La Traición de Roma - Santiago Posteguillo
La Traición de Roma | Santiago Posteguillo
Sinopsis
"He sido el hombre más poderoso del mundo, pero también el más traicionado". Así comienza Escipión sus memorias en La traición de Roma, donde conoceremos su épico final y el de otro de los personajes más legendarios de la historia: Aníbal. Ambos se enfrentarán en la brutal batalla de Magnesia, un combate sin redención posible para el perdedor. Ésta es también la electrizante historia de una familia, unos tiempos y una ciudad, Roma, que emerge victoriosa, sin importarle arrasar en su imparable ascenso todo y a todos, incluso a sus héroes.
Crítica
En La traición de Roma, Santiago Posteguillo clausura su trilogía sobre Africanus con una tesis demoledora: el mayor enemigo de un héroe no es el general que tiene enfrente, sino la envidia que deja a sus espaldas. La novela sitúa a Publio Cornelio Escipión en el cenit de su gloria como princeps senatus, ocupando el sitial que una vez perteneció a su némesis, Fabio Máximo. Sin embargo, en esta cúspide, el hombre que conquistó el mundo sucumbe a la ceguera de los invictos, ignorando que Marco Porcio Catón ha comenzado a tejer una red de procesos legales destinada a asfixiarlo.
Este asedio político se ve agravado por un error de cálculo fatal de Publio antes de partir a la campaña de Asia. En un impulso por asegurar la formación militar de su primogénito, Escipión decide llevarse al joven Publio a la guerra, pero comete la imprudencia de dejar a Lelio en Roma al frente de la defensa institucional de la familia. Al confiar la retaguardia a su aliado más leal, pero a sabiendas de que Lelio nunca fue hábil en la retórica ni en las intrigas del Senado, Publio deja su flanco totalmente expuesto a la ferocidad dialéctica de Catón.
Paralelamente, el drama se recrudece en la intimidad. La obsesión de Publio por moldear un heredero a su imagen, forzando al joven a un destino militar para el que no parece dotado, fractura irremediablemente su relación con Emilia Tercia. Es este invierno emocional en el hogar, sumado a las fiebres de Hispania que ya empiezan a devorar su cuerpo, lo que empieza a socavar los cimientos del titán mucho antes de que se decida la suerte de Asia.
Posteguillo nos regala entonces una pausa épica: el encuentro en los baños de Éfeso. En esta charla magnética, Publio y Aníbal se reconocen como iguales en un duelo de dignidades, debatiendo sobre la jerarquía de los mejores generales de la historia; una escena de respeto puro donde el cartaginés se sitúa tras Alejandro y Pirro, pero aclara que, de haber vencido en Zama, él encabezaría la lista.
Una vez iniciada la campaña y ya de camino al frente, la narrativa recupera su pulso estratégico cuando Publio se entrevista con Escopas. La inteligencia proporcionada por este personaje resulta ser la pieza final para el plan maestro que permitirá a su hermano Lucio desbaratar al ambicioso Antíoco III. El monarca sirio, que dilapidó su fortuna en los legendarios argiráspides, acabará sus días en la miseria, muriendo de forma indigna tras intentar saquear un templo para costear su derrota.
Al regreso, la traición se manifiesta en un asedio judicial que culmina con la detención de Lucio Escipión. En este escenario de hostilidad legislativa surge Tiberio Sempronio Graco, quien, tras sobrevivir a un intento de asesinato, abandona el bando de Catón para salvar el honor de la República. Ante el colapso de los hombres de la casa, es Cornelia la Menor quien reclama el protagonismo: con la lucidez estratégica de su padre, pacta su matrimonio con Graco para salvar a la familia. Solo tras la muerte del Africanus se revelará la ironía final: el joven Publio hijo, denostado por su padre para la guerra, terminará siendo la mente brillante y la verdadera piedra en el zapato dialéctica para Catón.
Posteguillo cierra el círculo con una melancolía sublime. Las memorias de Escipión son confiadas a Lelio, quien abandona a Netikerty y la calidez de Egipto, llevándose consigo la duda sobre la paternidad del joven Jepri, para cumplir su misión. Deposita el legado de su amigo en la Biblioteca de Alejandría, ignorando que el fuego condenará ese testamento al olvido, dejando solo el eco de aquel epitafio lapidario: “Ingrata patria, ni siquiera poseerás mis huesos”.
Frases
-[27] (…) No quería que se le acusara de celebrar un triunfo o algo parecido a un triunfo en una ciudad que no fuera Roma, y menos aún sin el consentimiento oficial del Senado, un consentimiento, por otra parte, nada fácil de conseguir. Aun así, fue inevitable que en el desfile de Siracusa. Las tropas desfilaron pues ante el templo de Atenea y el templo de Artemio y la ciudadela de Dionisio hasta alcanzar el estrecho istmo que separaba los dos puertos de la capital de Sicilia. Publio ordenó que su ejército se encaminara por las calles en dirección oeste y así llegar lo antes posible al gran foro de la ciudad. Se escuchaban vítores y gritos de júbilo por todas partes y varios ciudadanos prominentes propusieron al general que se celebrara un gran sacrificio en altar de Hierón II, una gigantesca ara sagrada de más de doscientos metros de largo, pero Publio declinó la oferta repetida veces, siempre con palabras nobles y de agradecimiento, y es que aquel altar estaba dedicado a Zeus y no era oportuno que llegara a Roma noticias de que él, Publio Cornelio Escipión, general romano, senador, procónsul y sacerdote de la orden sagrada de los salios, se prestaba a adorar a dioses extranjeros. Lo que sí aceptó Publio, y de buen grado, fue dirigirse al pueblo de Siracusa en la gran explanada del foro. Así, Publio Cornelio Escipión, emocionado, se situó frente a la caballería siciliana, y allí rodeado por miles de ciudadanos, con una voz vibrante lanzó un breve pero sentido discurso.
