Cadáver Exquisito - Agustina Bazterrica

 

Cadaver Exquisito - Agustina Bazterrica
Cadáver Exquisito | Agustina Bazterrica

Sinopsis 

La súbita aparición de un virus letal que ataca a los animales modifica de manera irreversible el mundo: desde las fieras hasta las mascotas deben ser sacrificadas sistemáticamente, y su carne ya no puede ser consumida. Los gobiernos enfrentan la situación con una decisión drástica: legalizando la cría, reproducción, matanza y procesamiento de carne humana.El canibalismo es ley y la sociedad se ha dividido en dos grupos: los que comen y los que son comidos.

Marcos Tejo, encargado general del frigorífico Krieg, separado de su esposa y a cargo de su padre, es un oscuro burócrata. El día en que recibe como regalo una mujer criada para el consumo, las tentaciones lo transforman en una conciencia peligrosa de pliegues truculentos que lo llevará a trasgredir las nuevas normas hasta límites que la sociedad desconoce.

¿Qué resto de humanidad cabe cuando los muertos son cremados para evitar su consumo?¿Quién es el otro si, de verdad, somos lo que comemos? En esta despiadada distopía —tan brutal como sutil, tan alegórica como realista— Agustina Bazterrica inspira, con el poder explosivo de la ficción, sensaciones y debates de suma actualidad.

Crítica 

Hay libros que incomodan… y luego está Cadáver exquisito de Agustina Bazterrica, que no solo incomoda: te mira de frente y no parpadea. Y tú tampoco puedes hacerlo.

La premisa es brutal: en un mundo donde los animales han dejado de ser consumibles, la humanidad ha institucionalizado el canibalismo. Pero lo verdaderamente perturbador no es la idea, sino la naturalidad con la que todo funciona. El sistema sigue intacto: producción, distribución, consumo. Solo cambia la materia prima. No hay colapso ni caos, hay adaptación. Ordenada, eficiente, aceptada. Y ahí es donde la novela empieza a volverse insoportablemente cercana.

Porque no hay personajes rescatables. No hay refugio moral para el lector. Todos, en mayor o menor medida, están atravesados por esa lógica deshumanizante. Figuras como Urlet y su macabro “concurso” de caza humana, donde participan tanto élites como desesperados, llevan la violencia a un extremo grotesco, pero no son una anomalía dentro del sistema, sino una consecuencia de este. Es imposible no pensar en ecos reales, en momentos donde la vida humana se convirtió en un blanco, como ocurrió durante el Sitio de Sarajevo. Pero lo inquietante no es solo ese extremo, sino cómo convive con lo cotidiano: empresarios que solo ven cifras, trabajadores que mecanizan el horror, ciudadanos que consumen sin cuestionar. Nadie está fuera, y nadie parece dispuesto —o capaz— de romper nada.

En medio de ese engranaje aparece Marcos, y al principio se percibe como un personaje gris, casi en suspensión moral. No está plenamente de acuerdo con el sistema, pero tampoco se rebela contra él. Su conflicto no es solo ético: está atravesado por la pérdida de su hijo, que funciona como un punto de ruptura íntimo y silencioso. Ese duelo lo sitúa en un lugar ambiguo, como si estuviera emocionalmente anestesiado, incapaz de reaccionar del todo. Y es precisamente esa combinación —la conciencia del horror y la incapacidad de actuar— la que lo vuelve tan inquietante. Marcos no es ajeno al sistema: es alguien que lo cuestiona mientras sigue sosteniéndolo.

Bazterrica no se queda en el golpe fácil de la violencia explícita, aunque la hay, y mucha. Su apuesta va más allá y construye una estética abiertamente escatológica, donde el cuerpo deja de ser humano para convertirse en materia: en carne, en objeto, en desecho. No hay intención de embellecer ni de suavizar; al contrario, la autora insiste en lo orgánico, en lo que incomoda, en aquello que normalmente se oculta. Y es precisamente ahí donde la novela resulta más efectiva, porque obliga a enfrentar no solo la violencia, sino la materialidad de esa violencia. No es provocación gratuita: es una forma de insistir en que, cuando lo humano se reduce a producto, también se degrada simbólicamente hasta lo residual, hasta lo que se procesa, se consume o se descarta sin pensamiento.

