La esposa del tigre - Téa Obreht
La esposa del Tigre
| Téa Obreht
Sinopsis
Sobre el telón de fondo de un pequeño pueblo costero de los Balcanes, Natalia, una joven médico, llega a un orfanato en misión humanitaria. Acompañada por su amiga y colega Zóra, pronto descubren que el lugar está profundamente atado a viejas leyendas y supersticiones. pero Natalia está preocupada por su familia; su querido abuelo ha muerto en circunstancias extrañas. A medida que trata de aclarar su fallecimiento, Natalia rememora algunos de los misterios que le rodearon en vida: los encuentros de su abuelo con el hombre inmortal, una especie de ser errante que aseguraba ser sobrino de la muerte y que se dedica a recoger almas perdidas, o la relación con el tigre que llegó a su pueblo procedente del zoo de un sultán. Pero la historia más sorprendente es la que su abuelo nunca le contó y que Natalia descubrirá por sí misma.
Crítica
En La esposa del tigre, Téa Obreht orquesta un réquiem sobre la memoria en unos Balcanes suspendidos entre el fango de la guerra y el éter de la leyenda. La obra se sostiene sobre el vínculo entre Natalia, una médica que busca respuestas en la anatomía, y su abuelo, un hombre que, bajo su prestigio científico, custodiaba un mapa de mitos antiguos.
Esta educación sentimental ocurre en los márgenes de lo imposible. Natalia nos narra su madurez a través de epifanías que desafían la lógica del conflicto. Uno de los momentos más poderosos es aquel recuerdo místico en la ciudad sitiada: de la mano de su abuelo, Natalia ve a un elefante caminar entre las ruinas. Es la maravilla persistiendo frente a la barbarie. Esa misma resistencia los llevó a ambos a defender el zoológico bajo las bombas, un acto de fe que nos recuerda que la dignidad reside en proteger lo que no tiene bando.
Este hilo conecta directamente con la infancia del abuelo en el pueblo de Galina, bajo la mirada de madre Vera. Allí aparece la figura de Darisa el Oso, un cazador legendario cuya historia está teñida de una crueldad casi sagrada. El oso, al igual que el tigre que escapó de la ciudad para refugiarse en las montañas, representa lo indómito que el pueblo intenta someter.
A través de la trágica "esposa del tigre" y la figura de Darisa, el abuelo niño entendió que el miedo convierte a los hombres en seres más peligrosos que cualquier animal. Esta lección de compasión explica su fascinación por Gavran Gailé, el hombre inmortal, la personificación del ritual de la muerte balcánico con quien el abuelo conversa para entender la finitud.
La narrativa alcanza su clímax en el presente de Natalia, en una plantación de vides cerca de un orfanato. Allí, una familia de gitanos cava la tierra buscando un objeto ritual para liberar el alma de un pariente. Natalia termina cargando con las cenizas de ese muerto desconocido, convirtiéndose en el vehículo de un rito que la reclama.
En ese escenario de huérfanos aparece el perro Bis. No es solo un recuerdo; en el pueblo del orfanato, Bis es una presencia que ayuda a los niños a sobrepasar el trauma. Es el guardián silencioso que permite que el dolor sea transitable.
El viaje de Natalia culmina en el pueblo donde su abuelo fue a atender a niños heridos por un campo minado. Allí, ella finalmente encuentra el cierre de la vida de su mentor. Al encontrarse con el hombre inmortal en ese escenario de tragedia real, Natalia comprende que su abuelo murió cumpliendo su último rito: ser el confidente de la muerte en una tierra que nunca deja de sangrar.
Al entregar las cenizas, Natalia deja de ser solo una doctora para convertirse en la guardiana del fuego. Entiende, finalmente, que aunque la medicina explique cómo se detiene el corazón, solo el mito del tigre, el oso y el elefante puede explicar por qué el alma sigue necesitando que lata.
Frases
-[11] En mi recuerdo más antiguo, mi abuelo está calvo como una bola de billar y me lleva a ver los tigres. Se pone su sombrero y su larga gabardina de botones grandes, y yo llevo mismo zapatos de charol y mi vestido de terciopelo. Es otoño, y tengo cuatro años. La certeza del proceso: la mano de mi abuelo, el alegre siseo del tranvía, la humedad de la mañana, el concurrido paseo cuesta arriba hasta el parque de la ciudadela. Siempre en el bolsillo de la pechera de mi abuelo, El libro de la selva, con su cubierta de pan de oro y sus viejas páginas amarillentas. Yo no tengo permiso para cogerlo, pero permanecerá abierto sobre su rodilla toda la tarde mientras recita pasajes del relato. Aunque mi abuelo no lleva estetoscopio ni bata blanca, la mujer de la taquilla lo llama "doctor".
