta semana se complicó un poco- concede Antonio-.Suben al mediodía y a la noche. Pero es verdad que el desayuno y la merienda nos las tenemos que arreglar como podemos.
-¿Querés que te compartamos pócima de trinchera? - le pregunta el Conejo a Carlitos.
-[281] -Entonces va a haber guerra, decís vos.
No dice nada más, pero se lo queda mirando. Carlitos le da vueltas a su taza vacía.
-Sí, Negro. Me parece que sí.
-[301] A medida que pasa el día Carlitos se siente más y más contento. No nota el cansancio de la marcha. O, más bien, ese cansancio se compensa con la sensación de novedad, de aire libre, de estar explorando lugares en los que nunca jamás en la puta vida anduvo caminando nadie. Así de salvaje, así de libre, así de solo se siente ese sitio.
-[306] Antonio y el Conejo se la pasaron despiertos, aterrorizados, acostados en el pozo de zorro con el casco puesto, las manos tapando los oídos y la boca bien abierta para evitar la rotura de los tímpanos, como les habían enseñado. La siguiente pasó lo mismo. Ya la noche posterior Antonio se acomodó más como siempre y durmió sin el casco. Y durmió. Escuchó las bombas, pero las escuchó de fondo.
-[319] (…) Solté al perro, lindo perro, pero ahora que se está poniendo cargoso, ato a mi perro y me lo llevo a su cucha. Perro exhibido, perro utilizado, perro aprovechado, perro neutralizado. Listo, por ahora.
-[336] Baja hacia la posición saludando con la cabeza a los compañeros con los que se cruza y pensando si el Conejo habrá calentado agua para el mate. Son medio nenes de mamá, estos porteños. Si no les das cuerda se quedan esperando que alguien haga las cosas por ellos.
-[349] No, ahora no tiene miedo. Lo que tiene ahora es tristeza, porque se pone a pensar en esos soldados que les tiraban con los FAL a los helicópteros o los aviadores que enfilaban el estrecho para tirarles sus bombas a las fragatas y piensa que muchos de ellos deben estar muertos o heridos, y para qué carajo, Dios, para qué carajo permitís que esos soldados se jueguen la vida y en una de esas los hayan matado así después, encima, los ingleses consiguen establecerse en su puta cabeza de playa.
-[359] No hay milicos desordenados, pero hay milicos que son ordenados y gracias, otros que son muy ordenados, y otros que tienen sus cosas con el nivel e prolijidad de un quirófano antes de una cirugía. En eso Camargo y él se parecen. Aunque Quinteros quiera pensar que es en lo único en que se parecen.
-[360] Siempre es más fácil defender un territorio que intentar desembarcar con él, si está bien defendido. Porque mientras desembarcás, estás expuesto. Te pueden tirar con todo: desde tierra, desde el aire, desde los barcos. Vos, recién desembarcado, estás en una posición fija y expuesta. Fija porque estás quieto delante de una playa. Y expuesta porque estás al aire libre, mientras que tus enemigos están atrincherados.
-[366] (…) Quinteros va hacia su catre con un ligero mareo. Si tuviera que entrar en combate en la próxima hora, no estaría en la condición óptima de un soldado. Por otro lado, en la próxima hora la única situación de combate que podría suceder es que les caiga un cañonazo naval que los haga puré. Y en una de esas, piensa Quinteros, no sería tan mala noticia. Por lo menos sería una manera de terminar con todo esto. De terminarlo ya.
-[380] Un milico asustado sí es un milico peligroso.
-[390] Eso es algo que tienen que aprender, se dice Quinteros. No todas las personas reaccionan igual, ni piensan igual, ni toman las mismas decisiones. Es una verdad de Perogrullo, pero Quinteros a veces se la olvida. Y un jefe tiene que saber cómo van a actuar los demás. Prepararse. Anticiparse. Y es una imprudencia, una ingenuidad, suponer que los demás son como uno.
-[396] Eso es todo lo que contesta Camargo, antes de volver a enfrascarse en la conversación que sostiene con el coronel. Lo dice con un encogimiento de hombros, como si la pregunta de Quinteros hubiese estado de más. Ahí está. Es un hijo de puta. No es un hijo de puta porque exagere [397] ni con los maltratos ni con la violencia, ni con nada. No, Quinteros cae en la cuenta de que lo que se le da miedo de Camargo es que el tipo es malo, sabe que es malo y no tiene el menor cargo de conciencia por ser malo.
