La librera del Cairo - Nadia Wassef
La librera del Cairo | Nadia Wassef
Sinopsis
Nadia Wassef siempre quiso ser librera. Junto con su hermana y su mejor amiga fundaron hace veinte años Diwan, una librería en su Cairo natal. Eran tres mujeres jóvenes, sin formación académica, sin experiencia y sin nada que perder. Por aquella época, no había aún librerías en Egipto. La cultura se hundía bajo la mala gestión de un gobierno corrupto y los libros se consideraban un lujo, no una necesidad.
La librera de El Cairo, con su ecléctico reparto de personajes entrañables, nos transporta a una ciudad que trasciende a su propia historia, y nos permite asistir a su lenta pero audaz transformación para alejarse de un sistema arcaico, misógino y corrupto. Como El edificio Yacobián, de Alaa Al Aswany, en su momento, este libro permite que sean los protagonistas y sus pequeñas historias los que construyan el alma de la capital de Egipto.
Crítica
Existe una extraña y hermosa complicidad entre las mujeres y los libros; un lazo visceral que las alza como guardianas, maestras y depositarias de la historia íntima de una nación. Esta fuerza colectiva encuentra su reflejo más vivo en Hind, Nadia y Nihal, las protagonistas de esta historia. Unidas por una devoción común hacia la lectura, estas tres mujeres nos abren la puerta a una faceta de El Cairo vedada al resto del mundo; una mirada genuina y profundamente humana que, especialmente para quienes somos foráneos, logra trascender el exotismo y revelar la verdadera arquitectura social y emocional de una ciudad en transformación.
La voz que articula esta travesía es la de Nadia Wassef, cofundadora de Diwan, la emblemática librería que desde 2001 revolucionó el panorama cultural de El Cairo. Narrar desde el núcleo de este proyecto no es un detalle menor; Wassef nos sitúa en un punto de observación priviliada, justo en el umbral de una transición histórica convulsa. A través de sus ojos, asistimos a la evolución de una ciudad que se preparaba para el estallido de la Primavera Árabe, capturando ese clima de efervescencia, esperanza y cambio inminente que transformó no solo las calles egipcias, sino también el propósito vital de quienes intentaban resistir a través de los libros.
Pero el gran acierto de este libro es que no se limita a ser una postal romántica de la bohemia literaria; por el contrario, nos sumerge sin filtros en la asfixiante burocracia egipcia. Wassef expone ese amasijo entre lo moderno y lo antiguo que define a El Cairo, una complejidad que a menudo resulta invisible incluso para quienes nacieron allí, como la propia Nadia y Hind, quienes crecieron ajenas a su propio legado árabe y empiezan a descifrarlo sobre la marcha. Entre páginas desfilan así los engranajes de un país tan fascinante como hostil: desde la ausencia de ISBN hasta los laberintos administrativos y el cotidiano soborno, tejiendo una bitácora donde la supervivencia de la librería y el autodescubrimiento de sus creadoras caminan de la mano.
En ese sentido, La librera de El Cairo cobra vida propia al adentrarnos en la anatomía misma de Diwan. Lejos de ser un espacio abstracto, el negocio se nos revela como un territorio de contradicciones y debates vivos. Emplazada inicialmente en Zamalek, un barrio acomodado de la capital, la librería tuvo que lidiar desde el primer día con la etiqueta del elitismo y el choque entre la literatura en inglés y los estantes dedicados al árabe. A través del mapa interno del local, desde su café hasta la cuidada selección de egiptología, pasando por los libros de cocina o la autoayuda, Wassef expone las fricciones de clase y las tensiones culturales de una sociedad que consumía literatura buscando respuestas, mientras la censura estatal vigilaba atentamente qué títulos merecían cruzar la puerta.
A esta radiografía del espacio se suma el rigor con el que se abordan ciertos paradigmas culturales. Para el lector curioso, el texto está repleto de hallazgos fascinantes; resulta revelador descubrir, por ejemplo, cómo Las mil y una noches, considerada en Occidente la cúspide de la literatura oriental, es vista con recelo, censurada o relegada al olvido en su propio entorno. Este tipo de paradojas cobra mayor sentido al entender el contexto de un Egipto que se deslizaba progresivamente hacia un islamismo más riguroso. Wassef retrata con agudeza cómo una sociedad con profundas raíces coptas se vio paulatinamente arrastrada por los vientos de cambio radical que sacudieron a Medio Oriente, convirtiendo a Diwan no solo en un comercio, sino en un santuario y frente de resistencia cultural.