-[29] Muchos de aquellos hombres habían padecido las penurias de los ataques de Aníbal en el norte de Italia, con la larga serie de derrotas militares que culminó en Cannae, [30] para luego ser desterrados y olvidados por todos, para, al final ser rehabilitados por Escipión, pero, eso sí, con el fin de acometer la más dura de las campañas militares posibles: atacar el corazón de África y enfrentarse contra Cartago y Aníbal y todos los aliados de los púnicos en aquella región del mundo. Aquellos hombres, los supervivientes a los tres años en África, bien merecían escuchar todos los vítores y, al mismo tiempo, ir preparando su ánimo para reencontrarse con los suyos, pues la gran mayoría llevaba más de quince años sin haber podido ver a sus familias.
-[33] Durante todo el largo viaje en barco, la joven Netikerty había estado orinando sobre los dos pequeños sacos de dátiles y arena. Acababan de avistar el faro de Alejandría y ninguna de las semillas había germinado aún. Su preocupación era creciente, pero decidió no compartirla con ninguna de sus hermanas. Según la tradición egipcia, una mujer embarazada podía conocer con anticipación el sexo de su futuro hijo o hija al introducir unas semillas de cebada en un saco y otras semillas de trigo en otro saco y orinar sobre los mismos a diario a la espera de ver si entre la arena y dátiles que debía contener cada saco germinaban primero las semillas de cebada o trigo. En el primer caso significaría que el bebé sería un varón y en el caso de que germinara primero el trigo eso sería señal inequívoca de que la nueva vida sería una niña.
-[36] -¿Estás seguro de que no es Catón ese senador que va delante? -preguntó Lelio; la edad le había hecho perder vista, pero se negaba a reconocerlo. Lo suyo era el combate cuerpo a cuerpo y no lanzar pila a larga distancia, así minimizaba los perniciosos efectos de su pérdida de visión en el campo de batalla.
-Seguro- confirmó Publio con contundencia-. Es difícil no reconocer ese andar de pato que tiene; tambaleándose de un lado a otro...-E imitó a un torpe animal que se bambolea al caminar. Todos rieron la parodia de su general, por graciosa y porque la risa les permitía eliminar un poco de la tensión acumulada durante las horas de espera de aquella mañana junto al Templo de Bellona.
-[42] -Te equivocas, querido Plauto, ahí te equivocas. Se acuerdan cada día y cada noche de nosotros. Es sólo que los dioses se regocijan mortificándonos. Por eso esta guerra, por eso tanto sufrimiento. -Así se expresó Nevio entonces, con su típico cinismo propio de alguien a quien la vida había transformado en un gran escéptico.
-[54] (…) Solo le quedaba Imilce, la dulzura de una fiel esposa entremezclado con la amargura de no haber tenido hijos; Imilce aún era joven y aún había tiempo para resolver ese asunto, aunque el general cartaginés le quedaba la duda de si merecía la pena traer hijos a una Cartago derrotada, a un mundo cada vez más sometido al poder omnipotente de Roma. Pronto ya nadie traería hijos al mundo, sino que desde Hispania hasta Grecia ya sólo nacerían esclavos de Roma. Y él, él ya no era quien fue en el pasado. Aníbal se sabía perdedor, se sentía derrotado, se veía como una sombra, una sombra de quien una vez fue capaz de rodear la mismísima ciudad de Roma como sus ejércitos. Una sombra perdida. Una sombra. Aire oscuro, sin rumbo.
-[59] -¡Estás maldito por mí, que fuera rey de Numidia, estás maldito por Sofonisba, quien fuera reina de Numidia con dos reyes distintos, y estás maldito por el asqueroso Masinisa, el actual rey de Numidia al que tú mismo has puesto en el trono! ¡Estás maldito por todo cuanto representa Numidia en el pasado, en el presente y en el futuro! ¡Maldito tres veces y esa maldición, general de Roma, esa maldición te alcanzará un día y se llevará consigo aquello que más quieres...! - y Sífax tenía intención de seguir, pero un golpe seco en la espalda propinado por uno de los legionarios que lo custodiaba le hizo callar. El centurión encargado de la ejecución pensó que ya había hablado bastante, aunque Publio sintió que le habría gustado que Sífax terminara y precisara más a qué se refería, pero la multitud volvió a gritar y el centurión hizo una indicación a los dos legionarios situados a ambos lados del rey Sífax y éstos, ante su señal, tomaron al númida por los brazos, y, veloces, lo empujaron al abismo.
-[75] La virginidad en Egipto, de modo excepcional en el mundo antiguo, no era una virtud en sí misma ni un requisito fundamental para el matrimonio, especialmente en la tradición del más clásico Egipto, [76] pero la creciente influencia griega proveniente de la corte hacía conveniente que Netikerty se casara para mantener las apariencias. En un principio, todos pensaron que la tarea de encontrar marido para una joven en tan avanzado estado de gestación podría resultar complicada, pero ninguno había contado con la belleza de Netikerty.
-[91] Escopas daba las órdenes que debían darse, pero era cierto lo que había dicho aquel oficial. Sólo los argiráspides, las unidades de élite fundadas por Alejandro Magno, llevaban escudos de plata como aquéllos, en donde se reflejaba el sol hasta cegar al enemigo. Lo sorprendente es que nunca antes había visto tantos argiráspides juntos, tantos miles. No se podía ver bien contra el reflejo del sol en aquellos malditos escudos. Hacía falta mucho dinero para poder hacer tantos escudos de plata. Una fortuna inimaginable. ¿Tanta plata y oro había reunido Antíoco III en su reconquista de los reinos de Oriente?
