¿Dónde estás? - Clara Lucía Pérez Arroyave

¿Donde estas? - Clara Lucía Pérez Arroyave

¿Dónde estás? |
Clara Lucía Arroyave 

Sinopsis

¿Dónde estás? es una novela que reflexiona sobre las implicaciones de los secretos en las relaciones familiares y la pesadumbre que acompaña a las familias que han sido víctimas del conflicto armado en Colombia. Su protagonista, Laura, es una introvertida joven de dieciséis años que tiene una relación algo distante con su familia y su única amiga del colegio. Sin embargo, también tiene una obsesión clara: el cuarto “sagrado” de su padre, donde aquel se encierra a leer y a mirar con nostalgia el retrato de una mujer joven con una flor entre sus manos.

Partiendo de esta sencilla premisa, la autora nos conduce por un tortuoso sendero hacia el autodescubrimiento de Laura, que va de la mano con la identidad de la mujer de la fotografía, las angustias reprimidas de sus padres y las dolorosas experiencias de otras personas que han sufrido la desaparición forzada de sus seres queridos por culpa del conflicto armado colombiano.

Se trata, pues, de una novela que combina sabiamente las angustias propias de la adolescencia con las secuelas imborrables de la violencia en nuestro país, haciendo uso de un lenguaje sencillo en la voz de su joven protagonista, pero alcanzando al mismo tiempo, en sus ensoñaciones, una belleza literaria más cercana a la poesía que a la narrativa.

Crítica

Hay una estampa dolorosa que se ha vuelto parte del paisaje cotidiano en Colombia: esos rostros que aparecen en los postes de luz bajo la pregunta «¿Lo han visto?». Detrás de cada papel hay un hogar destruido, la incertidumbre de un ser que pensamos que nos iba a acompañar, pero que ya no está porque nadie sabe el porqué. Recuerdo que un día, camino a la universidad, vi a un señor con un cartel colgado al cuello; era un campesino con sus botas puestas, sosteniendo la foto de un joven mientras le preguntaba a la gente si lo conocían o si habían hablado con él. Buscaba a un chico con nombre y apellido, no a una cifra; a alguien a quien la sociedad prefiere olvidar bajo el cómodo estigma de «quién sabe en qué andaba».

Así es la historia que nos presenta Clara Lucía Pérez: una búsqueda incansable que va más allá de encontrar un cuerpo o sus restos. Es el reflejo de miles de familias colombianas, tanto rurales como urbanas, que hoy siguen buscando a sus seres queridos porque, después de echarles una bendición y verlos cruzar la puerta, nunca se volvió a saber nada de ellos.

Esa línea invisible entre el olvido y la memoria es la que cruza Laura, la joven protagonista de esta historia. Ella crece con la desaparición flotando en el ambiente; después de todo, su padre trabaja en la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas. Sin embargo, el destino tiene una forma descarnada de acortar las distancias: la revelación de que el horror también tocó a su puerta con la desaparición de su tía Miriam en Granada, Antioquia, lo cambia todo. La búsqueda ya no es el trabajo de su padre; ahora es su propia herencia.

El libro se convierte entonces en una travesía de descubrimiento. Al adentrarse en el territorio de la memoria, Laura se topa con doña Rosa, una madre cuya vida quedó suspendida el día que se llevaron a su hijo, Fredy. La relación entre ambas se convierte en el núcleo latente de la novela: doña Rosa le da rostro y voz al dolor que Laura está intentando comprender, mientras que la joven le ofrece la certeza de que las nuevas generaciones no van a permitir que el olvido gane la batalla. Pérez nos regala una narrativa donde el dolor no es estático, sino un motor que une voluntades.

A nivel narrativo, la autora apuesta por la sencillez. No busca el lenguaje rimbombante, sino una prosa accesible que funciona de maravilla para explicarle a los adolescentes el doloroso trasegar de la búsqueda y lo que este calvario significa para un hogar. Es un acierto ver cómo describe ese trance en la juventud y cómo el personaje aprende de la historia de su propio país a la par que el lector. En medio de ese fluir, eso sí, se le escapó un descuido al editor: en la escena donde Laura se cuela en la oficina de su padre, el texto se confunde y la llama Diana, el nombre de su amiga. Es un detalle técnico, pero no tumba el valor de una trama que despierta conciencias.

Por otro lado, la elección del territorio demuestra que la novela no es un ejercicio de ficción distante. Situar el relato en Granada —un epicentro que comparte el dolor histórico de lugares como Ituango— hiere por su vigencia. Antioquia no sufre esto como un eco del pasado; en estos sectores la violencia sigue latiendo y la sombra de la desaparición se ha acrecentado hoy en día por el recrudecimiento del conflicto armado. La autora escribe sobre una herida abierta.