-[15] Los cuarenta días del alma empiezan la mañana siguiente a la muerte. Esa primera noche, antes de que comiencen los cuarenta días, el alma todavía yace contra almohadas sudadas y observa cómo el vivo cruza las manos y cierra los ojos, inunda la habitación de humo y silencio para mantener al alma alejada nueva de las puertas, las ventanas y las grietas del suelo y evitar que escape fluyendo de la casa como un río. Los vivos saben que, al amanecer, el alma los abandonará y se dirigirá a los lugares del pasado -los colegios y la residencias estudiantiles de la juventud, los cuarteles militares y las viviendas, las casas derribadas y reconstruidas, lugares que evocan amor y culpabilidad, dificultades y felicidad desenfrenada, optimismo y éxtasis, recuerdos de dicha carentes de valor para cualquier otra persona-, y a veces ese viaje es tan largo y dura tanto que el alma se olvida de volver. Por esa razón, los vivos interrumpen sus rituales cotidianos: para recibir al espíritu retiran las pertenencias del alma durante cuarenta días, con la esperanza de que el sentimiento y la añoranza la traigan de vuelta a casa y la animen a volver con un mensaje, con una señal o con el perdón.
-[20] Cuando Zóra volvió, no le dije nada de lo de mi abuelo. No había sido un buen año para ninguna de las dos. Yo había cometido el error de sumarme a la huelga de enfermeras en [21] enero, y después de ver recompensados mis esfuerzos con una suspensión indefinida de la clínica de Vojdodja, había estado confinada en casa durante meses; una bendición, en cierto modo, pues me permitió estar cerca de mi abuelo cuando recibió el diagnóstico. Al principio él se alegró, pero no dejaba pasar la oportunidad de llamarme zopenca inocentona por haber sido suspendida. Y luego, a medida que avanzaba su enfermedad, empezó a pasar cada vez menos tiempo en casa y me propuso que yo hiciera lo mismo; no quería verme merodeando con aspecto sombrío y dándole sustos de muerte al despertarse en plena noche sin las gafas y encontrarme rondando su cama. Mi comportamiento, decía, estaba alertando a mi abuela acerca de su enfermedad, nuestros silencios y conversaciones la estaban haciendo sospechar, y también el hecho de que mi abuelo y yo estuviéramos más ocupados que nunca desde que él se había jubilado y a mí me hubieran suspendido.
-[33] (…) Me acordé de cuando mi abuelo había vuelto del mercado con hojas de diente de león que un granjero había hecho pasar por espinacas. Mi abuela habían untado con mantequilla la finísima pasta para la zaljanica, había sacado de la bolsa de la compra el amasijo de hojas ásperas que él había llevado a casa y había gritado: "¿Qué demonios es esto?".
-[43] A los chicos de mi generación todavía nos faltaban unos cuantos años para enfrentarnos a la inflación que nos obligaría a ir a la panadería con el dinero de nuestros padres amontonados en carretillas, o a intercambiar camisas en los pasillos del colegio. Aquellos primeros dieciséis meses de guerra fueron prácticamente irreales, y eso los hizo increíbles, irresistibles, pues algo terrible estaba pasando en otra parte, y al mismo tiempo nos permitía a nosotros actuar de forma anárquica. No importaba que, a quinientos kilómetros de distancia, las niñas metidas en refugios antiaéreos tuvieran el período a los siete años. En la ciudad no nos veíamos afectados por la guerra; teníamos derecho a nuestra afectación. Cuando tus padres decían "Lárgate al colegio", era correcto decir "Estamos en guerra" y bajarte a la orilla del río.
-[47] M. Dobrovka también influyó en nuestra relación con el contrabando, una obsesión que ya estaba empezando a apoderarse de toda la ciudad. Para ella, se trataba de instrumental escolar. Para nosotros, el principio rector era el mismo, pero el interés material era muy distinto. De repente, como no podíamos tenerlas, como eran caras y difíciles de conseguir, queríamos cosas que nunca nos habíamos planteado desear, cosas que nos darían derecho a alardear: bolsos de marca falsos, joyas chinas, cigarrillos americanos, perfume italiano. Zóra empezó usando el pintalabios de su madre, y luego comenzó a buscar formas de comprarlo ella misma. Seis mese después del inicio de la guerra, le cogió gusto a los cigarrillos franceses y se negaba a fumar otra cosa.