Todo esto lo narra Nadia Wassef con una prosa mordaz, ágil y atravesada por una ironía sumamente lúcida, capaz de equilibrar la complejidad sociopolítica con una honestidad desarmante sobre sus propios errores y descubrimientos.
La librera de El Cairo es, en última instancia, mucho más que una memoria sobre la creación de un espacio literario de éxito. Es una carta de amor imperfecta a una ciudad caótica, una radiografía sociocultural sin edulcorar y una prueba irrefutable de cómo los libros pueden redefinir el paisaje de una nación. Una lectura imprescindible para quienes buscan entender Egipto desde sus entrañas y dejarse contagiar por el coraje de tres mujeres que se atrevieron a abrir una ventana de libertad en pleno corazón de Oriente Medio.
Frases
-[31] En Egipto, el pasado vive en el presente, a menudo lo vuelve a visitar de incógnito y nunca desaparece por completo.
-[32] En la segunda mitad del siglo XIX, el Gobierno relajó su monopolio sobre la edición, y luego la censura, sobre todo durante la ocupación británica de Egipto en 1882. Las altas esferas de la sociedad tenían los medios y el interés para invertir en la prensa escrita.
-[33]Las editoriales enviaban los libros en paquetes envueltos con cuerdas tan apretadas que dejaban marcas en las cubiertas, o en cajas de cartón reutilizadas que habían contenido antes cartones de tabaco. Este es el panorama con el que nos habíamos encontrado Hind, Nihal y yo. Impávidas, empezamos a trabajar con este caos y contra él.
-[34](…) Mientras hablaba con un jefe de edición, descubrió que pocas sobrecubiertas imprimidas a nivel local llevaban ISBN. En Egipto, las bibliotecas nacionales generaban los ISBN todos de una vez, lo cual garantizaba que se aprobaran las obras que no fueran contrarias al Gobierno reinante.
-[35] (…) Luego, se aventuró en lo desconocido: las cifras de ventas. Las librerías en Egipto habían usado tradicionalmente registros manuales o recibos manuscritos. Nadie sabía con exactitud qué estaba vendiendo, por lo que nadie sabía cuántas existencias debía tener. Quien sí lo sabía mantenía en secreto las cifras de ventas. Hind desafió las convenciones recopilando estos datos y publicando recopilando estos datos y publicando después las listas de los más vendidos en Diwan, incitando a la competencia entre las editoriales y los autores y presentando a los lectores libros nuevos.
-[36]El esquilmado sector de la venta de libros en El Cairo había fomentado dos tipos de lectores principales: los que se resignaban al sistema fracturado y los que, como Hind, Nihal y yo, ansiábamos una alternativa.
-[40] Al margen de mi decepción, pensé: "¿Qué pasa con Egipto? ¿Qué les pasa los países que ignoran sus proyectos culturales en pro de embalses y autopistas?". La respuesta era evidente. Nuestros museos se han convertido en cementerios, espacios muertos dedicados a los triunfos de unos pocos hombres fuertes. Nuestros libros de texto se hacían eco de estas mentiras y estos olvidos. Los parques se habían reducido a medida que aumentan los costes de su mantenimiento. El periodista creía que la cultura se había vuelto una preocupación de las élites y que los libros eran irrelevantes para las personas que estaban luchando por mantenerse por encima del umbral de la pobreza.
-[45] Las librerías son tanto espacios privados como públicos en los que huimos del mundo y a la vez participamos de él más plenamente.
-[53] En los libros, los gestos, las tazas de café y en las hojas de té, todos nos buscábamos a nosotros mismos, mutuamente, y un medio de subsistencia.
-[56]En nuestro mundo, las profesiones se legaban, y la gente te conocía incluso si no sabía tu nombre. Las relaciones regían nuestros actos mucho más de lo que lo hacían los sistemas establecidos o las leyes escritas.
-[63]Tu arma es el ruido. La suya es su silencio. Me da más miedo ella. Tú quieres tus bolsas, tú sigues mis reglas.