-[93] (…) Una espada le rozó la sien. Escopas se revolvió y sesgó de un tajo poderoso la mano que blandía el guerrero sirio. Él no era uno más. Era Escopas. Guerrero desde niño, desde siempre. No se iba a dejar amedrentar por dromedarios y un puñado de jinetes más o menos bien adiestrados. Los malditos seléucidas necesitarían algo más si querían hacerles retroceder.
-[96] (…) Escopas intentó reagrupar a sus jinetes para establecer una línea defensiva del ala izquierda de su ejército egipcio para herirles, continuaban su avance como fantasmas venidos del otro mundo, como seres casi inmortales, fríos, sólo concentrados en su destino de destruir por completo al enemigo que, obstinado, intentaba sobrevivir a su imperturbable carga de hierro y sangre.
-[110] Las noticias del desastre de Panion llegaron pronto a Alejandría y, como si el Nilo las distribuyese al igual que las arterias y venas distribuyen la sangre por nuestro cuerpo, en pocos días todo Egipto sabía que el ejército del faraón no sólo había sido derrotado, sino que ya ni tan siquiera existía.
-[113] (…) Muchos pensaron que estaban mejor en sus propias casas. Si había que morir, mejor hacerlo en el hogar y no despedazado por enemigos enloquecidos en algún camino desolado y desértico. El sol se ponía, pero aún se filtraba algún rayo que se arrastraba por las losas del gran Templo. Curiosamente, el último rayo de sol languideció estirándose por el suelo vacío y frío de aquel lugar sagrado hasta detenerse justo en donde un padre desesperado había dejado la pequeña estatuilla de barro que representaba a su hija Areté. Fue sólo un instante, pero aunque sólo fuera por el breve tiempo de un parpadeo, la estatuilla quedó iluminada y resplandeció a los pies de la gran imagen del dios Eshmún.
-[117] -Toma esto- añadió entonces el famélico carpintero y se quitó un pequeño colgante que llevaba al cuello-.Me lo dio tu madre hace tiempo para que me protegiera. Es una miniatura del dios Eshmún. Le he rogado por ti. Eshmún te protegerá. Llévalo siempre contigo y él velará por ti. Lo hará, sé que lo hará.-Y el carpintero hablaba con la seguridad de quien sabía que ha ofrecido su propia vida al todopoderoso Eshmún a cambio de la vida de su hija Areté; el carpintero hablaba con la seguridad del que sabe que el momento de su inmolación está cercano.
-[118] -¡Esto es un templo, imbécil!- le espetó Artaxias al tiempo que tomaba la antorcha y la arrojaba lejos de los muros del santuario-.¿No tenéis suficiente con tomar su ciudad, matar a miles de fenicios y violar a sus mujeres e hijas? Dejad a sus dioses en paz-añadió, y se alejó cruzando por entre unos soldados algo confusos pero incapaces de rebelarse contra aquel valiente oficial del ejército de Antíoco.
-[123] Epífanes hizo una nueva reverencia y salió de la tienda. Por el tono y la reacción del rey, el consejero estaba seguro de que Antíoco no contemplaba retrasar sus planes pese al contratiempo de los elefantes. El rey seguía ciego en que podría contra todo y contra todos. Pronto vendría la campaña de Asia Menor. De momento se había conseguido eliminar un general estúpido y demasiado ambicioso, un peligro potencial en el campo de batalla, pero eso no era suficiente. Tenía que conseguir mejores generales. Epífanes no dudaba del potencial de aquel inmenso ejército, sino de la capacidad de mando de sus generales. Antípatro, Filipo, Minión eran buenos, razonablemente leales, pero no brillantes, y Seleuco, el hijo del rey, era un estúpido. Había otros oficiales emergentes como un tal Artaxias, del que le habían hablado bien como combatiente, pero su lealtad estaba por probar. Antíoco quería reconstruir el imperio de Alejandro Magno, pero ni era él Alejandro ni había ningún Alejandro entre sus filas.
-[125] (…) Ya le acusaban desde el Senado en tramar un golpe de Estado. ¿Por qué no hacerlo ya? Pero su cabeza permanecía fría. No era el momento, no lo era. Descendían más de dos centenares de soldados, bien pertrechados, y habría más distribuidos por la ciudad y él no sabía si aparte de aquel grupo de ciudadanos había más en rebelión por la ciudad. Si no era así aquello acabaría en un breve y sangriento enfrentamiento en el que, sin duda, el pueblo se llevaría, de largo, la peor parte. Luego nada. Lágrimas y silencio y rabia. Aníbal apretó los labios.
-[129] Graco asintió varias veces de forma muy marcada. -Claro, por supuesto.-A Graco le gustaban los niños, siempre se llevaba bien con ellos, pero en casa de Escipión no sabía bien qué añadir más a una hija pequeña que se comportaba tan decidida a la par que sigilosa, así que se incorporó y permaneció en pie ante ella sin decir nada. -¿Por qué eres malo?-inquirió entonces la pequeña. Tiberio Sempronio Graco volvió a agacharse. [130] -¿Quién dice que soy malo?- preguntó el joven patricio. -Mi padre dice que todos los amigos de Catón son malos.
-[132] (…) Plauto le miraba sin decir nada. Algunos consideraban esa actitud de seguridad gélida de Catón muestra de su vigoroso espíritu. Plauto solo veía ante él una fuerza movida por el fanatismo. Era mejor no estar frente a tan descomunal poder el día en que su furia se desatara, pero Plauto, agudo, sabía que ese momento todavía tardaría: Catón estaba aún preparándose, lo que inquietaba al escritor era no tener claro exactamente para qué se preparaba aquel hombre, o, más exactamente, contra qué, porque Catón era una de esas personas que no se forjan sobre algo, sino contra algo, una fuerza, sin duda mucho más poderosa.
-[134] Catón no respondió inmediatamente, sino que alargó la espera del escritor hasta que tomó una decisión definitiva sobre qué hacer con aquel maldito autor de estúpidas comedias que tanto gustaban al pueblo de Roma, un pueblo que quería congraciarse, por todo los dioses. ¡Maldito pueblo y malditos escritores!
