El librero de Gaza - Rachid Benzine

El librero de Gaza - Rachid Benzine

El librero de Gaza |
Rachid Benzine

Sinopsis 

Entre las ruinas humeantes de Gaza y las páginas amarillentas de los libros, un anciano espera.

¿A qué espera? Quizá a que alguien, por fin, se detenga a escuchar. Porque los libros que sostiene entre sus manos no son solo objetos: son fragmentos de una vida, destellos de una memoria, cicatrices de un pueblo.

Cuando un joven fotógrafo francés enfoca su cámara hacia ese anciano rodeado de libros, ignora que está a punto de cruzar el espejo. «Detrás de cualquier mirada, ¿no hay una historia? La de una vida. La de todo un pueblo, a veces», murmura el librero. Así comienza la odisea palestina de un hombre que ha hecho de las palabras su refugio, su resistencia y su patria.

Del éxodo a la prisión, del compromiso a la desilusión política, de los hijos que vemos crecer y vivir a las tragedias que nos arrebatan a quienes amamos, su voz nos guía por los laberintos más íntimos de la historia.

Crítica

Nos hemos acostumbrado a la guerra al punto de integrarla en el paisaje, un marco donde las personas, como figuras de papel, se desvanecen con la lluvia. Pero detrás de cada pérdida late una historia, una tragedia cotidiana que la literatura tiene el deber de contar para devolverle el rostro a quienes la violencia nos arrebató. El librero de Gaza no es un folletín ni un mero cuadro de época; es la realidad cruda de Oriente Próximo. Es el grito desgarrado de un pueblo que se sigue desangrando frente a la indiferencia y la codicia de Occidente.

Esta crítica no busca el complaciente mea culpa al que tanto nos hemos habituado. Si vienes en busca de eso, es mejor que cierres la pestaña y sigas de largo. Lo que pretende este texto es encender la chispa de la reflexión sobre el presente. Como bien nos recuerda Nabil Al Djabir, la literatura no existe para dejarnos impávidos, sino para sembrar la duda y, quizás, empujarnos a actuar.

Rachid Benzine construye dos personajes cuyo paralelo nos da la primera puntada, el punto de partida ideal. Por un lado está Julien Desmanges: un periodista occidental que, como todo viajero perdido en tierras tan trágicas como exóticas, retrata lo que ocurre para los periódicos parisinos o para quien pague por su trabajo. Cumple con su labor de mercenario, pero en su tiempo libre captura el lado amable y cotidiano de una vida que se sostiene en medio de un territorio que se desmorona. Todo cambia cuando tropieza con la historia que los medios callan por no ser tan lucrativa como el morbo y la sangre. Ahí encuentra a Nabil Al Djabir, un hombre golpeado por guerras y levantamientos, rodeado de sus acompañantes más silenciosos: miles de libros que custodian la memoria de una nación.

Nabil nos muestra esa Gaza que los periódicos no cubren y que solo alcanzamos a atisbar, si buscamos bien, por la cerradura de algunos textos; una mirada que rescata esa dimensión humana que un conflicto interminable se ha encargado de eclipsar. A través de sus ojos conocemos a su familia, formada por varias generaciones arrasadas por una disputa histórica desgarradora. Nabil nos narra el trasegar de los suyos: las vivencias de sus abuelos, los sacrificios de sus padres y las trayectorias marcadas de él y sus hermanos, teñidas siempre de un tinte trágico y agridulce, donde la violencia israelí cobra vidas mientras que el exilio hacia Estados Unidos surge como la única vía para escapar de la miseria.

Resulta fascinante adentrarse en la cotidianidad de una familia más allá del escenario preconcebido de los campos de refugiados. Es revelador contemplar cómo la gente común sostiene su vida en uno de los rincones más densamente poblados y hostiles del planeta; cómo los padres de Nabil, a fuerza de estudio y fatiga, buscan ofrecer a sus hijos un horizonte negado a la inmensa mayoría de los niños gazatíes. Asimismo, el relato refleja con agudeza la estigmatización que persigue al refugiado aun fuera de sus fronteras, incluso dentro del propio mundo árabe, como sucede en su paso por Egipto.

Al final, lo que nos deja El librero de Gaza es una certeza incómoda: cuando una guerra intenta borrar a un pueblo, rescatar un libro no es un pasatiempo ni una nostalgia, es un acto de resistencia pura. Nabil no junta páginas por amor al arte, sino porque sabe que cada volumen en sus estantes guarda la prueba de que existieron, de que pensaron, de que amaron y crearon más allá de las bombas. En una tierra donde los edificios caen, los libros son la única estructura que se niega a ser destruida. Son el verdadero refugio de una memoria que Occidente insiste en borrar.




Frases

-[10] Una enésima debería ofrecerte unos días para capturar esos instantes de vida cotidiana y hacer las fotos que te gustan, lejos del sensacionalismo. Por su parte, tu jefe prefiere niños llorando entre ruinas, soldados heridos junto a un tanque, edificios agujerados por cohetes. La vida normal no es para los periódicos. 

