Camposanto - Marcela Villegas
Camposanto | Marcela Villegas
Sinopsis
Esta novela nos duele sin recurrir a falsos patetismos ni sensacionalismos. El relato de la degeneración mental de la madre de la protagonista, Amalia, va aparejado con el del paisaje horroroso de las fosas comunes que ella va descubriendo a lo largo y ancho del país en ejercicio de su trabajo como antropóloga forense. Dos descomposiciones aparentemente remotas, pero en realidad cercanas. Su autora nos narra, sin estridencias, las reflexiones que un ser humano se hace ante la inminencia del olvido: el uno obligado por la naturaleza quizá injusta pero implacable de la muerte cerebral; el otro, un olvido progresivo y silencioso de los miles de muertos que habitan extraviados, víctimas de la guerra interna más reciente de nuestro país.
Crítica
Iniciar una reflexión sobre Camposanto, de Marcela Villegas, implica necesariamente rendir un homenaje póstumo. La autora nos legó una obra preciosa que funciona como un recordatorio punzante de la fibra más sensible de la condición humana: el sentimiento de pérdida. No estamos ante una simple historia sobre el fin de la vida, sino ante una crónica de esa sucesión de pequeñas tragedias cotidianas que nos atraviesan al crecer; es la pérdida de la inocencia y el desvanecimiento de aquel velo protector bajo el cual las figuras de "papá" y "mamá" dejan de ser el eje esencial de nuestra existencia para reducirse a un mero nombre. Es el retrato de una cercanía arrastrada por un río solitario cuando el olvido se impone y la incapacidad de sentir se transforma en rutina, llevándonos a ver al otro como una historia que se oye, pero que no se alcanza a comprender.
Esta obra resuena con una crueldad necesaria cuando la tragedia trasciende lo literario para volverse vivencial, especialmente ante la enfermedad de un ser querido. Villegas captura con maestría la indiferencia médica, síntoma primordial de nuestra descomposición social y muro infranqueable para los familiares. En ese escenario, nos vemos obligados a reconocer nuestra dualidad como víctimas y victimarios: amparados en la condescendencia que otorga la salud, intentamos paliar la fragilidad de la vida con soluciones logísticas y distantes, olvidando que el paciente sigue siendo parte vital de nuestra historia y nuestra sangre.
La novela alcanza su clímax emocional a través de Amalia, una médica forense que habita una doble tragedia y cuya labor se convierte en un ejercicio de redención. Al alternar las perspectivas de Amalia y de su madre, Elena, la narrativa nos sumerge en la lucha por reconstruir ese "campo de guerra" en el que se convierte la existencia misma. Mientras Elena pierde su autonomía y sus recuerdos se disuelven en la bruma del Alzheimer, Amalia se empeña en devolverle la identidad a los miles de desaparecidos de una guerra intestina que aún desangra la ruralidad colombiana. Aquí, Villegas equipara con valentía la sordidez de ambas desapariciones: la muerte en vida de la enfermedad y la muerte corporal y espiritual de la violencia.
En este proceso de borrado, la herida más profunda es la fractura de los pequeños rituales que sostienen el afecto. La pérdida —ya sea por el tajo de la violencia o la niebla del olvido— nos arrebata la posibilidad de abrazar, de conversar y de sentirnos amados. Ese vacío no representa solo una ausencia; es la mutilación de una relación que se quiebra y que el tiempo no logra soldar. Cuando el ritual del afecto fenece, la conexión se rompe irremediablemente, dejándonos a la deriva en un espacio donde el contacto físico y la palabra compartida pasan a ser recuerdos de una patria que ya no podemos habitar.
Un elemento profundamente conmovedor en este relato son los mecanismos de la nostalgia y sus residuos materiales. En la historia de Marleny, madre de Felipe, los objetos se transforman en reliquias de resistencia; ella reconstruye la historia de su hijo desaparecido a través de los tacones que él usaba, un vínculo simbólico que la une a Amalia. Esta "memoria de las cosas" contrasta con la actitud de la madre de Amalia, quien se deshace de las pertenencias de los abuelos para blindarse contra la nostalgia, huyendo de las preguntas fundamentales que nos permiten rastrear nuestras raíces.