-[137] (…) En una situación normal, a solas, Lelio hubiera repetido la misma acción varias veces, pero rodeados de un gentío cada vez mayor, tenía claro que no iba a dejar que el chico recogiera todo el barro de Roma rodando por el suelo una docena de veces más, así que en lugar de apartarse, levantó su espada e hizo que está chocara contra la de Publio hijo, deteniendo el golpe. El chico dio entonces un paso atrás e intento golpear de nuevo en el mismo sitio con el mismo resultado. Para sorpresa y felicidad de Lelio, el muchacho comenzó entonces a variar sus golpes. Se agachó un poco e intentó barrer con la espada a la altura de las piernas de su oponente. Lelio bajó la suya y paró el golpe cerca de su espinilla. El chico se irguió de nuevo e intentó golpear a la altura del pecho. Intercambiaron así varios golpes.
-[151] (…) Mis dos hermanos murieron en el campo de batalla, como lo hizo mi padre; he perdido un ojo, tengo mil heridas por todo mi cuerpo, me atravesó una lanza en Sagunto, pero todo eso no me importa porque son sufrimientos que padecí con orgullo porque servía a mi patria. Pero ahora tengo que aguantar con paciencia que se me acuse de traidor y eso dicho por labios de personas que no pueden exhibir ni una sola herida de guerra ni un solo rasguño aunque fuera al tropezarse con su propia mentira, miseria y acusaciones falsas.-El Senado estalló en un tropel de gritos que llovían sobre un Aníbal en pie, manos en jarras, desafiante que en lugar de callar gritó aún más que todos ellos juntos-.¡Los gritos nunca me han asustado y los de los cobardes aún menos! ¡El quaestor está en la cárcel y en la cárcel seguirá por mentir a los ciudadanos de Cartago, por malversar las cuentas para ocultar que unos pocos ricos, senadores y miembros del Consejo llevan años sin contribuir al pago de las indemnizaciones de guerra!
-[166] Los asuntos realmente importantes venían ahora y en ellos nunca interfería una mujer. No había nacido en Roma la mujer que de una manera u otra, ni tan siquiera usando todas las poderosas armas de la seducción, pudiera, en modo alguno, interferir en sus planes. La estrategia de Catón era lenta y a largo plazo para socavar el poder de los Escipiones. Todo llegaría, y para satisfacción suya, su gran enemigo, Publio Cornelio Escipión por muy princeps senatus que fuese ahora tras la reciente muerte de Quinto Fulvio, sólo había tenido un hijo y dos hijas. El hijo, según se decía por todas partes, era débil y las hijas no contaban. Ninguno de aquellos vástagos del gran Africanus le producía temor. Si se acababa con el padre se acabaría con su estirpe.
-[176] -Así que sólo sé vender a mi hija-musitó entre dientes Asdrúbal Giscón-.Veremos, maldito Aníbal, si es eso lo único que Giscón sabe hacer.-Y se quedó observando a los centinelas de la entrada y recordó cómo una batalla nocturna fue el principio de su propio declive frente a Escipión; sonrió ante la ironía: un combate nocturno sería el que le devolvería la paz de ánimo.
-[177] Imilce tenía el instinto felino de una ibera hija de guerreros indómitos. Su sueño era siempre ligero y se despertó sobresaltada. Como un lince levantó un poco la cabeza despegando su faz de piel morena de la almohada. Se quedó inmóvil, escrutando con su fino oído los movimientos de la noche. Le pareció extraño tanto silencio. Se volvió [178] hacia su esposo. Aníbal dormía plácidamente. Imilce palpó por debajo de la almohada. La espada de su marido estaba allí, dispuesta, como siempre, por sí era necesario recurrir a ella. Pensó en despertar a su esposo, pero le pareció absurdo molestarle pues sabía que últimamente le costaba conciliar el sueño y le parecía infantil interrumpirle en su descanso por la sola causa de una intuición.
-[180] -Éste es un camino sin retorno- dijo Aníbal a su esposa, mientras ésta estaba ocupada en ceñirle bien el cinturón que sujetaba la espada. La mujer se irguió y, mirando hacia arriba, pues Aníbal le superaba mucho en estatura, le respondió con la seguridad de quien conoce su destino. - Hace mucho tiempo que mi vida es un viaje sin retorno. No temo al futuro, sino al pasado. El pasado me quitó a mis padres, a mi ciudad y a mi reino. La guerra se llevó todo. El futuro no puede hacerme ya más daño.
-[187] -Hasta ahora, cónsul, hemos resistido para honrar un juramento a Roma, pero ese juramento ata a las dos partes. Nosotros hemos de ser leales a Roma y, a su vez, Roma ha de ayudarnos cuando estemos en problemas. Hemos combatido en el pasado varias veces junto a la legiones de Roma y volveremos a hacerlo en el futuro si Roma sabe también honrar su parte del juramento, pero si los romanos nos abandonan a su suerte, mi padre no dudará, si se hace necesario para nuestra supervivencia, en pactar con nuestros enemigos actuales y cambiar las alianzas, eso haremos. Estamos dispuestos a luchar por Roma, pero no estamos dispuestos a morir por Roma, y menos por una Roma que no honra sus juramentos.