-[69]Había un motivo para el plural del nombre de nuestra sección. Cualquier narrativa en singular de Egipto es una mentira. La historia de El Cairo es, fundamentalmente, un relato de dos ciudades: una tiene lugar en libras egipcias; la otra, en moneda extranjera. La gente que vive de la libra egipcia va a colegios públicos, usa transporte público y trata de mantenerse por encima del umbral de pobreza. Su bien más preciado es una tarjeta de subsidio que le permite comprar productos en los establecimientos gubernamentales.
-[70] El Cairo es el lugar donde viven, pero su alma no siempre mora en ellos; tienen que trabajar para ver su propia ciudad.
-[71]Cuando era pequeña, sentía un respeto y una admiración infinitos por Hind, así que hacía lo que cualquier hermana pequeña haría: la acosaba y la molestaba sin cesar. De adolescentes, nuestra furia era mutua, como lo eran nuestras ganas de destrucción. Dábamos portazos en medio de promesas de exclusión y ejecución. Al final, aprendimos el valor de la hermandad en un panorama obstinadamente misógino. Nos volvimos amigas y juramos apoyarnos y protegernos la una a la otra. Y, a pesar de todo, sabíamos mejor que nadie cómo tocarnos las narices mutuamente.
-[77]Los occidentales crearon la egiptología, luego se la enseñaron a los egipcios. Es como el Servicio de Antigüedades, un programa gubernamental que dio comienzo en el Egipto de mediados del siglo XIX con el pretexto de controlar el comercio de objetos egipcios. En realidad, actuaba como una extensión del neocolonialismo: el programa lo dirigían expertos franceses, y a la mayoría de los arqueólogos egipcios no se les concedía el permiso necesario para excavar en su propio país.
-[78]Cuanto más pienso en ello, más me pregunto cómo nuestra confianza en el conocimiento importado limita nuestra capacidad de imaginar.
-[81] Pero la historia es algo vivo e interpretable. Y también lo es la literatura. Saber por qué leemos, qué necesidades satisface -evadirnos de la realidad, conectar con un pasado que se nos ocultó, reavivar el orgullo nacionalista- puede ayudar. Pero quizá lo más importante preguntarnos cómo leemos. El conocimiento nace de la inquietud, y dudo mucho de la capacidad de sentir inquietud del Dr. Medhat.
-[84]Me pregunto si la tolerancia se aprende, como la lectura, un hábito inveterado en Hind y en mí desde temprana edad. Tal vez los demás no tengan el privilegio.
-[85] Nos retábamos a nosotras mismas y a los demás a leer la historia como algo cambiante y como a un registro exánime y lineal. Presentamos y presionamos para hacer un estudio fragmentado de una historia fragmentada.
-[87]La traducción es fundamental. El acceso a la literatura traducida alimenta y reafirma la imaginación.
-[92]La nostalgia, una inquilina permanente en los corazones de tantos egipcios, vende libros.
-[98](…) Más complicado aún era lo que duraba este ciclo: desde hacer el pedido hasta colocarlos en las estanterías, un libro podía tardar entre cuatro semanas y cuatro meses antes de encontrarse reposando tranquilamente en uno de los estantes de Diwan.
-[98] Vender libros también es un diálogo y, como [96] sucede con cada diálogo, hay personas que lo fomentan, participan en él, lo interrumpen o se limitan a escuchar con disimulo.
-[101]Los Esenciales de Egipto era una sección pequeña que planteaba una serie de preguntas sin pretender responderlas. Reuní imágenes de mi patria en un único lugar en busca de algo. Nuestra colección ecléctica presentaba el colonizador al colonizado, los historiadores a los novelistas, los lugareños a los exiliados. Las realidades en conflicto existían codo con codo en Egiptos en conflicto, un conservacionismo extremo y un liberalismo desprovisto de raíces, una pobreza ofensiva e incluso una riqueza más ofensiva; siempre han estado y siempre estarán. En mis recuerdos, como en las calles de El Cairo, el presente nunca acaba por completo con el pasado, ni tampoco se fusionan ambos. Al igual que las [99] pelas entre vecinos, se deleitan con existir uno al lado del otro en una discordia común.
-[109] A partir de los años cuenta, abla Nazeera fue una voz constante en la radio egipcia. Entre 1941 y 1952, fue coautora de seis libros de texto. En 1973, fue galardonada por su labor en el ámbito de la educación de las mujeres y recibió una medalla conmemorativa de la inauguración de la primera escuela pública para niñas cien años antes, en 1873. Cuando falleció en 1992, a los noventa años, era un símbolo reconocido cuya influencia abarcó generaciones.