-[11] El barrio no ha sufrido daños. La piedra de los peldaños muestra el desgaste de los pasos de varias generaciones de palestinos, gentes que allí lanzaron sus palabras al viento, vivieron sus primeros amores, intentaron arreglar el mundo como si aún fuera portador de esperanza. Como si aún importaran a alguien. Las calles están llenas de vida. Pero una vida entre paréntesis. 

-[14] Un poco de rojo y un poco de verde enganchados al azar como jirones de carne colgantes. Grafitis desesperados agonizan en muros desintegrados. Ya nada de todo eso tiene sentido. En este cementerio hasta las sombras parecen perdidas.

-[15] Teatro de miseria y locura, baile grotesco en el que los vivos ya no están del todo vivos, pero tampoco del todo muertos. Todos se arrastran como fantasmas entre las ruinas, con el aire de quien ya lo ha visto y perdido todo y ya no espera nada, salvo el final.

-[18] En esa escena, está todo. Todo aquello en lo que se ha convertido Gaza. Un viejo librero que sigue aferrándose a sus libros, leyendo a cuatro pasos de las ruinas. 

-[19] -¿No cree que un retrato gana si se conoce lo que está oculto?- añade -.Usted me parece simpático. Encuentra este sitio curioso, sorprendente, puede que hasta pintoresco. Imagino que el modesto librero sentado delante de su establecimiento lo ha intrigado. Pero detrás de cualquier mirada, ¿no hay una historia? La de una vida. La de todo un pueblo, a veces. ¿No le parece, señor fotógrafo, que podría escuchar mi historia?

-[20] Estás dentro de un bosque de estanterías desvenjecidas, de pilas de escritos escapados de los cataclismos, superpuestos de través, algunas medio derrumbadas. Todo se mantiene en equilibrio. Es un milagro. 

-[22] -Ha sobrevivido  a guerras, revoluciones, levantamientos...Siguió aquí mientras fuera todo se derrumbaba. Ha visto generaciones y ha resistido al paso del tiempo. Habla de otra época, pero, para quien sepa leerlo, también habla de ahora, de nuestras vidas, de la suya, de la mía. Eso es un gran libro. Un mundo, un refugio y un espejo. 

-[26] (…) La comitiva avanza entre los gritos de los soldados cubiertos con pasamontañas. Son las imágenes que espera la redacción, así que, apostado en la esquina de una callejuela, saca fotos en ráfaga que enviarás enseguida a París. Ilustrarán un artículo sobre la situación en Oriente Próximo, lejos, muy lejos de la vida cotidiana. Sólo existen los que vociferan, los que amenazan, los que matan. Una imagen tranquilizadora para la buena conciencia de Occidente. 

-[27]Las palabras de los libros rompen todos los silencios. Se te imponen. El lector es un prisionero voluntario que se aferra a la ilusión de que cada página que vuelve lo liberará. 

-[34] Esta tierra es una letanía de represalias sobre represalias, de odios amontonados, de tristeza cubierta de tristeza. 

-[47]Me crie entre figuras encorvadas y rostros curtidos por el sol y la sal de sus propias lágrimas. En realidad, desde mis primeros días, no conocí otra cosa que la guerra, la supervivencia, el exilio. 

-[49] El sufrimiento de nuestros mayores también se hereda. Sin comprenderlo. Y un día ese dolor se convierte en el tuyo. 

-[50] En cuanto aprendió a leer, fue como si un universo entero se abriera ante él. Un mundo que iba más allá de las fronteras del campamento e ignoraba la mugre y el hambre. Allí no había muchos libros, pero, para él, cada palabra, cada página eran una vía de escape. 

-[56]Para los demás, yo era como un Djin extraviado en un universo que no debería haber sido el suyo.

-[72] Así que todo aquello pasó. Todo aquello desapareció. He perdonado. He necesitado tiempo, mucho tiempo. Pero ningún texto me ha borrado la memoria. Ningún texto me ha hecho olvidar lo que fue y ya no es ni será jamás. 

-[77] Tendido en el suelo, Musa me acarició el pelo con ternura. Me regaló una débil sonrisa y, de pronto, me agarró del brazo: "Lee. Lee hasta volverte loco. Pero lee, hermanito. Lee." Dejó caer la cabeza en el suelo. Sus ojos contemplaron por última vez el cielo de Gaza. Miré a los soldados fijamente. Mis ojos les prometieron el infierno. Retrocedieron y siguieron su camino. Creo que ese día dejé atrás la infancia y lo perdí todo. Ya no sé nada. 

-[82]En nuestra cultura los huérfanos son sagrados. Háfez y sus tres hermanas se convirtieron prácticamente en miembros de nuestra familia. 