-[194] (…) Ahora se daba cuenta de que ya no estaba en juego simplemente el hecho de que Egipto se convirtiera en una nación subyugada o no. No, ahora todo era mucho más peligroso y horrible. Habría muchos que no aceptarían el dominio de Egipto por Siria y , más tarde o más temprano, se rebelarían y habría una nueva guerra, y esa nueva guerra se llevaría por delante a lo último, a lo único que le quedaba, a su pequeño Jepri, que se haría mayor un día y tomaría una espada y se iría a luchar, igual que el resto de los niños del río, contra el ejército de un rey, Antíoco, mucho más fuerte, mejor armado e infinitamente más poderoso de lo que nunca serían los egipcios y así esa nueva guerra la dejaría sola y triste y abandonada y con las entrañas destrozadas de llanto y dolor. Y no se podía hacer nada porque no había nadie a quien recurrir. Su faraón, con su corte entera, con el consejero Agatocles al frente, había claudicado por completo ante Antíoco y así todo Egipto caminaba por la senda que los conducía a la esclavitud. Ella había sido esclava ya en diferentes sitios y con diferentes amos, pero se daba cuenta de que lo peor de todo era ser de esclava de quien ha matado a los tuyos.
-[198] -Si nunca cumples tus promesas, cónsul de Roma, nadie en Iberia pactará contigo, y sólo los que han pactado con los iberos, como el legendario Escipión al que vosotros llamáis Africanus, llegan a mandar sobre nosotros. Los demás cónsules murieron y seguirán muriendo en Iberia.
-[240] (…) Apenas hacía unas semanas que le había correspondido, como nuevo cónsul recién elegido para un segundo mandato, asistir al gran desfile del triunfo que el Senado había concedido a su antecesor en el cargo, al propio Marco Porcio Catón por su supuesta gran campaña en Hispania, cuando Catón no había conseguido más que masacrar a las tribus débiles del noreste y restaurar un intermitente flujo de oro y plata desde las minas del sur. Por lo demás la región seguía en armas, un lugar peligroso para cualquier general y, sobre todo, con una inexpugnable Celtiberia en el interior del país desde la que se alimentaba de forma perenne la rebelión contra Roma. Roma. En segundo lugar, estaba disgustado con Roma por su ceguera al no entender que la política de ocupación brutal de Catón alargaría indefinidamente la pacificación de Hispania; una Roma que no supo nombrarle cónsul el año anterior, a él, a Escipión (…)
-[245] Publio apretaba los dientes y miraba alrededor. El resto del público callaba. No se atrevía a unirse a los senadores que le insultaban y al resto de sus partidarios, pero tampoco reaccionaban contra ellos. Publio Cornelio Escipión, por primera vez desde la batalla de Zama, se sintió traicionado por Roma. La misma Roma a la que había salvado reiteradamente del mayor de sus enemigos le dejaba solo ante el ataque de sus opositores políticos.
-[265] -Veo que no llevas el anillo que te devolví tras Zama- continuó Aníbal cambiando de tema.
- No, sólo llevo uno que me regaló mi esposa, el de Emilio Paulo se lo devolví a la familia de mi mujer, pero me gustó comprobar que eras hombre de palabra- dijo Publio mirándose la mano derecha y admirando el anillo de oro que le regalara Emilia al regreso de África. Miró entonces la mano derecha de Aníbal-.Sí te agradezco el detalle de devolverme el anillo de mi suegro. La familia para mí es lo más importante: la esposa, los hijos, la familia política; creo que sólo un problema con un hijo o una hija puede preocuparme tanto como estar rodeado por un ejército superior en número. Y sonrió levemente, pero rápido volvió hacia el tema de los anillos -. Tú, por tu parte, sigues empeñado en exhibir unos anillos que no te pertenecen.-Y señaló hacia la mano del general cartaginés en donde éste lucía aún los anillos consulares de Marcelo y Cayo Flaminio, caídos en Venusia y Trasimeno.
-[285] -¡Gladiadores, gladiadores, gladiadores! ¡Junto a la estatua de bronce! ¡Rápido, venid!-gritó un muchacho corriendo por entre los primeros puestos del mercado de carne y animales. El olor a sangre de las bestias descarnadas, expuestas sobre los estantes de los mercaderes o colgadas de hierros afilados parecía impregnarlo todo y remarcar las terribles consecuencias que la lucha que se anunciaba tendría para, por lo menos, uno de los contendientes. Parecía que en medio de toda aquella exhibición de carne mutilada de centenares de patos, gallinas, pollos, carneros, terneros y cabritos, la gente necesitaba aún algo más: sangre fresca humana. En Roma no se hacían sacrificios humanos, pensaba con una sonrisa cínica Laertes, no; en Roma sólo se ordenaba que los esclavos o los reos de muerte lucharan entre sí en público para disfrute de todos los ciudadanos.
-[312] -Escribo en secreto porque o se me permite comunicar con ese hombre de otra forma; escribí porque ese hombre que tanto odias, y no digo que sin razón, en un momento concreto ha prestado un servicio a esta familia salvándome la vida quizá, y no hay ni una sola línea de esa carta donde no deje de decir cuánto admiro a mi padre, cuánto le respeto y cuánto pienso siempre seguir admirándole y respetándole incluso si se muestra injusto e intolerante y tan obcecado que es incapaz de distinguir cuando alguien ha hecho algo bueno por nosotros, más allá de que ese alguien sea la misma persona que en el pasado y en el presente y quizá en el futuro siga actuando contra nosotros. Yo solo actuó siguiendo el ejemplo de mi padre, el mismo padre que en el pasado negoció con enemigos de toda clase y condición para conseguir pactos positivos para Roma, incluso si entre esos enemigos estaban hombres que quizá hubieran participado en la muerte de mi abuelo y de mi tío abuelo.
-[323] -Hablas y hablas, tribuno, pero yo estoy cansado de escuchar a Roma. Estoy cansado de recibir a embajadores con promesas que nunca cumplen. Primero fue Aníbal, luego Roma, luego Antíoco. Nadie ha cumplido su parte con Macedonia y todos están en deuda conmigo. Mi reino está acosado por todos y todos me piden luego ayuda. Estoy harto de todos, romano. Y estoy mayor. No tengo ganas de más debates absurdos. Lo único que me sosegaría el ánimo es matar a tantos romanos, cartagineses y sirios como pudiera, y creo que eso es lo que voy a hacer, empezando contigo, romano.
