Razones para destruir una ciudad - Humberto Ballesteros
Razones para destruir una ciudad |Humberto Ballesteros
Sinopsis
A sus cuarenta y seis años, Natalia, maestra de escuela en un pueblo a dos horas de la capital, vive todavía en casa de su madre, una discapacitada que depende por entero de ella. Pero en las noches, en un pequeño cuarto que año tras año ha acondicionado para ese propósito, vive en Venecia. Una Venecia de canales trazados con tiza, construida con cartón, icopor, ladrillos en miniatura y sobre todo historias: delirios circulares que se cuenta a sí misma, basados en los libros que la obsesionaron de niña. En esa ciudad imaginaria no se sufre ni se envejece, y los pocos aventureros que logran pisar sus calles regresan a su infancia y se dedican a jugar para siempre. Pero, por mucho que uno se esfuerce por evitarlo, la vida no se detiene. De improviso, circunstancias fuera de control fuerzan a la soñadora a aceptar que no se puede habitar dos lugares al mismo tiempo, mucho menos cuando uno de ellos no existe. Hace once años, un jurado compuesto por Melba Escobar, Carolina Sanín y Juan David Correa le otorgó a este breve y bella primera novela el Premio Nacional "Ciudad de Bogotá".
Crítica
En el mundo existen dos tipos de personas: las que se enfrentan sin temor a lo desconocido, como fieras que destrozan y acaban con el otro, y aquellas que, timoratas o ajenas a sí mismas, se incrustan en su caparazón. Así las describe la historia oficial, esa que pasa de largo hasta que las canas y las arrugas pueblan el rostro de sus moradores. Sin embargo, estos seres que parecen simples "sucedáneos" de la gran épica, poseen algo que los vencedores no entienden: la arquitectura de la imaginación.
Razones para destruir una ciudad es la historia de Natalia, una mujer que bien podrías ser tú o yo. Vista siempre por debajo de sus capacidades, se encierra en sí misma para escapar de una realidad que no deja de cobrar facturas. Su voz nos llega a través de un narrador que ella misma ha gestado, un Marco Polo II que habita en su interior, recordándonos que todo origen tiene un principio y un final, como el acertijo de la serpiente que se muerde la cola.
La novela, escrita en una segunda persona que nos vuelve cómplices y prisioneros, se atreve a mostrar la cotidianidad latinoamericana de la violencia desde una perspectiva íntima. Aquí no hay balas en primer plano, sino el desmoronamiento de un hogar tras la pérdida del padre y el declive del estatus. La tragedia se vuelve absoluta con Rosalía, la hermana decidida que sale del nido para estrellarse contra el mundo del narco de la mano de Fernando. Esa pérdida es el recordatorio de que, afuera, la realidad no tiene piedad con los que intentan volar.
Mientras Rosalía se hunde en ese entorno sombrío, Natalia experimenta su propia y fugaz caída en lo real a través de Carlos. Es un momento donde su humanidad palpita fuera del cuarto, una chispa de lo que significa estar viva en el mundo de los otros antes de que el peso de las circunstancias la obligue a retroceder. Pero la realidad es un embate que no da tregua; entre el duelo por su hermana y la enfermedad degenerativa de su madre, Natalia construye su Venecia. No es una ingenuidad de monasterio, sino una resistencia salvaje heredada de los sueños de su padre.
En ese cuarto, entre lecturas y delirios, conviven el abate Barolini e Ibn Al-Mazir; figuras que para el mundo exterior son pruebas de una locura desquiciada, pero que para ella son los únicos pilares que sostienen su cordura. Sin embargo, cuando esa Venecia ficticia se fractura y el refugio ya no puede contener el dolor, aparece la figura de Alcídes. Su simpleza elemental es el ancla necesaria; él no entiende de abates ni de canales italianos, pero es quien la ayuda a sostenerse cuando la ciudad de cartón se pierde definitivamente.
Al final, la obra de Humberto Ballesteros nos deja con una certeza amarga: la imaginación es un don familiar, pero también una condena. Natalia comprende que, para sobrevivir al presente, a veces hay que ver cómo se incendia la ciudad que uno mismo construyó. La destrucción no es un acto de odio, sino el último recurso de quien decide, finalmente, caminar sobre las cenizas de su propio naufragio.