-[120] En un país con tendencias a la censura, hay una extraña ironía, y subversión, innata para guardar secretos; si un registro no se transcribe, no puede ser destruido.
-[122]-Ustaza, no hay nada que temer. Solo quieren conocerla. La fama de Diwan ha aumentado en solo dos años. Su camino estaba destinado a cruzarse con el del censor. Piense en ello como un perro olisqueando a alguien que visita la casa de su dueño- me tranquilizó.
-[128]En una sociedad que prosperaba con los chismes y el intercambio de información, guardaba mis secretos como si fueran sus hijos.
-[148]-El trabajo duro no la llevará a ninguna parte, pero el soborno sí. Hemos aprendido a desconfiar de los empresarios, porque los vemos como ricachones que han amasado su fortuna por medio de la falta de honestidad. El éxito no es algo que celebremos. Lo envidiamos, aunque sepamos que se ha obtenido de forma poco ética.-Hizo una pausa, como si estuviese respondiendo a una pregunta- Rece para que Diwan avance sin esfuerzo. No desee que acabe teniendo demasiado éxito.
-[149] (…) Los libros no lograron captar mi imaginación, pero seguí leyendo, alimentada por la inseguridad, esperando auto superarme. Nunca se me dieron bien los números. Prefería las palabras. No sabía nada de planes de negocio, resultados, ingresos y estructuras jerárquicas. Sabía que las líneas eran cosas que cruzaba.
-[158] -Dice así el refrán: "Los egipcios escriben libros, los libaneses los publican y los iraquíes los leen"-repliqué-.Hemos creado una experiencia, y por eso tenemos éxito.
-[181](…) Tenían que resolver con creatividad los problemas de su vida cotidiana y asumir riesgos profesionales con unas consecuencias inciertas. El sustento que aportaban las mujeres iba más allá de sus capacidades, pero salían adelante, como Sabah, hasta que un día un suceso acabó dolorosamente con el frágil equilibrio.
-[187] Muchos hombres se pasan la vida estudiando libros sagrados con la esperanza de llegar a ser más santos. Pero usan estos textos sagrados para justificar las malas conductas, mientras los laicos se hacen pasar por autoridades morales para perseguir los mismos fines despiadados. Nuestras creencias nos protegen de los demás y nos ciegan ante nuestra propia hipocresía.
-[195] (…) En Egipto, donde las familias extensas viven juntas, las madres, las familias y las vecinas cuidan y orientan a las embarazadas. El cuidado de los hijos ha sido tradicionalmente un asunto comunitario. Aprendemos de los demás, no de los libros.
-[224] Déjame que simplifique. Nunca tomes una decisión basada en el miedo o la culpa, o guiada por lo que crees que es más fácil. Elige lo que te parezca sincero.
-[224] En la vida hay pocas cosas justas, pero se trata de lo que pensamos de ella. No soy ninguna heroína pionera y no soy mejor que los millones de mujeres que aguantaron en un matrimonio mierda. Me puedo permitir divorciarme. Así de simple. Tenía un techo para mí y para ti y tenía independencia económica. -Me incliné para darle un beso en la frente-.Y cuando rezo por ti y por Zein, pido que sepas qué es la satisfacción y la gratitud, y que crezcas teniendo confianza y siendo autosuficiente.
-[225] (…) Somos responsables de lo que llegamos a ser, y quiénes llegamos a ser es un acto deliberado. En mi discurso para mí misma y mis hijas sigue sin haber sitio para el victimismo.
-[248] Los libros eran siempre campos de batalla, aun cuando las luchas cambiaran.
-[268] El Dr. Medhat tenía razón. Los libros vivían y morían, como las lenguas. Los clásicos de la literatura siguen siendo inaccesibles para la mayoría de los egipcios. Si bien las traducciones de los clásicos árabes proliferan en el extranjero, cuentan con pocos lectores en Oriente Próximo, tanto debido a los altos niveles de analfabetismo como a la inaccesibilidad del idioma. No se han vuelto a escribir en ʿammiyya. Nuestra relación con el pasado es tensa, y a menudo superficial, en parte debido a que nuestras puertas a la historia están cerradas con llave. Y no estaba segura de que una librería, o incluso cuatro, pudieran abrirlas.
