Las indignas - Agustina Bazterrica
Las indignas |Agustina Bazterrica
Sinopsis
El mundo como lo conocemos ha desaparecido después del gran apagón, guerras por el agua y catástrofes ambientales. Los días pasan de gélidos a sofocantes en cuestión de horas, apenas hay animales ni naturaleza y pocas personas han sobrevivido. En este presente desolador, varias mujeres viven confinadas en la Casa de la Hermandad Sagrada, sometidas a los designios de un culto religioso. Una de ellas cuenta esta historia, escrita a escondidas, noche tras noche, para que un día alguien sepa todo lo que pasa entre esas paredes: torturas, sacrificios y ceremonias terroríficas en nombre de la iluminación. Se encuentran bajo el estricto mando de la Hermana Superior, por encima de quien solo se erige «Él». ¿Quién es Él? Poco se sabe, nadie puede verlo, pero domina desde las sombras. Agustina Bazterrica, la autora de la inolvidable Cadáver exquisito, nos ofrece en esta nueva y esperada novela una distopía perturbadora, en la que resplandece la naturaleza oscura de una falsa divinidad, un dios abusivo, pero también la forma subrepticia, aunque poderosa, de la amistad.
Crítica
Las indignas de Agustina Bazterrica es una novela que te sacude desde el primer capítulo y no te suelta. Su mundo es áspero, cruel y profundamente incómodo: la violencia no es accidente ni excepción, sino norma, y la supervivencia depende de entenderla, aceptarla y, muchas veces, reproducirla.
La protagonista, que no tiene nombre, es un símbolo y víctima a la vez. Su anonimato no es casual: cualquiera podría ser ella, y su falta de identidad refleja cómo la estructura la reduce a función dentro de un engranaje de violencia. Aun así, no es ingenua; conoce perfectamente lo podrido que está todo y participa activamente. Su lucidez no la hace heroica; la hace cómplice. Es tan despreciable como Lourdes, su archienemiga, y observarla moverse entre obediencia, traición y cálculo es fascinante y repulsivo a la vez.
El hilo de su historia comienza con la muerte de su madre por inanición, un acto que marca su infancia y la sumerge en un mundo donde nada ni nadie está seguro. Tras eso, conoce a los niños tarántula, quienes le enseñan a sobrevivir. Su existencia es valiosa, pero para los adultos representa un “gasto” de recursos escasos, comida y agua, y son asesinados con crueldad calculada. Esta primera violencia estructural prepara al lector para lo que viene: el mundo es despiadado, y la ética, rara vez recompensada.
Después, la protagonista se encuentra con Circe, un animal que, aunque nunca se define con exactitud, se puede inferir como un felino. Circe muere tratando de protegerla cuando los adultos la encuentran y violan a la protagonista. La muerte de Circe duele de manera distinta: no es solo sobrevivencia, sino afecto, lealtad, inocencia. En ese momento, el horror de la maldad adulta alcanza su punto más doloroso.
Tras quedar sola, la protagonista vaga por ese mundo post apocalíptico hasta llegar a la puerta de la Hermandad Santa, donde es descartada por llegar moribunda. Es Helena, su futura compañera de celda, quien la salva. Helena encarna la bondad dentro de un sistema cruel, pero su compasión la hace incompatible con la Hermandad. Es mártir: muere porque sigue profesando la religión pasada y porque no se somete a la lógica de la crueldad; su entrega es ética, silenciosa y absoluta, y su muerte recuerda que los buenos son objetivos de un sistema que no tolera la humanidad.
Luego llega Lucía, cuya presencia introduce la posibilidad de otra forma de existencia dentro de la Hermandad. Lucía es casi una figura cristiana: encarna compasión, entrega y sacrificio. Su relación con la protagonista no es solo sexual o íntima: es un acto de cuidado y humanidad que desafía el poder y la violencia. Frente a la Hermana Superior y “Él”, quienes disfrutan infligiendo dolor y abusando de las elegidas, Lucía representa todo lo contrario: bondad activa, fuerza ética, y entrega que busca salvar sin destruir.