-[88] "¿Tú crees que las palabras van a salvarnos, Nabil?", me preguntaban mis amigos. Yo les contestaba que sí. Ya no estoy tan seguro. Diría que salvan en silencio. La realidad es la misma, nada derriba la opresión, pero la mente, sí, la mente alza el vuelo. 

-[100] Nuestra resistencia, caricaturizada de inmediato como terrorismo. Como todo gran libro, El incendio tiene el poder de acercar el paisaje de otra tierra y las luchas de otro pueblo a nuestros corazones. Leer es entrar en ellos, estar con ellos, encontrarse en sus palabras. 

-[112] Y sin embargo, pese a todo, a veces esta lluvia deja al descubierto una belleza escandalosa, como cuando se demora en el cristal astillado de una ventana. En esos instantes fugitivos, Gaza parece una joya rota salpicada de luz y miseria. Como si, presa de extraños remordimientos, Dios mismo intentara regalarle un último esplendor antes de la oscuridad. 

-[120] En el fondo, no sé si la he perdido o si estoy reteniéndola. Puede que ambas cosas. Lo que sí sé es que, mientras siga hablando de ella, escribiendo sobre ella, no desaparecerá realmente. Creo que Hiyam tenía razón: hablo demasiado. Así que, perdóneme por no callar y querer resucitarla para nosotros. Y que ella también me perdone. "No somos más que los espejos rotos de aquellos que nos hicieron", escribió Jean Genet.

-[126] -No he perdonado, pero sé que hay justos. Que la imposibilidad de la paz es un dolor compartido por los justos de ambos lados. 

-[130]Un gran libro es un libro sin fondo. Un libro de enigmas por resolver. Detrás de la historia, hay un punto ciego. Y, al querer iluminarlo, nos perdemos, cuando no hay más que aceptarlo como lo que es: la bendición de un misterio. 

-[131] Los libros que amamos son libros que no comprendimos, o que creímos comprender, pero en los que, al releerlos, descubrimos otro significado, otro lado, una parte inexplorada. 

- [132] A menudo invisibles, vivos o muertos, tus padres te acompañan en cada instante de tu existencia. Sin que te des cuenta. Como una evidencia. Como un pesar que llevarás dentro de ti toda tu vida. Uno no se cura de su ausencia. Muere de ella un poco más cada día. Los míos fueron y siempre serán una fuente de la que saco fuerzas para levantarme. Mi padre era el silencio; mi madre, el ruido. 

-[134] (…) Nosotros lo sabíamos porque se levantaba antes del amanecer para asegurarnos un poco de calor, por sus constantes ánimos para que estudiáramos, creciéramos, nos marcháramos. Y ese lenguaje es lo que me enseñó el amor. El lenguaje que se oye en los silencios. 

-[134] Era la guardiana de un fuego ancestral. El que calienta las almas tanto como los cuerpos. Sortilegio de las madres: tenía esa extraña capacidad de llenar una habitación, incluso cuando no estaba en ella. A veces, canturreaba; una melopea que se elevaba como una oración en el aire cargado de polvo. Era un canto sin palabras, ni salmodia coránica ni [135] canción profana. Un eco de su infancia, quizá. De los tiempos en los que su tierra aún era fértil y libre. 

-[140] Fue en esa época cuando abrí la librería. Quería abstraerme del mundo, pero sin abandonarlo del todo. Estar en el umbral de la realidad. Allí, delante de mi librería, leyendo y releyendo las novelas de mi vida, ¿comprende? Decidí no añadir fealdad, no estropear, estar presente en el silencio de la lectura, aportar mi grano de arena con los libros. 

-[140] En realidad, no hemos conocido otra cosa. Seguimos ahí. Como fantasmas, un poco más invisibles cada día para los demás. Y para nosotros mismos. Como lo hemos sido siempre para los ojos del mundo. 

-[141] Adelante, sáquele esa foto al viejo Nabil Al Djabir. Perdido entre sus libros, como lo está en ese mundo absurdo, rabioso, inhumano. 

-[145] Desde el inicio de las represalias israelíes, todos han sido eliminados. El lector apasionado y el escritor de lo cotidiano ya no están ahí para dar testimonio. Con ellos, una memoria ha enmudecido. Un niño corre descalzo entre los escombros. Te ve, se detiene, se agacha, vuelve a mirarte, coge algo el suelo y avanza hacia ti. Con una sonrisa en los labios, te tiende su hallazgo, unas cuantas hojas de un libro trilingüe agitadas por el viento. Reconoces el poema de Mahmud Darwish del que Nabil te leyó un fragmento. Pasas las páginas contra tu mejilla. Olisqueas el papel. Crees reconocer un olor familiar. Le [146] devuelves las hojas al niño. Él se marcha agitando su trofeo hacia el cielo. Tú te vuelves. Y te secas las lágrimas. 

-[152] ¿A qué espera? Quizá a que alguien, por fin, se detenga a escuchar. Porque los libros que sostiene entre sus manos no son solo objetos: son fragmentos de una vida, destellos de una memoria, cicatrices de un pueblo.

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