Frases
-[15] Pensando en la familia, en los días en que éramos felices, te acuerdas de los villancicos que cantaba mamá, sentada en su sitio de honor junto a la lámpara de la sala. Era un ritual de las noches de diciembre, luego de la novena. Papá la miraba orgulloso, y Rosalía intentaba imitarla irguiéndose contra el espaldar. Tú los mirabas uno por uno, a papá, a mamá, a Rosalía, maravillada y como sumergida en una luz, sintiendo que la vida era un ir y venir de tibiezas, una tonada correctamente alegre.
-[15] Todo fue así hasta que cumpliste los ocho años. Papá sólo estaba los domingos. Mamá se dedicaba a cansar a las muchachas del servicio con sus exigencias, y a enseñarles a sus hijas a callar, bordar y cocinar. En las noche tejía, o escuchaba música romántica, que acompañaba con su voz de soprano. Trataba a los extraños con una distancia apenas amable, refugiada en el aura antisocial de su marido. Le heredaste la timidez y la capacidad de obsesionarte con pequeñeces, pero no la disciplina ni la resistencia.
-[17] Las Mil y una noches de papá son las primeras responsables del nacimiento de Venecia. Cuando él estaba en la casa se la pasaba en la biblioteca. A veces lo buscabas para pedirle que te sentara en sus piernas, y él te hacia caso pero no jugaba contigo. Seguía leyendo. Tenías en el regazo un tomo inmenso dl que no entendías una palabra. Él recorría las líneas con el dedo, y tú, hipnotizada, lo seguías con los ojos. Cada letra que rozaba se sumaba al misterio. ¿Qué había en esos símbolos que lo obligaba a descifrarlos, olvidado de mamá, de Rosalía, de ti, del mundo entero? ¿Al ritmo de qué sueño secreto se movían sus labios? Una tarde le preguntaste qué era lo que hacía y te respondió con una palabra mágica: "leer".
-[18] Desde pequeña los sueños, propios y ajenos, fueron nuestra obsesión. Quién habría imaginado, me preguntas, que son un callejón sin salida.
-[19] Todo adulto atesora momentos de su niñez que forman la base de su idea de la felicidad. En tu caso, el nuestro, esa es una base extraña. Cuando piensas en tu infancia hay muchas cosas que te parecen perfectas, pero lo mejor son esas noches en que te subías a la cama de Rosalía e imaginabas.
-[20] Lo mejor era el techo. Estaba adornado con estrellas de plástico que desprendían un brillo. Simulaban tan bien el cielo que mirarlas provocaba una sensación de infinito. Tú, los ojos cerrados con fuerza, te obstinabas en contar esas estrellas, o en detallar las cosas que había sobre el escritorio del cuarto imaginario. Apretabas las manos y a veces temblabas por el esfuerzo.
-[20] Ahora quisieras escribir que no te parece insensato vivir como has vivido. Uno usa lo que le es dado. Me dices que Rosalía tenía su obediencia orgullosa, su sentido del deber, y tú tenías un exceso de sueños, una tristeza antigua, incluso cuando eras niña, una especie de desorden luminoso en la cabeza que de alguna manera tenias que convertir en fuerza.
-[21] Me parece que estás escribiendo tonterías, pero insistes. Dices que dese antes de conocer a los Contarini o de la muerte de papá, desde que tienes memoria, ha existido en ti un llamado, una nostalgia más grande que este mundo que te exigía inventar algo como Venecia. Me recuerdas que después de esas noches tuviste tu accidente, y que luego vinieron la postal de Fernando y el mapa de Braun y Hogenberg. Me dices que, si se la examina con lucidez, se descubre que la vida se cifra en unos cuantos momentos, unos cuantos objetos, y que no es tu culpa que las claves de la tuya te hayan arrastrado a un error.
-[25] Tu accidente, como todas las otras cosas de tu vida, es uno de los cimientos de Venecia. Niña enfermiza, rota por dentro, remendada con sueños. Solitaria, melancólica, propensa a la huida. Mírate a ti misma en esta página, a tus cuarenta y seis años todavía infantil, llena de miedo. Mírate de una vez, comprende lo que has sido y asume las consecuencias.