Lo realmente perturbador no está solo en lo que se muestra, sino en quiénes lo sostienen. Personajes como la doctora Valka, en su laboratorio, encarnan una deshumanización fría y funcional: el avance científico por encima de cualquier límite ético, donde las muertes dejan de ser tragedias para convertirse en un medio. No hay exceso emocional, y quizás por eso resulta más inquietante, porque responde a una lógica reconocible. Lo mismo ocurre con la hermana de Marcos, que decide apartar a su padre, borrarlo en vida, pero encarna una hipocresía dolorosamente cercana: la de quienes abandonan y luego escenifican el duelo perfecto. Y en contraste, están sus hijos, que nacen dentro de esta nueva normalidad sin cuestionarla, sin siquiera tener acceso a otra forma de entender lo humano. La deshumanización, aquí, no solo se practica: se hereda.

Y es precisamente ahí donde la novela encuentra uno de sus reflejos más inquietantes en nuestro presente. El frigorífico Krieg y la peletería humana del señor Urami no solo representan una maquinaria extrema de explotación, sino que dialogan con lógicas que ya operan hoy, aunque bajo un lenguaje mucho más aséptico. Las áreas de “gestión humana” dentro de muchas empresas conservan la palabra “humana”, pero han vaciado su sentido: procesos automatizados, filtros de inteligencia artificial que reducen a las personas a palabras clave, decisiones justificadas por la cantidad de solicitudes. No se mira a quien está detrás del currículum, se procesa. Se clasifica. Se descarta.

La novela no necesita subrayarlo: el paralelismo es evidente. Cuando lo humano se traduce en datos, en rendimiento, en utilidad, la deshumanización ya está en marcha. No hace falta llegar al extremo del canibalismo para empezar a perder aquello que nos define. Basta con dejar de ver al otro como alguien que siente, que sueña, que existe más allá de su función. Tal vez lo único que falta es un detonante.

Y en medio de todo eso, Marcos vuelve a cobrar sentido: sabe, entiende, percibe la grieta moral… pero sigue. Y ese “seguir” es quizás lo más devastador de la novela, porque no hay épica ni redención que alivie al lector, solo una conciencia incómoda que no alcanza para cambiar el curso de las cosas.

También resulta especialmente acertado que la autora sitúe la historia en Argentina. No es un detalle menor: ancla la distopía en un contexto reconocible y la vuelve más incómoda. Dialoga directamente con el peso de la industria cárnica en el país y con su identidad cultural. Bazterrica toma algo profundamente arraigado y lo empuja hasta sus últimas consecuencias, volviendo imposible mirar hacia otro lado.

El ritmo es otro de sus grandes aciertos: no es trepidante, pero tampoco lento. Es constante, sostenido, casi clínico, y logra atraparte desde la primera página sin necesidad de giros estridentes. La prosa es seca, directa, sin adornos, y precisamente por eso resulta más efectiva: no hay distancia posible, no hay refugio estético que amortigüe lo que se está leyendo.

En Pluma Gulunga lo tenemos claro: es un cinco de cinco. No porque sea una lectura “disfrutable” en el sentido tradicional —no lo es—, sino porque es una novela que hace exactamente lo que se propone y lo hace con una precisión brutal. Incomoda, sacude y deja una idea persistente girando en la cabeza mucho después de cerrar el libro: tal vez no necesitamos llegar a ese extremo para estar ya avanzando en esa misma dirección.

Cadaver Exquisito - Agustina Bazterrica


Frases

- Su cerebro le advierte que hay palabras que encubren el mundo.
Hay palabras que son convenientes, higiénicas. Legales.

-  Enseñar a matar es peor que matar.

Su cerebro le advierte que hay palabras que encubren el mundo.
Hay palabras que son convenientes, higiénicas. Legales.

Quisiera anestesiarse y vivir sin sentir nada. Actuar de manera automática, mirar, respirar y nada más. Ver todo, saber y no decir. Pero los recuerdos están, siguen ahí.

Muchos naturalizaron lo que los medios insisten en llamar la "Transición". Pero él no, porque sabe que transición es una palabra que no evidencia cuán corto y despiadado fue el proceso. Una palabra que resume y cataloga un hecho inconmensurable. Una palabra vacía. Cambio, transformación, giro: sinónimos que parece que significan lo mismo,  pero la elección de cada uno de ellos habla de una manera singular de ver el mundo. Todos naturalizaron el canibalismo, piensa. Canibalismo, otra palabra que podría traerle enormes problemas.