-[350] No podía exhibir una de los míticos doce escudos conocidos como ancilia porque éstos se custodiaban en el Templo de Marte erigido en la colina del Palatino, y sólo se sacaban en la gran procesión anual de marzo. En su lugar tomó su gran escudo de combate y una larga daga. Así, ataviado como un salio, emergió del praetorium y ante la muchedumbre de legionarios de las dos legiones desplazadas a Asia, Publio Cornelio Escipión empezó a danzar sin parar a la vez que murmuraba un cántico guerrero assa voce, sin acompañamiento de ningún instrumento, en honor al gran dios Jano y de los dioses Marte y Quirino.
Cozeui oborieso. Omnia vero ad Patulcium commissei. Ianeus iam es, duonus Cerus es, duonus Ianus. Venies potissimum melios eum recum divim em pa cante, divum deo supllicate.
[Levántate Cosivo. Todo lo he confiado a Patulcio. Ya hagas las veces de Jano, a seas el buen Creador, ya seas el buen Jano. Vendrás especialmente como el mejor de aquellos dioses; cantad con el ímpetu de los dioses, cantad al dios de los dioses.]
-[351] En tiempos inmemoriales, los romanos estaban convencidos de que el mismísimo Júpiter había entregado un gran escudo imposible de quebrar al rey Numa, el segundo rey de Roma tras Rómulo. El antiguo monarca ordenó entonces que su mejor herrero, Mamurius Veturius, forjara otros once escudos a imagen y semejanza del gran escudo divino, que era ovalado pero con dos grandes entradas a la mitad del mismo, somo si le hubieran pegado dos grandes bocados en cada lado. Estos escudos tenían poderes especiales que pasaban a los patricios que eran elegidos para ser sus custodios. Publio Cornelio Escipión era uno de esos doce elegidos, un honor poco común que otorgaba un prestigio enorme, especialmente entre las tropas.
-[366] -Heráclito- repitió Publio -.Heráclito, hermano, no importa-añadió al ver la cara de confusión de Lucio y se explicó con rapidez-,todo cambia, todos cambiamos, Aníbal, hermano, lo vi cambiado, diferente en Éfeso. Aníbal es el más frío, el más gélido enemigo con el que nunca hemos luchado. Sabe que al contrincante hay que debilitarle mediante cualquier medio al alcance. En Italia fue cortando todas nuestras líneas de abastecimiento, sitiando las ciudades amigas hasta que pasaban a su bando o hasta que perecían por el hambre; nos llevó hasta casi la aniquilación de forma lenta y metódica; sin embargo, mantenía la dignidad en lo personal, respetaba los cadáveres de los cónsules abatidos, me devolvió el anillo en Zama, pero ¿y si Aníbal ahora ya no respetara ni eso? Para Aníbal yo soy su enemigo a batir y sabe que si mata a mi hijo me debilitará, pues el dolor, el sufrimiento [367] entorpece, nubla el pensamiento y mis acciones no estarán libres de rencor fatuo, inútil, pero inevitable; he de aconsejarte en cómo acometer la campaña, he de aportar sugerencias en el campo de batalla sobre la disposición de las tropas, pero Aníbal sabe que si mata a mi hijo entorpecerá mi habilidad para tomar las decisiones adecuadas en favor de una ciega búsqueda de venganza por mi parte.
-[371] Tal y como le había explicado un centurión mientras le atendía de un corte durante una sesión de adiestramiento, junto al puerto de la ciudad, cerca de los muelles, junto al puerto de la ciudad, cerca de los muelles, justo donde terminaban los almacenes, se alzaba un viejo edificio donde se podían encontrar las mejores heteras de la ciudad. Atilio había oído muchas veces hablar de las famosas heteras griegas, una mezcla de prostituta y mujer de compañía. Se prostituían, eso era cierto, pero eran refinadas además de hermosas, cultas y un hombre podía hablar con ellas de literatura o filosofía o historia, muchas sabían danzar con auténtica sensualidad y todas sabían hacer lo que a fin de cuentas Atilio tenía en mente. Una velada agasajado por una hetera bien seleccionada era una apuesta segura para deleitarse en los placeres más mundanos y más exquisitos a un tiempo. Era, no obstante, un entretenimiento caro, al alcance de muy pocos. Para los bolsillos peor dotados Abydos proporcionaba las simple porné o prostitutas de calle, pero Atilio sabía que había algún tipo de relación entre ciertos males de locura y aquellas mujeres, o prostitutas similares que había visto en todos los puertos del mundo, así que, aprovechando que disponía de un buen capital fruto de la generosidad con la que los Escipiones premiaban sus servicios, decidió dilapidar parte del mismo en compañía de las mejores heteras de Abydos.
-[383] (…) -: Los romanos, como cualquier otro ejército, se interesan más por matar que por mantener la vida, y eso que Escipión, Africanus, es de los generales que más he visto preocuparse por los heridos, pero ni aun así tengo suficiente gente tras una batalla...Podrías ayudarme...
-[388] (…) Aníbal se agachó entonces para hablar en voz baja, casi al oído de Publio hijo.-Dile a tu padre que le espero pronto en el campo de batalla. Dile que yo no necesito, que no quiero rehenes para saber quién es mejor en el combate. Dile que le espero en el campo de batalla y dile que no falte a la cita. Dile que aún tiene anillos que recuperar.
-[389] -Sí, habría cedido en todo por recuperarlo, claro que, por Baal, Tanit Melqart, luego habría regresado con todas mis tropas para aniquilar a aquellos que habían perpetrado semejante osadía, secuestrar un hijo. - Maharbal sonrió sin decir nada; Aníbal, tras un breve silencio, seguía hablando, como si Maharbal ya no estuviera allí, como si pensara en voz alta, a solas consigo mismo-.Y, sin embargo, Publio Cornelio Escipión no negoció. O no quiere a su hijo o está loco.-Y, final-: Maharbal, un pueblo cuyos generales no retroceden ni siquiera cuando el enemigo ha apresado a un hijo suyo, es, sin duda, un pueblo temible. Temible más allá de lo conocido. -Otro breve silencio-. Antíoco es otro loco. Éste será un duelo interesante.