Camposanto es, en última instancia, un llamado a una sociedad que suele banalizar el dolor en un titular efímero o en una cifra oculta en la geografía del olvido. Es una novela que no grita, no endulza ni busca el llanto fácil; nos muestra lo más descarnado del ser humano cuando la memoria, esa facultad que consideramos infalible, tiembla como la llama de una vela hasta extinguirse. Al final, nos deja una lección vital y devastadora: el olvido puede ocurrir en un paradisíaco minuto, y un ser humano solo existe realmente mientras exista un doliente que lo nombre y que, a través de un par de zapatos o una prenda vieja, se atreva a sostenerlo frente al vacío.
Frases
-[13] Mientras me habla el neurólogo se mira las uñas. Se nota que está satisfecho consigo mismo. Con eficacia profesional me hace entender que mi mamá es una más entre cientos de pacientes, que no hay nada de original o de importante en su padecimiento. El médico nunca se dirige a mi mamá. A ella, que en este momento está rodeada de una especie de cápsula, no podría importarle menos. Las palabras caen a sus pies, inocuas.
-[14] Mi mamá se deja llevar con docilidad, y no parece entender que tiene una enfermedad que después de miles de rodeos indignos la va a arrastrar a la demencia y a morirse ahogada en sus propios mocos, podrida por su propia mierda. Agradezco en silencio que no entienda o que por piedad finja no entender.
-[14] Camino al aeropuerto me largo a llorar y el taxista me ofrece detenerse detenerse para comprar una botella de agua. La compasión más auténtica es la de los desconocidos.
-[15] A veces pienso que me quedé con el pecado y sin el género. Puse todas mis fuerzas en Amalia, en hacerla feliz, independiente. A su imagen y semejanza, dice ella, y este es el pecado. Independiente, mucho. Cada vez quiere verme menos. Feliz, no creo. Es imposible que sea feliz, rodeada de muertos y de burócratas y de mujeres que perdieron a sus maridos o a sus hijos hace lustros. No se puede ser feliz asfixiado por montones de huesos en ese laboratorio que alguna vez fue un hospital mental. Ni en esos lugares en la mitad de la nada donde va a hacer las exhumaciones.
-[16] Amalia me coge de la mano y es agradable sentir su mano huesuda, aunque ya no cabe en la mía como cuando era chiquita. Me levanto del asiento y la sigo no sé a dónde.
-[18] Después de tanto tiempo aún me asombra encontrarme con el horror entre la belleza del paisaje. Tal vez porque crecí en una ciudad y por años tuve un montón de ideas románticas sobre el campo, aún me imagino por un instante antes de empezar una excavación que no, que imposible, que aquí no. y muchas veces, claro, no hay nada. Porque la fosa está en otro lugar, casi idéntico, con los mismos árboles y tono de verde. Uno pensaría que los asesinos recuerdan dónde enterraron a sus víctimas, pero el olvido no siempre distingue lo nimio de lo importante.
-[18] (…) A pesar de su preocupación genuina, no puedo dejar de sentir que este dolor es solo mío, que solo yo vivo este duelo a pedazos. Un día despedí el sentido del humor de mi mamá, otro, su buena memoria, otro más, su control sobre lo cotidiano. Hoy, que estoy enterrando su independencia, siento que he parido una hija vieja que me entrega no una enfermera sino el neurólogo. Y he de cuidarla y no verla crecer, sino encogerse o diluirse.
-[19] Sé que coopera para quitarse de encima un par de años de cárcel, pero es imposible no darse cuenta de que tiene eso que llamamos sentido del deber. Nos ayuda en la exhumación porque es lo que se debe hacer. Hace doce años debió haber pensado lo mismo cuando sacó a estos seis hombres de sus casas, uno a uno. Cuando dispuso matarlos de un machetazo limpio para ahorrar munición. Al cumplir con desagrado la exigencia extravagante del asesino en jefe de ensartar la cabeza de uno de ellos en un poste en un cruce de caminos.