La religión en la Hermandad funciona como instrumento de control absoluto. Las Santas menores tienen los párpados cosidos; las diáfanas de espíritu pierden la lengua; las auras plenas sufren la perforación de los tímpanos. No ver, no hablar, no oír: el cuerpo se convierte en signo de sumisión, las mujeres en herramientas del poder. Además, la Hermandad elimina el tiempo: no hay hombres más que “Él”, ni mujeres ancianas, ni niños; solo jóvenes disciplinables.
A lo largo de la novela, la protagonista empieza a actuar de maneras que antes no habría considerado: intenta ayudar a María de las Soledades a escapar de la Torre del Silencio y la encuentra muerta; entierra el cuerpo de Lourdes tras la culpa que la Hermana Superior le hace cargar; rescata a Lucía. Cada acto marca un quiebre en su moralidad: aunque sigue siendo cómplice, empieza a asumir responsabilidad, a ejercer un tipo de bondad que en la lógica de la Hermandad es casi imposible.
El respiro final, spoiler importante, llega con su propia muerte. La protagonista se sacrifica para que Lucía pueda escapar y para que la Hermandad caiga. Su muerte es un acto de entrega total que refleja la estructura de la novela: los mártires como Helena abren el camino para que la compasión y la bondad representadas por Lucía puedan sobrevivir y triunfar, aunque sea parcialmente. La humanidad, en este mundo, solo persiste gracias a la entrega extrema de quienes aún conservan un vestigio de ética y afecto.
El amor de la protagonista por las letras permanece como un último vestigio de humanidad. No salva, no redime, pero conserva memoria. En un mundo que mutila cuerpos, anula palabras y borra voces, la escritura sigue siendo un acto de resistencia, un modo de dejar constancia de lo vivido.
Las indignas es dura, áspera y deliberadamente incómoda, pero hipnótica. Bazterrica construye una distopía que podría ser nuestro presente: la religión, la sexualidad y el poder se cruzan para sostener un sistema que devora cuerpos y almas; la bondad existe, pero se paga con la vida. La novela deja un espejo estremecedor: un futuro posible donde la ética se castiga, los cuerpos son instrumentos de dominación, y sobrevivir implica aceptar la complicidad, mientras unos pocos mártires y figuras de entrega muestran que aún hay resquicios de humanidad.
Frases
- Nos dijo que para llegar a ser iluminadas tenemos que desposeernos de nuestro origen, del Dios erróneo, del hijo falso, de la madre negativa, de las ideas triviales, de la suciedad nocturna que se arrastra de manera imperceptible y lenta por nuestra sangre.
Miré las venas en mis muñecas y con un dedo toqué una línea azul.
Purificar.
Nos llamó indignas, como todas las veces, como lo hace cuando nos reunimos en la Capilla de la Ascensión cada tres o nueve días.
- Las Santas Menores siguieron cantando. Vi salir de sus bocas miles de pétalos blancos llenando el aire, pétalos de lirios que destellaban hasta desaparecer. Sus voces son capaces de entonar las notas universales, de vibrar con la luz de las estrellas ( por eso les cosen los ojos, para que no se distraigan con lo mundano, para que puedan captar las reverberaciones que nuestro Dios)
- Las Auras Plenas pueden descifrar las señales divinas, los signos escondidos que Él nos comunica en la Capilla de la Ascensión. Es por eso que tienen las marcas, porque comprender los mensajes de Dios les deja huellas en el cuerpo (heridas en la piel frágil, llagas que nunca se curan) para que no olviden su presencia.
- Terminé de limpiar y me dirigí a la celda, antes caminé por los pasillos y me desvié para ver la puerta negra labrada. No había nadie y me acerqué para tocar la madera. Detrás está el Refugio de Las Iluminadas. No viven con las elegidas porque son el tesoro más preciado de la Hermandad Sagrada (por eso no las mutilan como las Santas Menores, a las Diáfanas de Espíritu y a las Auras Plenas).
- Escondo estos papeles entre las sábanas, debajo de los tablones de madera del piso. Cuando quiero preservar la tinta que dejaron los monjes, me pincho con agujas para usar mi sangre. Por eso hay manchas más oscuras, un rojo mineral. A veces preparo tinta con carbón o con plantas y flores que recolecto, aunque es peligroso hacerlo. Como también es peligroso escribir esto, en este instante, en ese lugar, pero lo hago para recordar quién era yo antes de llegar a la Casa de la Hermandad Sagrada. ¿Qué hice, desde dónde vine, cómo sobreviví? No lo sé, algo se quebró en mi memoria que no me deja recordar.