-[32] Acordándote de esas cosas entiendes ahora que es a él a quien te pareces. Los gestos pausados de tus manos, tu gusto por la imaginación, las historias y el silencio, tu melancolía y tu manera solitaria de conjurarla los heredaste de él. Sabes que fuiste su favorita y guardas ese conocimiento como un tesoro.
-[49] Recordar una vida entera de hacer el mismo trabajo se parece a recordar un solo día; uno muy largo, que comienza con la juventud y termina con la desilusión del presente. Despertarte y desayunar con café y un huevo frito; caminar de la casa hasta el colegio; servirte un segundo café en la sala de profesores; esperar en la puerta del salín, mientras alrededor se acumulan las niñas, con sus mochilas, sus caritas, sus trenzas, sus rizos o sus colas de caballo, y esos ojos devoradores; escuchar el timbre y abrir la puerta; decirles que se sienten; pedir silencio dos, tres, cuatro veces; hojear la lección; comenzar a hablar, mirando por la ventana o en ninguna dirección, y sólo de vez en cuando a sus ojos; y cada vez que lo haces confirmar que lo haces confirmar que allí se abre un hueco, proyectado hacia el futuro y lleno de fantasmas: penas o aventuras, hijos o libertad, rabia o amor, calma o envidia.
-[53] Estabas en la cama mirando el techo, examinando las líneas del pasado, de los días felices que nunca nos percatamos que estamos viviendo, pero quedan intactos en las memorias, preservados en todos sus detalles.
-[70] Se sentó en la balsa con los pies sumergidos en el agua. Miró la manera como la luz se refractaba y sus miembros se veían fantasmales, y pensó que en verdad nadie existe, que el tiempo pasa y viene la muerte y apenas si quedan palabras. Pensó que la memoria es un reino confuso, donde la vida, los sueños y las ficciones están hechos del mismo material. Se dijo que los personajes de los cuentos eran más reales que la muchacha asiria que le solía lavar los pies, o que los perros famélicos que parecía todos el mismo, y que lo miraban desde los umbrales cuando cruzaba las ciudades en palanquín. Se dijo que estaba pensando en tonterías, que la cristiana le había dicho la verdad, qu estaba comenzando la enfermedad de los sueños y pronto moriría.
-[107] Imaginamos a mamá en su silla de ruedas con la Historia imaginaria en una mano temblorosa, la misma que ahora sostenía la nuestra y a veces la apretaba ligeramente, como si quisiera despertarnos sin causarnos un sobresalto. Mamá, dijimos. ¿Sabías que tu papá dibujaba edificios imaginarios?, preguntó. No teníamos ni idea. Te tengo un regalo. Ve a la mesa de noche y busca en el fondo del cajón. Obedecimos como el nadador cansado se rinde a la fuerza de la corriente. Cogimos los dos cuadernos, de tapa de cuero y páginas amarillentas, y volvimos a sentarnos frente a mamá. Son tuyos, dijo. Los abrimos y los hojeamos por una media hora que hasta hoy, en nuestra memoria, está intacta como un cristal fuera del tiempo.
-[110] No sabías lo que es un lémur. Le preguntaste y se iluminó como si le hubieras hecho un cumplido. "Ya lo hiciste hablar", dijo mamá con una risita. Él siguió sonriendo mientras sacaba de una mochila un álbum de calcomanías de animales. Buscó un poco, pasando las páginas con cuidado. Alcides usa las manos, delgadas y de dedos largos, con una especie de deferencia nerviosa para con las cosas.
-[124] Cerraste los ojos. No paraban de correr. Oíste las risas de todos, las de los venecianos, la de tu hermana, la tuya, carcajadas de niños como pájaros cantándote por todas partes, tanto afuera como por dentro del cuerpo, llenándote los oídos y la sangre de libertad, de aire iluminado y despierto.
-[141] Comencé diciéndole que inventé a Venecia para escapar de la vida y al mismo tiempo seguir viva. Le dije que, con la ayuda de mi imaginación y mi furiosa soledad, logré sentirme tranquila por mucho tiempo. Pero ahora, y me sorprendí con mis propias palabras, tenía ganas de untarme de la verdad.


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