-[62] -Estamos en guerra- declaró-.La historia de esta guerra, fechas, nombres, quién la empezó, por qué, pertenecen a todos. No solo a las personas implicadas, sino también a la gente que escribe en los periódicos, a políticos que viven a miles de kilómetros, a personas que nunca han estado aquí ni habían oído hablar de este sitio antes. Pero algo como esto...esto es tuyo. Solo te pertenece a ti. Y a mi. Solo a nosotros.
-[101] Detrás de sus verjas, se abren los huecos de puertas y ventanas vacías, y gatos de patas finas se estiran en carrerilla con tierra amontonada. Aquí y allá se ven señales de un país que se remienda a sí mismo: carteles de tiendas de pintura, folletos verdes de ferreterías clavados a los árboles, letreros de negocios de cocinas y cuartos de baño, pancartas de talleres de carpintería, almacenes de muebles, locales de electricistas. El precipicio a medio abrir de una cantera donde los bulldozers amarillos y vacíos esperan a que inicien las obras; un enorme cartel que anuncia el mejor asador del mundo con una fotografía de un cordero a medio rustir dando vueltas en un espetón.
-[103] La madre mi abuelo murió en el parto, y el padre murió antes de que el niño pudiera formarse algún recuerdo de él. Mi abuelo vivió con su abuela, la comadrona del pueblo, una mujer que ya había criado seis hijos, la mitad de los cuales eran hijos de amigos y vecinos del lugar. Todo el pueblo la llamaba cariñosamente Madre Vera. Solo ha sobrevivido una foto de ella. La Madre Vera de la imagen es una mujer austera de mediana edad plantada delante de lo que parece la esquina de una casa de piedra, detrás de la cual hay un huerto arbolado que baja en pendiente. Sus manos, cruzadas por delante, son las manos de una trabajadora; su expresión parece indicar que el fotógrafo le debe dinero.
-[108] Para mi abuelo, el diablo era muchas cosas. El diablo era Leši, el duende, al que te encontrabas en los prados y que te pedía monedas; si se las negabas, le daba la vuelta al bosque y lo ponía boca abajo, y te perdías para siempre. El diablo era Crnobog, el dios con cuernos, capaz de invocar las tinieblas. Si te portabas mal, tus mayores te mandaban al diablo; tú también podías hacerlo con otras personas, pero solo si eras mucho, mucho más mayor. El diablo era Noche, el segundo hijo de Baba Roga, que vagaba por los bosques a lomo de un caballo negro. A veces el diablo era Muerte, que iba a pie y te esperaba [109] en las encrucijadas, o detrás de algunas puertas que te habían advertido repetidamente que no abrieras.
-[154] -Cuándo los hombres mueren, mueren con miedo- dijo-.Toman todo lo que necesitan de ti, y como médico tu trabajo consiste en ofrecérselo, en consolarlos, en cogerles la mano. Pero los niños mueren como han vivido: con esperanza. No saben lo que pasa, así que no esperan nada, no te piden que les cojas la mano...pero tú acabas necesitando que ellos cojan la tuya. Con los niños estás solo. ¿Lo entiendes?
-[161] En la vida de mi abuelo, los rituales que tuvieron lugar después de la guerra fueron rituales de renegociación. Durante toda su vida, él había formado parte del todo; no solo había formado parte, sino que había conformado ese todo. Había nacido aquí y había sido educado allí. Su nombre remitía a un sitio, y su acento a otro. Nada de eso importaba antes de la guerra, pero a medida que pasaba el tiempo y la Academia Militar no lo invitaba oficialmente a ejercer la medicina, quedó claro que le sería imposible recuperar la normalidad profesional y tendría que atender a sus pacientes a escondidas hasta el día que decidiera jubilarse. Esa certeza se vio acompañada de un abrumador deseo de volver a visitar lugares perdidos, de restablecer rituales interrumpidos. El zoo era uno de ellos.
-[183] -En los cruces de caminos es donde se encuentran los senderos de la vida, donde la vida cambia. En su caso, allí es donde la vida se transforma en muerte. Allí es donde mi tío los recibe cuando han pasado los cuarenta días.
-[185] -Usted y yo no nos estamos entendiendo- contesta. Ya me ha dicho eso antes, y siempre se muestra muy paciente cuando lo hace-.A los muertos se les honra. A los muertos se les quiere. Ellos ofrecen algo a los vivos. Una vez que ha enterrado algo en la tierra, doctor, siempre sabe dónde encontrarlo.
