En la noche no hay caminos - Juan José Mira
En la noche no hay caminos | Juan José Mira
Sinopsis
Los personajes de En la noche no hay caminos se nos hacen vivos, reales a fuerza de quererlos así y no de otro modo. Juan José Mira «no ha visto» a sus figuras en la vida real, actuando después de fotógrafo más o menos hábil; ha hecho bastante más: las «ha creado», y con ellas, un mundo novelístico en donde sus existencias se concatenan con rara habilidad para hacer del libro un ámbito apasionante en donde vida y naturaleza cobran honda significación humana.
Andrés Lozano, el protagonista de En la noche no hay caminos, vive en un mundo normal, equilibrado. Especiales circunstancias de su vida le impelen a lo que considera su máximo deber: sacrificarse por su familia. Pero estalla nuestra guerra y en el Madrid rojo y revuelto, sus allegados no saben mantenerse a la altura que exigen las circunstancias y caen vergonzosamente. Ante la súbita revelación, el mundo de Andrés Lozano se derrumba y, acuciado por oscura ansia vindicativa, abandona a los suyos. Pasan los años. Andrés vive en Barcelona convertido en uno de esos equívocos personajes que pueblan el mundillo de la nueva picaresca surgida en la posguerra. Vuelve a encontrarse con los suyos, fantasmas de un pasado ya muerto, cree él. Pero al final, un final lógico e imprevisto, hondamente patético, la vida dicta su expiación. Sí, tenía razón su amigo Castro, el entrañable camarada que murió en la guerra, cuando le dijo: «Cállate de una vez. Tienes alma de tenedor de libros. Pero en la vida no hay Debe ni Haber, porque lo debes todo».
Crítica
La verdadera tragedia de En la noche no hay caminos no reside únicamente en su trama de sombras y asfalto, sino en el eco fantasmal de su autor. Detrás del seudónimo de Juan José Mira se escondía un militante del Partido Comunista, un hombre que no solo combatió en el bando republicano, sino que conoció la disciplina y la posterior desilusión de las filas del PCE antes de dar con sus huesos en las cárceles del franquismo. Que este hombre lograra alzarse con el primer Premio Planeta en 1952 es la ironía suprema de una España que intentaba borrar a sangre y fuego todo rastro de "la hidra roja", mientras premiaba, quizás sin advertirlo del todo, la disección más lúcida, amarga y despiadada de la derrota. Esta obra es un caballo de Troya literario donde Mira no escribe desde el rencor panfletario, sino desde la herida abierta de quien vio sus ideales elevados a la estratosfera teórica solo para presenciar cómo se estrellaban contra el fango de la desorganización, las rencillas grupales y la ceguera de sus propios mandos.
La novela se estructura como un descenso a los infiernos en dos actos que documentan la amputación del alma de toda una generación. En el primer libro, asistimos al desmantelamiento de la inocencia de Andrés. Forzado a asumir el rol de hombre de la casa tras la muerte de su padre, su juventud se define por el contraste con Libertad, esa joven de ideales encendidos que le abre los ojos mientras Madrid se desangra ante el avance falangista. Sin embargo, bajo la pluma de Mira, el despertar no conduce al heroísmo, sino al abismo existencial. Andrés se convierte en un personaje que, bajo el prisma actual, resulta detestable: un hombre vaciado de ética, que se pierde en el miedo, el hastío y una fatiga que lo reduce a un peón que sobrevive por inercia, cerrando los ojos ante el horror que lo rodea. Es el retrato del individuo anulado por la historia, un ser que se deja arrastrar por la corriente del desastre hasta volverse un extraño para sí mismo.
El segundo libro nos traslada a una Barcelona sombría y decadente, donde encontramos a un Andrés ya libertino e irredento. Aquí, el joven que otrora pudo tener ideales se ha transformado en lo que antes criticaba: un vividor que navega la posguerra a través de trapicheos y malas mañas. En este ecosistema podrido, donde hombres y mujeres de gran abolengo arrastran estelas de rumores oscuros y se venden al mejor postor, la moral de Andrés colapsa definitivamente con el asesinato de Isabel "Nena" Clavel. Su encarcelamiento es el punto de no retorno de una espiral de degradación que también alcanza a su familia. Su hermana Elena, que en principio compartía una complicidad fraternal con él, termina desdibujándose bajo el peso de una época que no ofrece salidas dignas, sucumbiendo al papel de "vividora" que la necesidad y la hipocresía social le impusieron.
Frente a esta oscuridad, emerge Libertad como la única contraparte potente y redentora. Mientras Andrés se hunde en la bajeza y la iracundia, Libertad toma la decisión más radical y moderna de la obra: decide enterrarlo en vida. Al negarle la patria potestad del hijo que tienen en común, ella rompe el ciclo de amargura y decide seguir adelante por su cuenta. Es ella quien realmente encarna el nombre que lleva, ejerciendo una soberanía personal que Andrés fue incapaz de sostener.
No obstante, es necesario reconocer que En la noche no hay caminos es una obra que, a diferencia de otros clásicos, sufre para mantenerse indemne al paso del tiempo. Para un lector contemporáneo representa un desafío monumental, no por su técnica, sino por su carga moral. En una sociedad que ha transitado hacia la equidad y el lenguaje inclusivo, la novela se siente como un artefacto de una era brutalmente ajena. Si se analiza desde una rama feminista, la obra revela una violencia sistemática intolerable; la misoginia de Andrés, que golpea a su hermana por sus amantes mientras él mismo se pierde en el libertinaje, muestra una violencia física y psicológica que impregna el texto. Leer a Juan José Mira hoy es, por tanto, un ejercicio de arqueología dolorosa. Es entender que en esa noche no había caminos, sino cicatrices que se negaban a cerrar en una nación que, para sobrevivir al silencio de los vencedores, terminó por apagar la luz de su propia humanidad.


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