Mi nota para el libro es un tres. Es una calificación que abraza su valor real: el de ser una gran llave pedagógica. ¿Dónde estás? es, ante todo, una herramienta valiosa para que los docentes latinoamericanos rompan el hielo en las aulas de secundaria y sienten a los estudiantes a hablar, sin rodeos pero con empatía, de un tema tan delicado como urgente.

¿Dónde estás? - Clara Lucía Pérez Arroyave


Frases

- [7] Yo me paraba en una silla para espiarlo desde el patio de la casa por una pequeña ventana. Veía solo oscuridad hasta que él encendía el bombillo del techo. Se acomodaba en la silla giratoria y permanecía durante algunos minutos en la silla giratoria y permanecía durante algunos minutos componiéndose su peinado de lado. Luego se ponía de pie. Pasaba junto a la biblioteca, que iba de extremo a extremo de la pared, seleccionando algún libro o revista. Apagaba el bombillo y prendía la lámpara de mesa. Solo sus manos quedaban iluminadas. Comenzaba a leer. 

-[10] Sí, yo Laura, de cuerpo redondo y de cara aún más redonda, un día me dije: "Llevo años sin importar en esta casa. A mi papá solo le interesa los libros, su trabajo y la fotografía; a mi mamá, que yo pregunte menos, que la casa esté ordenada y Cacao no haga sus necesidades sobre el tapete". Estaba afligida, además, por tener un cabello tan basto y ondulado: al lavarlo y dejármelo suelto, se abría como un paraguas sobre mi cabeza. No tenía el pelo de Diana, mi amiga, quien atraía la atención de todos; menos aún, su habilidad para maquillar y hacer parecer una modelo de revista a cualquier mujer. Yo sentía que sobraba en todas partes, incluso en mi familia. Parecía importarle solo a aquella bolita de rizos color chocolate y nariz negra, que se mantenía en mi almohada, o en el cuarto sagrado de mi papá. Era como si mi cuerpo grandote, mis pecas regadas, mis cachetes inflados y mi cabellera indomable solo le importara a Cacao. 

-[33] Eran muchas las fotografías pegadas en los extremos con pequeños clavos, como los que mi mamá utilizaba para arreglar las sillas de la sala. Las fotos habían sido colocadas en orden a lado y lado de la puerta. En la parte izquierda, en tres filas horizontales, estaban alineadas formando seis columnas; al lado derecho, otras dieciocho imágenes, puestas de igual manera. Entre una y otra fotografía resaltaban los espacios de pintura blanca del muro, como formando pequeñas carreras y calles. Las fotos eran en su mayoría a color y tenían el tamaño de una hoja de cuaderno. Cada una estaba dentro de una bolsa transparente de las que yo usaba en el colegio para guardar los trabajos. 

-[39] -Laura, quiero que sepa que son tristezas del alma...Las llevo por dentro desde hace muchísimo tiempo; yo me las he guardado por su bien; uno nunca quiere compartir estos dolores con un hijo o una hija. 

-[41] Mi papá y yo permanecimos en esa posición; él sentado delante de mí, yo parada detrás suyo, él sin fumar; ambos en silencio durante varios minutos; yo sin escuchar voces distintas a mis pensamientos, que iban y venían imaginando por qué esas fotografías estaban colgadas ahí; mi papá sin moverse, apenas acariciando mis manos; yo sin percatarme de su llanto, hasta cuando, de pronto, nuestras manos comenzaron a mojarse con sus lágrimas. Y yo comencé a mojar todo con las mías; lágrimas que en ese momento no pude contener, aunque no supiera las razones de nuestra tristeza. 

- [46] (…) ¿Lo entiende, Laura? ¿Lo entiende? Su papá anda siempre buscando información, pistas, datos: como esos que busca para otras personas desaparecidas de la ciudad. Se mantiene hablando con los demás abogados de la oficina: todos contándose de sus casos, hallando indicios donde no los hay. Pero contésteme, José: ¿por qué ha sido capaz de hallar a otras personas desaparecidas en esta ciudad, pero no a su [47] hermana?...¡Su propia hermana!, ¡Cómo le parece! Siempre poniendo en entredicho nuestra tranquilidad: toda la vida desde nuestro matrimonio. Y yo, yo que vivo cada día como si fuera un infierno. 

-[53] Yo entré sola al salón de clase, ese día, pensando en mi tía y en mi papá, en el hermano de Fredy y en mí. ¡Cuántos años sin saber dónde están y por qué los desaparecieron! 

-[57] Cualquier persona puede ser objeto de desaparición forzada. Si sucedió con mi familia, podría pasar con cualquiera. Si ocurrió con Fredy, podría suceder con Mario o John o Gilberto, otros compañeros del colegio; o con mis vecinos, o con el señor de la tienda, o con mis amigas como Jennifer o Mariandrea, o hasta conmigo, o con cualquier persona, conocida o desconocida, nacida en mi barrio o en otro, de mi edad o de otra, con cualquier nombre y apellidos, perteneciente a cualquier familia, de Medellín o de otra ciudad...