-[214] (…) El tigre veía a la chica como lo había visto a él: sin juicios, sin miedo, sin necesidad, y de algún modo los dos se entendían sin intercambiar ningún sonido. Mi abuelo, sin apenas ser consciente, había comprendido todo eso aquella noche en el ahumadero, y ahora deseaba ardientemente formar parte de ello. Al nivel más simple posible, su anhelo se centraba solo en el tigre. Era un niño de un pueblecito aislado por un invierno terrible, y deseaba con todas sus fuerzas ver al tigre. Pero había algo más. Sentado ante la chimenea de la casa de Madre Vera, mi abuelo dibujaba la forma del tigre en la ceniza y pensaba en conceptos como el ver y el saber: en cómo todo el mundo sabía, sin haberlo visto, [215] que Luka estaba muerto, que el tigre era un demonio y que la chica llevaba en la barriga al bebé del tigre. Se preguntaba por qué nadie se había planteado saber otra cosas; saber, como él sabía, que el tigre no quería hacer daño, y que lo que pasó en aquella casa no había tenido nada que ver con Luka, ni con el pueblo, ni con el bebé: el anochecer, horas de silencio, y luego, callado como un río, el tigre bajando de las montañas, arrastrando aquel olor amargo y fuerte, con la nieve salpicando sus orejas y su lomo. Y luego, durante horas junto a la chimenea, alivio y calor: la chica apoyada contra su costado, peinando y quitando los cardillos y la savia de los árboles del pelaje del tigre, mientras el gran felino permanecía tumbado, lomudo y rugiente, quitándose el frío de las zarpas con su lengua roja.
-[233] A diferencia de la mayoría de los cazadores, Dariša el Oso no vivía por y para el instante de la muerte, sino para lo que venía después. Se dedicaba a aquello por lo que era conocido para ganarse la vida con aquello con lo que más disfrutaba: la preparación de pieles. Para Dariša, lo importante era el desuello, el raspado, el olor de los aceites curativos, la capacidad de enmarcar el recuerdo de la caza recreando la naturaleza salvaje en su propia casa. Esa es la verdad sobre Dariša: en el fondo, era un taxidermista.
-[251] No temía al cazador porque no sabía en qué sentido ni por qué debía temerlo. Solo sabía que el olor que llevaba impregnado aquel hombre era distinto-un olor confuso, a tierra e intensa descomposición, a territorios que la muerte había hollado y enfangado repetidamente-, y descubrió que no le atraía.
-[273] (…) Cuando tu lucha tiene un objetivo - libertarte de algo, interceder en nombre de un inocente-,tiene una esperanza de finalidad. Cuando la lucha es para dirimir algo-cuando luchas en tu propio nombre, por los lugares a los que está arraigada tu sangre, por la vinculación de tu nombre a algún hito o acontecimiento-, no hay nada más que odio, y la larga y lenta progresión de la gente que se alimenta de él y es alimentada, meticulosamente, por quienes les preceden. Entonces la lucha no tiene fin, y se produce en forma de oleadas, pero siempre conserva su capacidad para sorprender a los que albergan esperanzas de que acabe.
-[299] Sirviendo de ojos para Orlo el Ciego, el boticario aprendió a interpretar mentiras inocentes, a distinguir miradas furtivas entre amantes secretos que precipitaban bodas futuras futuras, a utilizar viejos odios familiares desenterrados en conversaciones junto al fuego que le permitían prever conflictos, peleas, a veces incluso asesinatos. También aprendió que, al verse confundidas por los extremos de la vida-ya fueron buenos o malos-, las personas acudían primero a la superstición para buscar sentido, para hilvanar acontecimientos desconectados con el fin de entender lo que pasaba. Aprendió que, por muy grave que fuera el secreto, por muy imperativo que fuera el silencio absoluto, siempre había alguien que sentía el deseo de confesar, y un secreto desvelado era una fuerza terrible.
-[324] Sin embargo, existe, y siempre ha existido, un lugar en Galina donde los árboles son escasos, un espacio amplio donde los árboles jóvenes se retuercen para dejar paso a la luz que cae débil y moteada sobre la nieve. Allí hay una cueva, una gran losa de piedra plana donde siempre da el sol. El tigre de mi abuelo vive allí, en un claro donde siempre es invierno. Él es el cazador de ciervos y venados, el que lucha contra los osos, el que causa gran perplejidad en el lince, un rendido admirador de los colores de los pájaros. Ha olvidado la ciudadela, las noches de fuego, su largo y penoso viaje hasta las montañas. Todo ha muerto en su recuerdo, salvo la esposa del tigre, a la que aún sigue llamando algunas noches, emitiendo aquella nota tensa que va bajando y bajando. El sonido es solitario, grave, y ya nadie lo oye.


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