"El planeta va a reventar, en cualquier momento. Vas a ver, hijo, estalla o nos morimos todos con alguna plaga. Mirá como en China ya se están empezando a matar por la cantidad que son,  no entran. Y acá, acá todavía hay lugar, pero nos vamos a quedar sin agua, sin alimentos, sin aire. Todo se va al diablo"

Nadie puede llamarlos humanos porque sería darle entidad, los llaman producto, o carne, o alimento. Menos él, que quisiera no tener que llamarlos por ningún nombre.

Volvió a su casa porque su padre había enloquecido. Los médicos le diagnosticaron demencia senil, pero él sabe que su padre no soportó la Transición. Muchas personas se dejaron morir bajo la forma de una depresión aguda, otras se disociaron de la realidad, otras simplemente se mataron.

El Señor Urami no mira a la gente. La mide. Siempre sonríe y él siente que, cuando el Señor Urami lo observa, en realidad está calculando cuántos metros de piel puede sacar en limpio si lo sacrifica, lo cuerea y lo descarna ahí mismo.

Las palabras del Señor Urami son medidas, armoniosas. Construyen un mundo pequeño, controlado, lleno de fisuras. Un mundo que puede fracturarse con una palabra inadecuada.

Egmont le pregunta si hablan. Dice que le llama la atención tanto silencio. El Gringo le contesta que desde chiquitos los aíslan en incubadoras y después en jaulas. Que les sacan las cuerdas vocales y así los pueden controlar más. Nadie quiere que hablen porque la carne no habla.

La gente siempre le confesaba cosas. Él cree que es porque sabe escuchar y no le interesa hablar de sí mismo.

Para Spanel tocar, cortar, triturar, procesar, deshuesar, despiezar eso que una vez respiró es una tarea automática, pero de precisión. Es una pasión contenida, calculada.

No entiendo por qué nos parece atractiva la sonrisa de una persona.Con la sonrisa uno está mostrando el esqueleto.

Hoy soy la carnicera, mañana puedo ser el ganado.

Nadie tiene asegurado nada. Que me coman nomás, les voy a causar indigestiones terribles.

Estoy rodeada de muerte, todo el día, a toda hora, y señala las reses en las heladeras: Todo indica que mi destino va a ser este, ¿ o te creés que no vamos a pagar por esto?. Entonces, ¿por qué no lo dejás?, ¿por qué no vendés la carnicería y te dedicás a otra cosa?

Spanel tiene una belleza detenida. Lo inquieta porque hay algo femenino debajo de un aura bestial que se cuida muy bien de mostrar. Hay algo de admirable en ese desapego artificial. Hay algo en ella que él quisiera romper.

Nunca lo mira. Su vida es el miedo, piensa.

Krieg es una de esas personas que no está hecha para la vida. Tiene la cara de un retrato fallido que salió mal, el dibujante lo arrugó y lo tiró a la basura. Es alguien que no termina de encajar en ningún lugar.

Él sabe que su jefe lleva el negocio a la perfección, que a la hora de hacer números y transacciones es el mejor. Si se trata de conceptos abstractos, de tendencias del mercado, de estadísticas, Krieg se destaca.Solo le interesan los humanos comestibles, las cabezas, el producto. Pero no le interesan las personas. Detesta saludarlas, sostener pequeñas charlas sin sentido sobre el frío o el calor, tener  que escuchar sus problemas, aprenderse sus nombres,  registrar si alguien se tomó licencia o si tuvo un hijo. Para eso está él,  la mano derecha. Él, a quien todos respetan y quieren porque nadie lo conoce, no de verdad. Pocos saben que perdió un hijo, que su mujer se fue, que su padre se derrumba en un silencio oscuro y demencial.

La zona de las jaulas de reposo tiene un olor agrio, penetrante. Él piensa que ese es el olor del miedo.

Le parece un tipo auténtico, uno que no lo mira con media sonrisa porque es la mano derecha del jefe, uno que no está pensando en qué ventaja puede sacar, uno que no tiene reparos en decirle lo que piensa. Cuando murió el bebé, Sergio no lo miró con lástima ni le dijo: Ahora Leo es un angelito, ni lo miró en silencio sin saber qué hacer, ni lo evitó, ni lo trató diferente. Lo abrazó y se lo llevó a un bar y lo emborrachó y no paró de contarle chistes hasta que los dos lloraron por las carcajadas. El dolor siguió intacto, pero él supo que tenía un amigo.

El siempre se pregunta cómo será dedicarse gran parte del día a guardar corazones humanos en una caja. ¿En qué pensarán esos operarios? ¿Tendrán conciencia de que eso que tienen en sus manos estuvo latiendo hace unos momentos? ¿Les importará? Y después piensa que él también dedica gran parte de su vida a supervisar cómo un grupo de personas, bajo sus órdenes, degüellan, evisceran y cortan a mujeres y hombres con la mayor naturalidad. Uno se puede acostumbrar a casi cualquier cosa, excepto a la muerte de un hijo.