-[470] Graco emergió nadando río abajo, cubierto de sangre y barro, arrastrándose, medio ahogado y con heridas por piernas, brazos y pecho, pues la coraza estaba partida. Allí, junto a la ribera del río, perdió el conocimiento y quedó boca arriba, respirando, sin pensar en nada, entre muerto y vivo, herido, dejando que la sangre de su cuerpo se vertiera por completo al río Frigio o bien que sus heridas cicatrizaran de forma natural. Al cabo de un tiempo, que Graco mismo no podía calcular, abrió los ojos. Se sentó en el borde del río y jadeó hasta recuperar el aliento. Miró a su alrededor hasta situarse. No sabía ni siquiera en qué lado del río se encontraba ni por cuánto tiempo había estado buceando, medio asfixiado, a ciegas, y luego allí, echado, tumbado como un cocodrilo egipcio al sol. Se palpó las heridas. Numerosos cortes y una herida en el pecho, pero nada parecía necesariamente mortal. Se levantó y escrutó el horizonte. No había sido tanto el espacio recorrido en su huida a nado. A unos mil pasos se veían cadáveres de sus antiguos compañeros. Se encontraba en el lado del río donde había tenido lugar la lucha contra los catafractos primero y luego contra la agema.
-[483] Pero debo ir por partes. La lucha política contra Catón tras la campaña de Asia tuvo varias fases y en algunas vencí. El pueblo siempre estuvo en mi favor, pero Roma es mucho más compleja que saber manejar al pueblo. Catón ha tenido la habilidad de saber manejar con destreza todos los entresijos del gobierno de Roma, todas las instituciones. Comprendió que sólo un ataque combinado desde diversas instituciones a la vez podía derribarme. Como estratega, aún analizo con admiración su táctica política. Como ciudadano de Roma en el exilio, veo con profundo temor su victoria. Como individuo, vivo con tristeza la traición de Roma entera. Referiré ahora los acontecimientos por orden cronológico y no dejaré de comentar los sucesos que me llegaron sobre Aníbal, aunque sobre él volveré en el último libro de estas memorias con más profundidad. Su vida y la forma en que esa vida suya afectó a la mía y a la de toda mi familia, así lo merece. Pero volvamos a los triunfantes días tras la victoria sobre Antíoco.
-[493] Aquellas últimas palabras hirieron de forma especial a Netikerty y a punto estuvo de cambiar de idea y salir de allí sin coger ni una moneda, pero la sensatez primó sobre sus sentimientos y recordó que tenía un pequeño de apenas diez años al que no tenía nada que darle para comer. Ella podía aceptar la idea de morirse de hambre por no coger ni una moneda de aquel dinero de Lelio, pero no podía ver cómo su hijo corría la misma suerte por culpa de su orgullo. Con los hijos el orgullo propio se diluye.
-[593] (…) Río arriba se enviaban patrullas de la nueva policía del Nilo. Éstos eran guerreros egipcios bien pagados por el Estado que controlaban que el escaso comercio que aún latía en las aguas del Nilo no detuviera su pálpito por completo. Netikerty usó el oro que le había dado Casio, el oro que había enviado Lelio desde Roma, para sobornar a varios funcionarios del Estado y conseguir un puesto para Jepri en la policía del Nilo. No sabía ya qué hacer y estaba desesperada, y aquella parecía una buena solución. Netikerty rezaba todas las noches a Horus y a Bes para que protegiera al joven Jepri, un adolescente, pero fuerte y aguerrido. Su madre sentía la sangre de aquel valeroso general romano fluyendo por las venas del muchacho.
-[602] (…) Ellos sólo sabían de guerra y de Roma y estaban todos persuadidos de que Publio Cornelio Escipión había sido, era el mejor general de Roma, el de más honor, el más valiente y más generoso para con sus hombres. Si el hermano del general era humillado o encarcelado y el general les necesitaba, allí estaban ellos. Todos. Hasta quinientos jinetes se sumaron a aquel improvisado ejercito que, al mando de Publio Cornelio, descendía por Etruria camino a Roma.
-[619] (…) Creía que venía a la casa de un hombre justo, de u hombre con el que muchas veces no estoy de acuerdo, pero con el que se podía hablar, pero hoy me he dado cuenta de que he venido tan sólo a la casa de un esclavo de Catón. Cuando llegue a la domus de mis padres, me lavaré y me perfumaré para quitarme el olor a miseria y podredumbre que se respira en este atrio. Y tú, Tiberio Sempronio Graco, límpiate con aceite el cuello, las muñecas y los tobillos, porque las cadenas y la argolla con las que te ha atado Catón, más tarde o más temprano, te harían llagas que te corroerán hasta las mismísimas entrañas.
-[630] Casio se presentó en el atrio para recibir, de nuevo, a aquella mujer que siempre le sorprendía con sus reacciones incomprensibles. Iba a hablar, pero nada más asomarse en el atrio, en medio de una lluvia torrencial que lo inundaba todo, vio la figura de una mujer arrodillada frente al altar de los dioses romanos que Casio había hecho construir en una de las paredes del patio. Allí, empapada por la tormenta que descargaba sobre la ciudad, imperturbable a la lluvia y al viento, totalmente humillada ante aquel pequeño altar de dioses romanos, Casio escuchó la voz de la mujer musitando palabras en demótico que le resultaban incomprensibles, pero que por su cadencia y sus sílabas que se repetían sin fin no tenía duda alguna de que se trataba de una larga y profunda oración. Casio comprendió que esa noche, aquella mujer no quería ni dinero ni enviar ninguna carta a nadie de este mundo.