- "sin fe, no hay amparo". Las iluminadas anticipan las catástrofes. Son las únicas que pueden conocer el nombre de Dios. Para el resto es impronunciable porque hay que aprender el idioma secreto, que se oculta como una serpiente blanca que se devora a sí misma. Hablarlo es como desgarrarse, una música hecha astillas, como guardar alacranes en la boca.
- Confiamos en los mensajes de Las Iluminadas porque ellas poseen todas las virtudes de las elegidas. Son emisarias de la luz y por eso tienen la voz etérea de las Santas Menores, la visión profética de las Auras Plenas y la escucha perfecta de las Diáfanas de Espíritu. Son las mediadoras entre nosotras y la divinidad ancestral, el Dios oculto que existe desde siempre, que es anterior a los dioses creados por los hombres.
- Llegamos al Claustro de la Purificación, a la pequeña casa rodeada de árboles, edificada cerca del muro y aislada. Es al lugar donde tuvimos que ir todas antes de ser aceptadas, ese lugar que no es un claustro aunque así lo llaman. El lugar donde una escucha a los grillos por primera vez y no sabe qué son, y cree que es su mente perdiendo el control, piensa que es el sonido de la locura. El lugar donde las sombras de los monjes acechan, sus voces en la noche, en la oscuridad. Algunas mueren, enfermas de contaminación y pecado (de la soledad).
- Nos dijo que para ser Iluminadas teníamos que dejar de ser moradoras del polvo, emisarias de la inmundicia, un hervidero incesante de malentendidos, un derramamiento de transgresiones. Nos advirtió que percibía la enfermedad luctuosa agazapada en nuestros cuerpos.
- Las gotas caían por vitrales manchados con pintura negra. Los vitrales con las imágenes del Dios erróneo, del hijo falso, de la madre negativa, ese Dios que no supo contener la avaricia y la estupidez de su rebaño, que dejó que envenenaran el núcleo de lo único que importaba. No hay que nombrar ni mirar a ese Dios que nos dejó a la deriva en un mundo intoxicado.
- Cuando estoy en mi celda no puedo evitar mirar la cama vacía, sin sábanas. Helena ya no está, pero no la extraño. No se puede extrañar a alguien que supuraba indecencia, desenfreno. Era una doradora del Dios equivocado. Una extraviada. Tampoco añoro su belleza que era como una garra acariciándote despacio.
- "Ustedes son lobas que engendran ponzoña, un batallón fecundado por la perdición y la atrocidad, un costal de podredumbre hedionda, un semillero de elucubradoras de infamias. Indignas. Homicidas". Su voz resonaba dentro de nuestro cuerpo, como si no estuviese en las alturas, como si su presencia abarcara todo el jardín. Como si estuviese en todas partes. Una de las Santas Menores fue asesinada y le robaron el Cristal Sacro".
- Me pregunté cuál será el olor del miedo. Pensé que no es posible percibirlo porque es como congelarse por dentro.
- A la Hermana Superior le gusta generar expectativa, que nunca sepamos cuándo va a caer el primer golpe sobre tu piel, cuándo vas a tener que expiar con tu sangre. Nos quiere educar en el arte de la agonía.
- Mariel no mató, pero Mariel ardió. Ese es el mantra que murmuran las siervas, las sirvas que no tienen nombre. Las siervas susurran ponzoña porque llevan en el cuerpo las marcas, los signos de haber estado contaminadas, y aunque ya no pueden infectarnos, deben trabajar para limpiar nuestra suciedad y la suciedad que les corre por las venas. Nos odian por eso, porque tienen que servirnos. Las marcas de las pústulas, las llagas, las infecciones. Los sarpullidos son la suciedad del mal, la suciedad del colapso, la suciedad del fracaso. La suciedad que absorbieron de la tierra enferma y les dejó estigmas permanentes, para que no olvidemos que la corrupción está al acecho, y Las Iluminadas son las únicas que la apaciguan. La suciedad que anida en la piel de las siervas, en las células, es la rabia del mar, la furia del aire, la violencia de las montañas, la indignación de los árboles, la tristeza del mundo.