-[282] Mohandessin, que significa "ingenieros", se construyó en tierras agrícolas que ofreció el Gobierno a precios reducidos a los homónimos de la zona en la década de 1950. Los barrios cercanos siguieron un patrón parecido y crearon distritos para periodistas, profesores y médicos. Eran profesiones que beneficiaban a la comunidad, valoradas sobre todo después de la revolución de 1952, que intentó establecer un Egipto moderno e independiente. En los años noventa, tras una espectacular explosión demográfica, estos barrios, anteriormente compuestos por chalés y bloques de pisos espaciosos, fueron transformados en rascacielos de hormigón densamente poblados. Mohandessin pasó a estar abarrotado, transformándose en un laberinto de tiendas, restaurantes y cafeterías, y un destino favorito para los ricos árabes del Golfo que veraneaban en El Cairo.
-[292] La cultura circundante restableció estas desigualdades entre el árabe y el inglés de forma preocupante. Nuestro personal local del servicio de atención al cliente vendía libros extranjeros que, en algunos casos, costaba más que sus modestos salarios. Empecé a ver estas asimetrías por doquier. Incluso los billetes egipcios encarnaban el sistema binario de Occidente y Oriente. Por un lado, el valor numérico está escrito en inglés, rodeado de ilustraciones de Kefrén, constructor de la pirámide mediana de Guiza, Ramsés II en su carro de guerra, el templo de Horus en Edfú y la máscara de Tutankamón. Por otro, el egipcio: letras y números en árabe están rodeados de imágenes de las mezquitas de Rifa'i , donde esta enterrado el Sah de Irán, Mehmet Alí, Ibn Tulun y el sultán Hasán. Esta parte localizada era reduccionista y oculta de la vista a los egipcios no islámicos y no árabes.
-[312] La falta de conversaciones personales entre los comerciantes y los clientes. La brecha cada vez mayor entre donde vivimos y donde invertimos. No hay nada en el centro comercial a lo que valga la pena aferrarse. Incluso su perfección tiene una artificialidad que lo hace feo.
-[322]Como pronto descubrí, el género atrapó de forma considerable a Smiles y está estrechamente relacionado, lo [323] has adivinado, con los antiguos egipcios. El sebayt, literalmente "instrucción" o "enseñanza", era un género de literatura sapiencial faraónica. Se cree en general que el primer libro de autoayuda es Las máximas de Ptahhotep, que se escribió en algún momento entre 2800 a.C. y 2375 a.C. y no se descubrió hasta mediados del siglo XIX.
-[326] La promesa de poder en estos libros ha debido de ser tentadora para quienes nos sentimos indefensos, ya sea política o personalmente.
-[330] -Tú y tu prima sois la pera.- Nehaya ni se inmutó-. La última vez que alguien me dio un libro de autoayuda me divorcié de él. Es cierto: nunca he buscado libros de autoayuda, pero, por algún motivo, sigo viéndome obligada a aceptarlos.
-[340] Los buenos libros, me parece a mí, deben preguntar, sugerir y sondear nuestras ideas fijas sin darnos otras nuevas. Cuando estudiaba literatura, me deleité con El lobo estepario, de Hermann Hesse, y Ulises, de James Joyce. Literatura de sustento y nutrición. La autoayuda era como las Pringles. No había que hacer nada para disfrutarlas. Esto la popularizó.
-[355] La propia lectura es una expresión de fe, por no decir el mayor acto de autoayuda.
-[360] En 2017, Nihal, Amal y Layal se unieron a la junta de Diwan. Al año siguiente, para dejar espacio a su nueva visión, Hind y yo dimitimos. Por primera vez desde que fundamos Diwan en 2001, no formábamos parte de la junta.
-[363] -Que Dios ayude al pobre desgraciado- dijo Hind observando a Nehaya y a Dany desde el otro lado de la estancia.
-¿Por mudarse o casarse?- pregunté.
-Por casarse con Nehaya. Va a necesitar a Dios y a su jodido ejército- intervino Nihal mientras hacíamos chinchín en señal de acuerdo.
Al final, había convencido a Nihal de algo: una palabrota bien puesta.
-[363] Cuando abandoné Egipto, Egipto también me abandonó.
-[367] Si Zamalek es una isla en medio de un río rodeado por un desierto, Inglaterra es parte de una isla con un clima asqueroso.


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