-[19] El hombre me tiende la mano para ayudarme a salir de la fosa y yo le sonrío. Del mismo modo en que nada en este lugar indica que es un cementerio, en su mano tendida no hay indicios de que es un asesino.
-[22] El hablar por teléfono era un arte que habíamos perfeccionado cuando me fui a estudiar a Estados Unidos y luego por mi trabajo en sitios alejados de Bogotá. De hecho, el teléfono siempre fue el medio por el que discutíamos lo importante, lo íntimo, sin importar que estuviéramos a pocas cuadras de distancia. Pero esta vez, cuando la llamaba buscando alivio al final del día, su presencia al otro lado de la línea empezó a hacerse nebulosa, como si solo estuviera allí por instantes cortos o por partes.
-[27] Mi papá y yo siempre hemos detestado participar de esa peregrinación semanal de bogotanos acomodados que regresa al final de la tarde indigesta y melancólica en un atasco de tráfico aun peor que el del viaje de ida. Pero nos gustaba ver a mi mamá cuando se bajaba del carro y respiraba profundo "el aire del campo".
-[29] Mi mamá siempre creyó que la pequeña fortuna que pagaba cada mes por su seguro nos ponía a salvo de las largas filas, los noes y las orejas mudas de los departamentos de quejas del sistema de salud. Y de hecho así fue. Si no hubiéramos tenido ese seguro adicional habrían pasado muchos más meses antes de que nos dieran un diagnóstico. Pero ese dictamen "rápido" no podía salvarla. La enfermedad había empezado a sitiar la razón de mi mamá mucho tiempo antes de que aparecieran los primeros síntomas.
-[29] Ella siempre tuvo la convicción de que podía resolver cualquier problema que le trajera la vida. Creía esto porque era soberbia, qué duda cabe, pero también porque tenía una educación privilegiada y su inteligencia estaba secundada por fuerza de voluntad y una gran capacidad de trabajo. Todos estos atributos, que siempre le ayudaron a llevar una vida sin tropiezos y evitaron que la ocupación de su mente por la enfermedad progresara más rápido, terminaron ocultando el daño a nuestros ojos, y más triste aún, a los suyos.
-[31] Yo era callada y seria, con una vena cruel que mi mamá nunca había intentando moderar y que se exacerbaba cuando estábamos juntos. La situación mejoró hacia el final de mi adolescencia porque encontramos que teníamos intereses comunes y yo empecé a apreciar su inteligencia sosegada, su virtud sin extremos. A él se le notaba el alivio de ver que, a pesar de todo, yo estaba resultando bien. Un tipo decente, mi papá. Habría podido ser un buen padre si le hubieran ofrecido una familia convencional, de 6:00 p.m. a 7:00 a.m. y domingos de paseo.
-[32] Manipular huesos me calma, cada cosa en su lugar, reconocible, taxonómicamente confiable. Las excavaciones siempre se organizan, se demarcan. Siguen un protocolo, algunos dirán que científico. Yo creo que las formalidades de la excavación no solo preservan la integridad de la evidencia, sino que nos anclan al mundo. Cada fosa es un vórtice del que se extraen datos.
-[35] ¿Cómo voy a despedir a Elena? ¿Cómo se celebra el velorio de un vivo que muere a pedazos? Durante una semana me refugié en la excavación y ahora en el avión de vuelta a Bogotá siento pánico de acercarme de nuevo a ella y a su vida que se desdibuja. Me doy cuenta de que nunca había pensando en Elena por su nombre; siempre fue mi mamá.
-[35] En otra de nuestras charlas telefónicas me contó que no soportaba a la enfermera. Era de esperarse: [36] ella no es el abuelo en sus últimos días, dócil a fuerza de incapacidad. Se queja de que la enfermera la trata como una niña. "No aguanto un diminutivo más: "la pastillita", "el vasito de agua", "la comidita"...Quiero que se vaya a la mierdita". De algún modo es un alivio saber que aún puede ser sarcástica.