- Entré una sola vez, por curiosidad, pero me fui asqueada. Sentí olor a rabia como si hubiese espinas en el aire, pero no me fui por eso. Me fui porque cuando vi los estantes sin libros me quedé sin aliento, y un dolor agudo me golpeó en el pecho, pero no puedo explicar por qué.
- A veces tengo que dejar de escribir porque escucho ruidos, porque la tinta se termina, porque me vence el sueño, porque siento los pasos de la Hermana Superior. Pero siempre busco momentos para seguir con estas palabras clandestinas que cristalizo en estas hojas oxidadas, del color de la arena, con marcas, manchadas por el tiempo. Estaban en el Claustro de la Purificación (lejos, a tres mil pasos de la Casa de la Hermandad Sagrada, pero dentro del muro), escondidas debajo de unas tablas del piso. Las acaricio, las huelo, son mías, son parte de este libro de la noche que no puedo dejar de escribir.
Estas palabras contienen mi pulso.
Mi respiración.
- Miré detenidamente a Lourdes. Lourdes con esa piel de mariposa radiante, impoluta, con esas manos livianas y perfectas, pero afiladas. Manos de insecto que produce dolor. Lourdes, la que llegó sin signos de contaminación, con todo el pelo, y sin manchas en la cara. Con los dientes intactos. Tiene que estar podrida por dentro, de otra manera será Iluminada o alguna elegida: Una Santa Menor, un Aura Plena, una Diáfana de Espíritu, pero es solo una de nosotras, una de las indignas, una de las que esperan.
- ¿Qué sonido emite el sol? ¿Un estrépito caliente, un susurro tranquilizador? No había nubes. Daban ganas de tocar el azul del cielo, de guardarlo entre las manos, de sentir la belleza aterciopelada en la punta de los dedos. Vi una mariposa volando demasiado cerca. Era celeste, parecía que sus alas irradiaban luz blanca, pero esa belleza quemaba. Con sus patas ardientes dejaban marcas en la piel en la que se posaban. Eran tóxicas.
- Trato de apresar los segundos de ese momento, creo que los puedo enhebrar con estos símbolos frágiles porque las sensaciones se presentan con tal nitidez que no dudo de la fidelidad de mis recuerdos, de mis fabricaciones. Intento capturar ese presente, ese ahora, que se difumina con cada palabra trazada, con este lenguaje insuficiente. Pero estoy en este ahora que siempre se convertirá en pasado, en una palabra desértica en un papel manchado.
- Quizás, algún día, en algún ahora del futuro, alguien las lea y sepa que existimos. Que fuimos parte de una Hermandad Sagrada que vivió en un fragmento de tierra que se mantuvo pura, resplandeciente gracias a la piedad de Las Iluminadas. O quizás estos papeles se conviertan en cenizas y vuelvan a la tierra, abonándola, nutriendo las raíces de un árbol y nuestra historia sea comprendida por esas hojas que oxigenan el mundo colapsado.
- Me pregunto si Dios es el hambre detrás del hambre y si detrás de Dios se agazapa el hambre de otro Dios.
- Helena murió en la oscuridad, murió en el desastre. Ella fue la que me enseño que desastre significa vivir sin estrellas, ni cuerpos celestes, ni cometas, sin la luz de la noche, en una oscuridad absoluta.
- Imaginamos que Él estaba detrás del cancel, intuíamos su presencia. Se quedó callado. No dijo nada durante tanto tiempo que el silencio adquirió una densidad que se materializó. Una densidad punzante que resquebrajó el aire, lo fragmentó. Nos quedamos muy quietas y respiramos despacio, con mucho cuidado de no ser lastimadas por las astillas transparentes. El mensaje era claro, la asesina seguía entre nosotras y Él lo sabía, pero no iban a hacer nada más, ni Él ni la Hermana Superior.
Se lo hicieron todo a Mariel.
Mariel no mató, pero Mariel ardió.
- Algunas dicen que la Hermana Superior, antes de la gran catástrofe, hace mucho fue una migrante climática, que peleó en el ejército que participó de las guerras por el agua, en esas guerras que sucedieron junto con la desaparición bajo el océano de muchos territorios, de muchos países, algunas susurran que no es una mujer, que puede romperte el cuello con una sola mano, que puede partirte la espalda con un solo movimiento, que le enseñaron a criar insectos comestibles en las tribus milenarias, que Él y ella son hermanos.