-[632] (…) No podía sentirse alegre de que Catón triunfara al encarcelar al hermano de alguien que le ayudó en el pasado, pero ¿Qué podía hacer él? ¿Quién era él, un modesto escritor en medio de la tumultuosa confrontación por el poder en Roma entre las poderosas familias senatoriales? Él era una hormiga, un ser insignificante, un torrente de palabras que entretenía a Roma, pero ni tenía soldados, ni legiones, ni apoyos políticos. De hecho, en su proceso de acomodamiento al poder había reducido las críticas veladas en sus obras contra el Senado, reducía los diálogos y aumentaba los cantica. Ya no se atrevía a indisponerse contra los patricios y menos aún contra el emergente Catón. Un día, estaba seguro, Catón prohibiría el teatro, aunque eso lo hiciera impopular entre los romanos. Plauto albergaba la esperanza de estar ya muerto cuando llegara ese triste momento.
-[702] (…) La debilidad nos vuelve más vulnerables de lo que imaginamos y más aún a los que han sido poderosos y fuertes como ningún otro hombre. Sí, estaban todos los que le querían bien y habían sobrevivido a las guerras y a las insidias políticas, todos menos su pequeña Cornelia.
-[728] Nunca fue un hombre muy religioso, pero tampoco tenía miedo de la muerte. Cuando en tu vida lo has perdido todo, cuando estás sin los que amas, cuando en lugar de amigos sólo tienes traidores, no queda mucha ilusión con la que vivir. Paso ascendiendo desde la entrada de la casa. Aníbal afirmó, pero su cuerpo ya no se movía. Era su mente la que asentía. "Ya están ahí, ya están ahí". Pronto podrían ultrajar su cuerpo como lo hicieron con Asdrúbal, pronto podrían trocearlo, troncharlo, desgajar unos miembros de otros, pero ya no tendrían a nadie a quien arrojar sus restos. No quedaban enemigos a los que amedrentar. No. Roma se devoraría a sí misma. Sin enemigos externos sería entre ellos, entre los propios romanos, de donde surgiría su caída, pero él ya no estaría allí para verlo.
-[738] -Me muero, Emilia...espero no haberte decepcionado en todo. Los moribundos buscan palabras amables cuando están ante el final de su camino en este mundo, las buscan incluso entre aquellos a los que han herido. Emilia no era una persona cruel.
-[743] (…) Y, de pronto, con el miedo a lo desconocido les invadió a miles, a decenas de miles de ciudadanos de Roma, una sensación sucia de asco de sí mismos, de vergüenza, de miseria. A ése al que tanto debían, a ese hombre del que tanto dependían, a ese general que tanto los protegió en el pasado, le habían abandonado para que le juzgaran y le expulsaran de Roma sus enemigos en el Senado. Y de la vergüenza saltaron a la pena más profunda que nunca antes habían sentido por la desaparición de alguien que no fuera un familiar propio y entonces, sólo entonces, con la noche ya entrada, con el cielo a punto de reventar de agua llegaron las lágrimas en tropel, un mar de llantos que se escuchaba por cada una de las esquinas de Roma. La gente bajaba entonces por la Vía Nomentana desde el monte Quirinal, por la Vía Tiburtina Vetus desde el Monte Viminal, por la Vía Labicana desde el Esquilino, por la Vía Tusculana y luego la Vía Sacra desde el monte Celio, y por el Vicus Tuscus llegaban decenas de miles de ciudadanos que venían desde el Palatino y el Aventino, confluyendo así desde esas colinas en las faldas de la colina Capitolio, el monte central de Roma, donde emergía el foro de la ciudad. Era un imparable torrente de gente que primero venía sin nada y que, al poco, empezó a encender antorchas, primero unas tímidas arterias de una ciudad, imitando los funerales de los humildes de quien no tiene imagines maiorum que exhibir, cuando los familiares se limitan entonces a pasear el cuerpo de su familiar fallecido arropado sólo por unas pocas antorchas. Sólo que ahora no eran unas pocas decenas de lumbres, sino un mar de miles y miles de lumbres ardiendo en medio de aquella triste noche.
-[745] -¡Son los dioses que lloran!- gritó un legionario en el foro, y su grito se repitió de calle en calle hasta que todos miraron hacia el cielo convencidos de que todos y cada uno de los dioses de Roma lamentaba con congoja sin límites la desaparición del hombre que más les había honrado con sus hazañas desde la fundación de la ciudad.
-[758] (…) Tantas palabras vertidas en tinta negra, declamadas en centenares de representaciones para luego quedar en nada. Lo consideró una lastima, pero no sintió pena de sí mismo. Había disfrutado de una buena segunda vida. Escuchó como un trueno lejano, rotundo, solemne. No lo sabía, pero era el pálpito de su último latido. Luego nada. Como una obra inacabada, como un rollo sin terminar.
-[799] -En la confusión te he olvidado...buen romano- dice entre dientes el bibliotecario al percatarse de su error, ofuscado como había estado en salvar a Aristóteles. La mano del bibliotecario pierde fuerza y se abre y el rollo de Las memorias de Publio Cornelio Escipión rueda por el suelo alejándose del hombre que había intentando salvarlo y, al girar sobre sí mismo, el rollo se aleja en parte desplegando su contenido de palabras, historia y sentimientos. Los ojos del veterano bibliotecario, apresado bajo la viga, incapaz de huir de la muerte, se entregan a la única actividad de la que su cuerpo era ya capaz: leer. Las llamas acercan la muerte tanto para el lector como para el texto que está siendo leído, pero eso sí, irónicamente, proporciona luz más que suficiente para develar cada palabra, cada frase, hasta desplegar por completo el último párrafo de las memorias de aquel antiguo romano.


Comentarios
Publicar un comentario