-[37] Mi mamá me abre la puerta y la abrazo. El suyo es un abrazo mecánico, casi que ausente. Parte de una ceremonia desgastada: un símbolo vacío. Nunca fue muy afectuosa y la enfermedad ha acentuado las distancias. Pienso que cada vez va a ser más difícil abrazarla.
-[37] (…) En la conversación con los que amamos, las [38] palabras contienen sentimientos, recuerdos, resquemores. Casi nada de lo que se dice es inocente.
-[38] (…) La pérdida del apetito es uno de los efectos secundarios del medicamento que toma para paliar los efectos de la enfermedad. En el folleto que acompañaba la droga, los beneficios están fraseados en un lenguaje más bien vago que que el de los horóscopos, pero revestido de respetabilidad por nombres de compuestos químicos y rutas metabólicas. Por el contrario, los efectos secundarios se describen con claridad: náuseas, vómito, anorexia, cansancio extremo, temblor incontrolable de una extremidad, dolor de cabeza, depresión, insomnio. Es una lotería perversa; en pos de un beneficio incierto (…)
-[47] Mi mamá cambia frente a mis ojos. Las nociones que tengo de la enfermedad son insuficientes para entender lo que le sucede. Un conjunto de observaciones e instrucciones rudimentarias que solo arañan la superficie de cambios que ocurren en Elena. Entre tanto, ella pierde el juicio pero no la voluntad. La memoria pero no los sentimientos ni los deseos. Yo no quiero ni puedo imponerme a su humanidad intacta.
-[53] No somos iguales ante la muerte. La vida nunca se borra por completo; deja claves sutiles en el esqueleto. Los huesos son bitácoras que hablan de los ancestros, del hambre y de los golpes. De la enfermedad o de la dicha y la riqueza. Rescribimos ese registro para quienes no pueden leer el relato de los huesos pero conocen la otra historia: la del sexo, el fenotipo, la edad y la estatura. La de la salud, la sonrisa, los accidentes o la profesión. Cuando el relato del esqueleto y el de los sobrevivientes se encuentran, los huesos vuelven a tener un nombre, un hogar cierto en una tumba marcada.
-[54] Reynel, el guarda de vigilancia de turno, me saluda contento. Es sábado temprano en la mañana y no le gusta quedarse solo en el edificio. Del cajón de su escritorio saca una bolsa plástica con palitos de colombina que su hija Valentina recolectó para mí en la escuela.
-[54] Lavo los huesos con cepillo y agua tibia. Uso un palito de colombina para raspar los fragmentos de tejido que se quedan adheridos, esa telaraña amarillenta [55] y hedionda que hay que desprender del hueso hebra a hebra. Cada hueso limpio es una pequeña victoria, una pieza perfecta que coloco en su lugar en el esqueleto que armo sobre hojas de periódicos viejos.
-[57] "Trabajo de mujeres", decía el profesor Brogan con respeto. "Solo ellas lo entienden", decía, y nos hablaba de que a lo largo de la historia casi siempre ha sido las mujeres las encargadas de lavar y amortajar a los muertos. "Nos traen al mundo y nos despiden...o les damos tantos problemas vivos que quieren asegurarse de que en verdad nos marchamos", remataba siempre, ahogado por su risa asmática.
-[67] Sin importar a qué horas se haya ido a dormir, mi mamá siempre se ha levantado a las seis de la mañana a preparar su primer café del día. Antes de la enfermedad nunca había pensado que un acto repetido miles de veces a lo largo de la vida fuera dependiente de la memoria, sino una serie de sencillos pasos ordenados que se siguen mecánicamente. Pero ¿Cómo saber cuál es el paso siguiente si no se recuerda el anterior? Preparar un café es para Elena cada vez más enojoso y frustrante. Puedo ver que necesita ayuda, pero ella no quiere renunciar a este rito solitario, a su manera de entrar en el día. Intento ayudarla sin que lo note, poniendo en el mesón de la cocina todo lo necesario arreglado de izquierda a derecha: agua en la jarra de la cafetera, los filtros, el café. Esto la ayuda por ahora a recordar el orden de los pasos. Soy consciente de lo frágil de este arreglo, de su dependencia de recuerdos más esenciales, de decisiones que creemos naturales pero que en verdad siguen convenciones muy antiguas que también serán olvidadas.