- Nos sirvieron el café. Sentí el aroma poderoso, el olor a peligro, pero también a una alegría salvaje (algo que imagino se debe sentir en una selva), y antes de probarlo tuve que cerrar los ojos.
- Era la época en la que todavía tenía una madre que me enseñaba a leer y a escribir; que trataba a los libros con cuidado porque decía: son maravillas contenidas en papel, los llamaba nuestros amigos; que celebraba la vida con pequeños gestos, todos los días; con su presencia luminosa encontraba belleza en el mundo que se degradaba minuto a minuto. Un mundo con falta de agua, sin escuela, sin luz.
- Las palabras estaban dentro de mí, las palabras que mi madre me instó a amar, incluso cuando no las entendía.
- El recuerdo de mi madre llegó como un golpe, como una revelación y la persona que yo era, esa niña incapaz de llorar, esa adolescente en constante alerta, esa mujer depredadora que habitaba en mí, oculta, resurgió.
- Lloré por la escuela a la que no asistí, por los libros que no leí, por los hermanos que no tuve, por el padre que no conocí, por mi madre resplandeciente y tiesa en el piso frío de una cocina que ya no existe, una casa que fue derrumbada por los tornados, las inundaciones, la tierra incapaz de sostener los cimientos. Lloré por mi pequeña familia desquiciada, la otra familia que me aceptó y cuidó, mi familia de niños tarántula, a los que dejé una noche para buscar alimentos y cuando volví los encontré muertos. Los adultos lo habían matado uno a uno mientras dormían. Algunos tenían los ojos abiertos y la mirada petrificada en un gesto de espanto porque sintieron dolor por los machetes y los cuchillos, sintieron miedo. Cuando se los cerré, noté que los cuerpos estaban tibios. No tuvieron tiempo de resistirse ni de gritar.
- Les tuve que explicar qué era un tigre y se maravillaron de que hubiese existido un animal así en el mundo porque dábamos por hecho que estaban muertos, todos los tigres, muertos de hambre, muertos por la contaminación, muertos de sed, muertos ahogados, muertos con la lengua negra y los ojos ciegos, muertos de tristeza, muertos en las grietas de la tierra, en ese alarido silencioso del mundo partiéndose en dos.
Cuando llegué al final del cuento, bailaron en silencio. No podíamos gritar ni aplaudir, pero bailar en silencio fue nuestra manera de festejar. Casi ninguno de ellos sabía leer, solo dos lo hacían despacio y mal por falta de práctica porque eran niños que habían nacido en un mundo en el que solo se podía sobrevivir. No tuvieron la suerte de conocer a mi madre y su adoración por los libros.
- Tobías, uno de los más pequeños, dijo que él no quería ser un conejito y Ulises le contestó que éramos niños tarántula, piraña, escorpión, serpiente. Tobías abrió los ojos sin entender. ¿Qué son los escorpiones y las pirañas? Animales peligrosos, le dije, son animales que muerden, pican, lastiman, matan, y Tobías sonrió. Todos sonreímos.
- Quemar un libro me daba rabia, porque sabía que incendiaba un mundo, pero necesitábamos calor y cocinar la carne de los animales que cazábamos. La mayoría eran mascotas abandonadas, que confiaban en los humanos. Al principio no quería, no podía comer, pero cuando pasaron los días y el hambre me lastimaba por dentro, me convertí en la mejor cazadora.
- Sabían que éramos doce y nosotros sabíamos que ellos eran muchos más, y que tenían armas. Sabíamos que eran crueles como nosotros, pero no eran leales con los suyos, como sí lo éramos nosotros. Nosotros que nos curábamos las heridas, nosotros que compartíamos por igual el agua y los alimentos, nosotros que dormíamos abrazados cuando hacía frío, nosotros capaces de morir por uno de los nuestros. Nos turnábamos para espiarlos y veíamos lo que les hacían a los niños de ese grupo. Veíamos las marcas en los cuerpos débiles, veíamos los ojos vacíos, muertos. Veíamos la estupidez y la malicia. Nosotros éramos rápidos y sagaces. Linces. Pero la violencia ganó.



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