Quinteros sale al exterior pensando en lo jodido que es tener un jefe al que no le importa nadie más que sí mismo. A esa gente nunca es bueno tenerla cerca. Pero entre milicos, menos. Y entre milicos que están peleando una guerra, menos que menos.
-[410] El bautismo de fuego de Quinteros acaba de ocurrir, hoy, hace un minuto, el 28 de mayo de 1982, en el istmo de Darwin, en la isla Soledad del archipiélago de las Malvinas.
-[475] Parisi llegó al cuartel siendo un pendejo prepotente e inseguro, un oficial sacado del horno antes de tiempo. Eligió como modelo a un hijo de puta de marca mayor como Camargo. No entendió jamás cómo tratar a sus subordinados. Y tal vez el último eslabón de su pésima cadena de decisiones fue pensar que quedaba como un valiente si se ofrecía para ir a la vanguardia de la patrulla. Y en los hechos se murió sin aprender nada, sin enmendar nada, sin caer en la cuenta de todo lo que había hecho mal. Si Dios existiera no permitiría que sucedieran estas cosas. No la muerte, sino la muerte con todas las cuentas sin resolver.
-[478] (…) Y Quinteros sospecha que nadie va a querer abrazar a esos fantasmas derrotados. Que todos los que corrieron a despedirlos con banderas van a recibirlos cerrando las puertas de sus casas.
-[498] (…) Es muy difícil afirmar algo así, pero Antonio está seguro de que, más allá de la cara de perro enojado que tiene siempre, el teniente, por adentro, se está cagando de la risa.
-[511] (…) El cielo es un océano de estrellas. Casi nunca se ve así, porque suele estar nublado de día y de noche. Pero hoy está despejadísimo y encima, como no hay luna, las estrellas se ven mejor todavía.
-[525] ¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos? Eso me pregunto, teniente. Me pregunto qué quedará de nosotros. Si es que queda algo, ¿vio? En la memoria de la gente, después...
-[550] ¿Cuánto hay de verdad en los refranes? Su abuela María decía que los refranes son la filosofía de los pueblos.
-[553] Ahora mismo no se puede sacar de la cabeza a esos ingleses que vio. Esos tres o cuatro que venían corriendo hasta que se tiraron cuerpo a tierra. Hasta ahora no tenía [554] claro lo que significaba la guerra. Desde que los vio, desde que les tiró los últimos tiros que le quedaban, desde que se escapó de ellos justo a tiempo para que no lo mataran, Carlitos acababa de entender lo que es la guerra. No esta guerra. Cualquier guerra.
Unos tipos quieren algo. Otros tipos quieren lo mismo. Se encuentran para matarse. Los que maten a los que mueran son los que ganan la guerra y son los que se quedan con eso que querían los unos y los otros.
-[555] Carlitos, inmóvil en la misma piedra en la que lleva sentado toda la mañana, se promete que si vuelve vivo nunca va a decir una palabra de la guerra. Para qué, ¿Cómo te van a entender los que no estuvieron? O peor: capaz que te quieren consolar. O peor todavía: mirá si les da por quejarse. Si les da por quejarse de que los soldados argentinos perdieron la guerra.
-[599] Antonio lo mira. Le da ganas de decirle que se siente raro. Diferente. Como si fuera una persona distinta del que fue toda su vida hasta ayer. Que se siente...otro. Eso, Otro. Y que lo aplasta la idea de que de ahora en adelante es otro. Para siempre. Para el resto de su vida. Y si el resto de su vida son sesenta años o veinticinco minutos da lo mismo. Es otro. Le guste o no le guste, es otro. Pero no le dice nada.
-[574] (…) No, Quinteros. Te falta tomar mucha sopa para ganarme en el juego de comerle el cerebro a un enemigo. Mediocre. Pelotudo.
-[611] Ése es el recuerdo de Quinteros elegirá, muchas de sus noches, para poder dormirse. La imagen de esos tres soldados, uno ileso, otro lastimado, otro malherido o en una de esas muerto, caminando por el páramo, sosteniéndose entre sí con el último vestigio de sus fuerzas, bajo la nieve y bajo las bombas, ayudándose a volver a casa.
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