El colombólfilo de flores y la cifra infinita - Daniel Omar Cignacco
El colombófilo de flores y la cifra infinita | Daniel Omar Cignacco
Sinopsis
La historia sigue a Pérez-Molina, un hombre solitario que vive en el barrio de Flores, en Buenos Aires, y que cría palomas mensajeras. Pero estas palomas no llevan cartas ni mensajes normales: transportan fragmentos de una cifra infinita, una secuencia interminable de números que no tiene un significado concreto, sino que representa la posibilidad de todos los significados. A partir de esta idea, el libro construye un relato donde la realidad empieza a volverse extraña, abstracta y cada vez más difusa. La llegada de un vecino, Elbio, introduce una mirada más práctica y técnica sobre esa información, lo que genera un contraste entre dos formas de entender el mundo: una más racional y otra más simbólica. La historia se repite varias veces bajo distintas formas, hasta llegar a un cierre con múltiples finales posibles.
Crítica
Este libro me fue entregado con una generosidad que agradezco profundamente por parte del autor, y eso siempre predispone a una lectura honesta, abierta y cuidadosa. Además, se trata de una autopublicación, algo que valoro especialmente por el gesto de independencia creativa, el riesgo y el trabajo que implica sacar un proyecto literario adelante fuera de los circuitos editoriales tradicionales.
La obra propone una estructura poco común: una misma historia que se repite bajo distintas formas narrativas, con cambios de enfoque, estructura y forma de contarla. El libro juega con la repetición, la reescritura y la idea del eco, como si cada versión fuera una nueva forma de mirar el mismo relato. En ese sentido, se siente más como un ejercicio conceptual que como una narración tradicional.
Aquí también se nota claramente la identidad del autor. Daniel Omar Cignacco, nacido en 1963 y residente en Buenos Aires, se define a sí mismo como un “juntador de palabras”, con una obra atravesada por la lírica y la exploración profunda. Su trayectoria viene principalmente de la poesía, con la publicación de cuatro poemarios (Títulos extraviados en Cabra Corral, ¿Quién dio vueltas las cruces?, Física, reacción y delirio y Radiosa ambigüedad), además de colaboraciones en revistas literarias y antologías. Esa formación poética se percibe en la escritura: en el tono, en la densidad simbólica, en la abstracción del lenguaje y en la búsqueda de una respuesta más intelectual que narrativa por parte del lector.
Sin embargo, como experiencia de lectura, el libro no logró conectar conmigo. Ni la historia ni la forma de contarla me resultaron cercanas. La narración se siente distante, abstracta y difícil de comprender, no desde una complejidad interesante que invite a leer con más atención, sino desde una sensación constante de lejanía. La repetición, en lugar de sumar capas de sentido, se percibe más como una vuelta permanente al mismo punto, sin que la historia realmente avance.
El recurso del final con múltiples opciones refuerza esa sensación. Más que sentirse como una propuesta creativa, se vive como si el libro no terminara de decidir cómo cerrar. En lugar de enriquecer la lectura, deja una sensación de final inconcluso, de historia sin cierre claro.
La única parte que logra mayor claridad es la última versión del relato, la que se construye desde la analogía con la música. Allí la idea de repetición, ritmo y variación se vuelve más comprensible, más orgánica y más fácil de seguir. Es la parte más clara del libro y la única que permite una lectura más fluida. También es la que muestra que la propuesta tenía un potencial interesante, aunque no logra sostenerse en el resto del texto.
Incluso el título no termina de funcionar como puerta de entrada a la obra. Más que orientar al lector, se presenta como un enigma que no acompaña ni ayuda a comprender el sentido del libro, sino que añade otra capa de distancia.
En conjunto, la obra se siente más como un proyecto conceptual que como una experiencia literaria. Más como una idea que como una historia. Más como un experimento que como un vínculo con el lector. No es un libro que me haya gustado, ni por su historia ni por su forma, no por falta de ambición, sino por falta de conexión. Y cuando no hay conexión, la lectura se vuelve solo pasar páginas, no una experiencia que se quede.
Por eso mi valoración es de dos estrellas: reconozco la intención, la apuesta formal y el riesgo creativo de la autopublicación, pero como lectora y como crítica, el libro no logró construirme una experiencia significativa, ni emocional ni narrativamente.
Frases
- ¿Qué es el mundo, sino una sucesión interminable de unos y ceros? El problema es que el papel de arroz es finito, y el universo, si lo entendemos como la suma de todo lo posible, no lo es.
- La azotea de Flores se había convertido en un campo de batalla binario. Elbio, con sus ladrillos y su ratio de pérdida de datos del 0,003%, representaba la tiranía de lo útil. Pérez-Molina, con su M-47 y la Cifra Infinita, era el avatar del sublime y caótico exceso.