-[63] Ahora pienso en mi vida como una colección de estampas que se acumulan sin solución de continuidad y sin dirección. Y no solo por la enfermedad de Elena. Siento que solo soy un engranaje en una enorme máquina maltrecha. Produzco fragmentos de información que se suman para formar historias parciales o inconclusas.
-[73] Desde el bus que me lleva al laboratorio, veo las montañas del oriente, sus formas angulares casi desnudas de vegetación, cañadas que esconden muertos indiferentes a los optimistas habitantes de la ciudad que se despiertan a sus pies. En mi oficio se aprende una singular geografía del paisaje: accidentes del terreno que parecen pensados para esconder cadáveres, perturbaciones en la superficie de un campo que indican la presencia de fosas, recodos de los ríos en donde se quedan varados los muertos. También conozco una geografía política distinta de la que se enseña en las escuelas: los pueblos tienen nombre de masacre y los ríos son importantes porque arrastran cuerpos sin vida.
-[75] (…) A diferencia de lo que pueda pensarse, el aprendizaje más difícil en esta profesión no es entrenarse para convivir con la muerte y la descomposición del cuerpo. Es aprender a conservar el temple ante las revelaciones que hacen los muertos sobre los vivos.
-[89] Soy. Todavía no he perdido ningún recuerdo esencial. Los repaso todos los días como si contara monedas.
-[103] Es pedirle demasiado a la memoria. Cuando la muerte llega de improviso no se la recibe vestido como para el recuerdo y empuñando nuestras posesiones más preciadas, las que serían dignas de recordar por quienes amamos.
-[104] Después de muchos ruegos, solo me dejó conservar el espejo de plata labrada de la abuela Martine, con la promesa de que lo pondría donde ella no lo viera. Me pareció horrendo que pretendiera borrar los rastros de la vida del abuelo y que de paso me negara a mí un pedazo de mi historia material. Solo hasta hace poco entendí que el suyo fue un rito bárbaro para protegerse de las trampas de la nostalgia que nos aguardan en los objetos de los que ya no están. Yo tal vez haga lo mismo cuando ella se haya ido por completo.
-[105] (…) Hace un par de días el hijo de un desaparecido me decía que todos los recuerdos que tenía de su papá le habían sido implantados por su mamá, su abuela o sus tíos. Que se había resignado a conocerlo a través de otros y a veces se preguntaba si valía la pena seguir buscando un fantasma ajeno. No supe qué contestar; me quedé suspendida en esas palabras: "fantasma ajeno". Yo estoy reconstruyendo un fantasma propio con los fragmentos dispares y azarosos que rescato de mi memoria. Lo único que puede lograrse con la materia del recuerdo, moldeada en ese camino rocoso que es querer a otro, es una historia parcial, el relato del sobreviviente, en cierta forma, del vencedor.
-[119] Siempre me he preguntado cómo aprendemos a vivir entre las ruinas, a volverlas habitables. Tras el estupor del estallido, uno recupera lo que puede. Después se adapta a moverse entre los escombros, hasta que un día dejan de serlo y se convierten en muros, en mesas, en camas. En lo que dicte la necesidad. Pero los escombros son como muñones, trazas que atestiguan la forma del hábitat destruido, y que uno, o alguien que se le parecía, vivió en él.
-[144] (…) Todas las voces de las víctimas de la guerra en Colombia se han perdido para siempre. Solo podemos reconstruirlas parcialmente, o distorsionadas, y honrarlas en pequeños ritos, pues como bien dice Doris Salcedo, el ceremonial es el único valor del arte frente a la violencia.


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