-[57] ¿Quién responde por ellas? Esas personas pasan desapercibidas en nuestra ciudad, así como en tantas partes del país y del mundo. Es como si, con sus nombres e historias, ocurriera lo que con sus cuerpos: desaparecieron entre los demás humanos sin dejar rastro. 

-[69] -Hemos gestionado tanto que no encontramos qué más hacer. Visitamos todas las oficinas de la ciudad. Fiscalía, Defensoría, Policía, Medicina Legal, Unidad de Búsqueda. Hemos llenado formularios, mandado cartas, leído recomendaciones, hecho peticiones. Todo, todo. Hemos hablado con gente del barrio, del colegio, de la iglesia, del gobierno, de fundaciones. Nadie ha podido decirnos qué pasó. Nadie ha podido ayudarme a acabar con este dolor que mata. 

-[70] -Hacer un duelo sin el cuerpo de la persona es casi imposible; necesito verlo muerto, si lo está, pues de lo contrario seguiré con la ilusión de encontrarlo vivo. Por eso. Laura, nuestro duelo se alarga como los números (…)

-[72] -Desearía verlo y tocarlo, llorar en su presencia, sepultarlo en el cementerio cerca de la casa, tan lleno de crisantemos y de lirios; en un jardín, donde él pueda descansar y nosotros seguir con nuestra vida, tan dura a veces, visitándolo. Porque, ¿sabe, Laura? Tenemos un hijo menor para criar: está en primaria, en Granada; hasta allá le mandamos plata. La vida tan buena para disfrutarla y esta pena de no poder sepultar a Fredy. 

-[75] En el patio de la casa de doña Rosa había macetas por todas partes. Macetas colgando del techo y en el suelo, macetas aquí y allá; de barro, de madera, de plástico, de lata; sobe una repisa, en las paredes. Las ramas de las plantas se expandían dificultando mis movimientos, enredándose en mi cabello y en mis brazos, entrándome por la nariz. Florecidas casi todas; [76] sus aromas penetrándome; sus texturas acariciándome. Rojas, amarillas, violetas, blancas, rosadas, anaranjadas. Flores por todas partes. 

-[76] -Comencé a sembrarlas desde hace unos años, pero me dediqué  más al jardín desde que Fredy cumplió un año de desaparecido, y cuando decían que eran menos las posibilidades de encontrarlo. Eso dicen todos: al pasar los días, se aleja la posibilidad de un feliz encuentro. Aquí guardábamos las escobas, los baldes, y los tarros de pintura con que él hacía sus obras. Le gustaba pintar figuras en las paredes. Entonces me dije: "Rosa, usted tan próspera, con eso de que sus padres vivieron en la montaña, rodeados de tanta naturaleza, haga algo: siembre más plantas para recordar a su hijo". Y eso hice, Laura. Desde entonces solo pienso en mi hijo y en sembrar retoños para que florezcan. 

-[77] (…) ¿Sabe? Estas flores son espejos de mi alma; a veces triste, sin querer asomarme al día; otras veces dando respiros: entusiasta, con ganas de luchar, diciéndome que lo encontraré...Aquí pienso en algo: ¿Cómo será el mundo de los desaparecidos? ¿Existirá? Debe ser como un jardín. 

-[77] Sí, Laura, me imagino dónde estarán las personas que han sido desaparecidas en este mundo; son demasiadas, eso dicen en las reuniones a las que voy. Debe haber un espacio para congregarse, donde sus almas reposen y descansen de los sufrimientos. Eso me consuela: pensar que mi hijo debe estar mejor que yo. 

-[79] Quienes tienen familiares desaparecidos abandonan el trabajo. Yo aseaba las oficinas de una empresa importante, pero ya no me provoca ni barrer esta casa. Solo cuido e jardín. Prefiero comer menos a montarme en un bus todos los días para cumplirle a alguien. ¿Limpiarles qué? Este mundo tan sucio, tan humillante, tan malvado; limpiar las suciedades de otros ¡no! Porque además casi todas las mamás de los desaparecidos hemos dejado de cuidar a los otros hijos. 

-[117] Negué con la cabeza y ella sonrió. Percibí algo de sosiego en su tristeza. Ambos sentimientos como sal y azúcar mezclados en su cuerpo. Un pedacito de alivio que ella sí podía experimentar al haber encontrado el cuerpo de su hijo desaparecido, lo que le permitiría vivir menos mal; algo que, probablemente, nunca sentiríamos en nuestra familia. 

Comentarios

Entradas populares