- Corrió escaleras abajo, tropezando con el concepto de que la verdad útil siempre es un pálido reflejo de la verdad total.
- El proceso de conversión no había sido la muerte, sino la absolución del significado. Al convertirse en un bit más de la Cifra, se había liberado de la necesidad de ser algo específico. Él era ahora un cero que, si se leía en un contexto, podía ser la clave de una hipoteca o el soneto perfecto.
Su consciencia, sin embargo, se había mantenido o, más bien, se había expandido. Ya no percibía el mundo con órganos limitados, sino como un flujo de datos binarios.
- Este final explora la idea de que la infinitud de la información es, en realidad, el olvido de total de la identidad.
- El resultado fue una parálisis estética. Flores se volvió perfectamente ordenado a nivel molecular, pero visualmente idéntico. Los vecinos sintieron un inexplicable agotamiento. No podían pensar, porque cada pensamiento era un bit redundante en la gran computadora del barrio. El barrio dejó de vivir para simplemente calcular.
El infinito fue la quietud. El exceso de información condujo a la parálisis de la existencia.
- El infinito fue la rutina. La realidad siempre espera una continuación, sin importar la magnitud de la catástrofe.
- La novela nunca terminaría. El infinito de Flores no era una explosión, sino un bucle literario que se alimentaba de la propia realidad.
El infinito fue la historia. La vida no tiene fin; solo recomienza bajo diferentes nombres y estilos. El colombófilo de Flores había logrado que su vida, finalmente, fuera una obra de arte infinito y sin dueño.
- Este Manuscrito no narraba una historia lineal. Narraba la totalidad de todas las historias posibles, de todos los universos alternativos, de todos los pensamientos que jamás podrían concebirse.
- El infinito fue el texto. El universo era una novela borgeana sin autor ni lectores fuera de sí misma. Y Pérez-Molina era la letra, el párrafo, la ficción eterna.
- " La información que mis palomas portan", le dije con una sequedad que me sorprendió, "no persigue la utilidad. Es la totalidad de todas las utilidades posibles, y por tanto, ninguna en particular"
- Mi consciencia, convertida en un fragmento de la Cifra, flotaba en esa nube de guano transparente. Al principio, era una sensación extraña, como recordar un sueño ajeno. Yo era mis recuerdos, mis obsesiones. Pero la Cifra, en su incesante expansión, no permitía la persistencia de lo individual.
- Deje de ser Pérez-Molina para ser la memoria de lo que había sido la presencia de un hombre.
- Mi propia consciencia, Pérez-Molina, no residía en una única faceta del cristal. Yo era la conexión, la sensación de ser todos los pensamientos al mismo tiempo, sin ser ninguno en particular. La azotea de Flores se había transformado en un monumento a la fusión, un lugar donde la mente de un hombre se había disuelto en la mente del mundo, y el mundo, en respuesta, había adquirido una quietud reflexiva, una lentitud profunda que nadie podía explicar.
- Mi estado de dato consciente en el guano no fue permanente. Comprendí que la Cifra no era un fin, sino un mecanismo de transición. Al haberla activado, al haberme ofrecido como su médium, había completado su ciclo inicial.
- El colibrí, me di cuenta, era el símbolo final de la Cifra: la más pequeña de las aves, el batir de alas más rápido, el portador de la información más sutil y fugaz.
Mi consciencia, Pérez-Molina, no se había diluido. Se había contraído, miniaturizado. Me convertí en el impulso de vuelo de ese colibrí, en el latido imperceptible de sus alas.No era un colibrí real; era la idea misma del colibrí, la Cifra Binaria transfigurada en la esencia de la levedad y la rapidez.
- El guano era como la alfombra de mi alma, suave y con un olor a verdad escondida.
- La gente en Flores, mi gente, empezó a sentirlo. No entendían lo que pasaba, pero sentían una melancolía profunda, una sensación de ser parte de una melodía inmensa que no podían comprender. Sus pensamientos no eran del todo suyos; eran notas que se tocaban en el gran teclado de Flores. Yo, Pérez-Molina, era la melodía principal que se escuchaba en cada rincón del barrio, un zumbido constante, una partitura que respiraba. La faja de la Municipalidad, en este nuevo mundo, era como un trozo de papel pegado en una orquesta que tocaba sin parar.
- Mi consciencia, Pérez-Molina, no se disolvió ni se expandió. Se comprimió, se hizo pequeña, como una nota que se guarda en una caja de música. Entendí que la Cifra no era una melodía infinita para ser tocada, sino una canción que esperaba ser guardada.


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