Pero el dolor, intuye,es lo único que lo hace seguir respirando.
Sin la tristeza, no le queda nada.

Se va a preocupar cuando deje de mirarlo, cuando el odio no lo sostenga más. Porque el odio da fuerzas para seguir, mantiene la estructura frágil, entreteje los hilos para que el vacío no lo ocupe todo. Quisiera poder odiar a alguien por la muerte de su hijo. Pero ¿a quién puede culpar por una muerte súbita? Intentó odiar a Dios, pero él no cree en Dios. Intentó odiar a la humanidad entera por ser tan frágil y efímera, pero no lo pudo sostener, porque odiar a todos es lo mismo que odiar a nadie.

Sabe que Cecilia nunca va a estar mejor. Sabe que está rota, sus pedazos no tienen posibilidad de unión.

Al costado escribieron en letras grandes y negras: La máscara de la aparente tranquilidad, de la placidez mundana, de la alegría pequeña y brillante de no saber cuándo esto que llamo piel va a ser desgajada, esto que llamo boca va a perder la carne que la rodea, esto que llamo ojos se va a topar con el silencio negro de un cuchillo.

Hace mucho tiempo que no sentía que esa casa era su hogar. Antes era un espacio para dormir y comer. Un lugar con palabras quebradas, silencios encapsulados en las paredes, con la acumulación de tristezas astillando el aire, raspándolo, agrietando el oxígeno. Una casa donde se estaba gestando una locura agazapada, inminente.

- ¿Comió algo vivo alguna vez?
- No
- Hay una vibración, un calor pequeño y frágil que lo hace particularmente delicioso. Arrancar una vida a bocados. Es el placer de saber que, gracias a tu intención, a tu accionar ese ser dejó de existir. Es sentir cómo ese organismo complejo y precioso expira poco a poco, pero
 que, al mismo tiempo, comienza a formar parte de uno. Para siempre. Ese milagro me fascina. Esa posibilidad de unión indisoluble.

¿Usted tiene dilemas morales con esto, le parece atroz?
- De ninguna manera. El ser humano es un ser complejo y a mí me deslumbran las vilezas, contradicciones y sublimidades de nuestra condición. La existencia sería de un gris exasperante si todos fuésemos impolutos.
- Pero entonces, ¿ por qué lo califica como atroz?
- Porque lo es. Pero eso es lo maravilloso, que aceptemos nuestras desmesuras, que las naturalicemos, que abracemos nuestra esencia primitiva.

Después de todo, desde que el mundo es mundo nos comemos los unos a los otros. Si no es de manera simbólica, nos fagocitamos literalmente. La Transición nos concedió la posibilidad de ser menos hipócritas.

Hay que respetar lo que se va comer, cavaler. Todo plato tiene muerte. Piénselo como un sacrificio que algunos hicieron por otros.

No quiere discutir con Urlet ni con sus teorías artificiales. No le va a decir que un sacrificio, normalmente, requiere del consentimiento del sacrificado, ni le va a remarcar que todo tiene muerte, no solo ese plato, y que también, él, Urlet, está muriendo a cada segundo que pasa  como todos ellos.

Todos dicen que cayó porque voló demasiado cerca del sol,  pero voló, ¿entendés, hijo? Pudo volar. No importa caer, si fuiste un pájaro al menos por unos segundos.

Pareciera que necesitara sostenerse con las palabras que salen de la boca sin descanso. Le repite siempre los mismos discursos: Lo difícil que es, todavía en ese siglo ser mujer y profesional, que la gente la sigue prejuzgando, que recién ahora está logrando que la saluden a ella y no a su asistente,  que es hombre, pensando que es el director del laboratorio, que ella eligió no formar una familia y socialmente se lo hacen pagar porque la gente sigue pensando que las mujeres tienen que cumplir algún designio biológico, que su gran logro en la vida fue seguir adelante, nunca claudicar, que ser hombre es tanto más fácil, que esa es su familia, el laboratorio, pero nadie logra entenderlo, no de verdad, que ella está revolucionando la medicina y la gente se sigue fijando si los zapatos que usa son femeninos o si se le notan las raíces porque no tuvo tiempo de ir a la peluquería o si subió de peso.

Tenía la mirada humana del animal domesticado.

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