Prometo extrañarte - Melissa Monsalve Barrera

Prometo extranarte - Melissa Monsalve
Prometo extrañarte | Melissa Monsalve Barrera

Sinopsis

Prometo extrañarte narra la historia de Moisés, quien está a punto de cumplir doce años y ya ha vivido lo suficiente como para comprender que la vida NO siempre es justa. La novela se concentra en diferentes maneras en las que asumimos la pérdida de un ser querido. También es la historia de una carta que nunca dejaremos de escribir, tal como debería suceder con las cosas importantes de la vida. Es un libro sobre la memoria y la nostalgia, y también sobre algo que nos provoca tanto miedo como la muerte misma: la pérdida de nuestros recuerdos. Su protagonista es entrañable: lleno de preguntas y miedos, como el más fuerte y apto entre todos  nosotros. Su personalidad se deja entrever con todo lo que hace y dice, pero también en todo aquello que soporta y calla. 

Estoy seguro de que esta novela no dejará de emocionar al lector. Lo interrogará cara a cara, y le dirá que no hay nada de malo en extrañar. ¿Cómo no entristecernos si en estos mismos momentos no tenemos a nuestro lado a quien ya se ha marchado?, ¿Cómo no querer llorar porque no hay nada que podamos hacer para cambiar las cosas?, ¿Cómo no sentirnos como aquel niño que corre a su cuarto y se lanza encima de su cama para ocultar su rastro y también sus pensamientos? 

Prometo Extrañarte - Melissa Monsalve Barrera

Crítica

Cuando cerramos los ojos e intentamos evocar la infancia, surge ese espacio de solaz donde la compañía de los abuelos era el eje del día. Aquellos momentos de juegos, risas y platos calientes no eran solo rutina; eran la definición misma de la paz. Para muchos, especialmente en Latinoamérica, la presencia de los abuelos marca nuestra cosmovisión, pues son ellos quienes a menudo asumen el rol de guías en los momentos decisivos de nuestra niñez.

Prometo extrañarte nos devuelve esa conexión y nos invita a la reflexión. Nos obliga a abrir esas gavetas del pasado que creíamos olvidadas para entender, con la retrospectiva que dan los años, que nuestros abuelos no solo nos ofrecieron el cobijo de sus manos, sino también un futuro y un refugio cuando la vida perdía el sentido. Ahora, desde la adultez, comprendemos por fin sus silencios y su soledad. Y cuando llegan a faltar —porque la muerte no perdona a nadie—, el corazón se encoge al darnos cuenta de que solo dejamos de sentir cuando olvidamos quiénes fueron.

Melissa Monsalve logra transmitir esto con maestría, huyendo de la introspección psicológica rimbombante para abrazar la sencillez de la mirada infantil. Es fácil identificarse en Moisés, un chico cuyos gustos "de viejo" lo hacen único. Su amor por el ajedrez y la música, o su aborrecimiento al espagueti con atún, son esas manías que heredamos —queramos o no— de nuestros mayores. Al final del día, cada año que cumplimos nos parecemos más a ellos.

El libro es precioso. Posee una narrativa ágil, sin complicaciones farragosas, pero profundamente elocuente. Nos rescata de la aridez de la adultez, de esa lucha diaria contra la rutina y los trabajos mediocres que nos apagan el espíritu. Es una pequeña luz que permanece encendida incluso cuando no la vemos; una que, al apagarse físicamente, sigue alumbrando el corazón, aunque a veces la memoria sea ingrata.

Esta obra se ha convertido para mí en un infaltable. No por ser literatura juvenil debe ser menospreciada; al contrario, es un regalo necesario para los adultos que han perdido el rumbo y han olvidado el valor de la familia y, en especial, de aquellos seres que nos atan a un porvenir: los abuelos.

Frases

- [9] -Antes de que digas que no, quiero darte mis argumentos. El abuelo me había ensañado todo sobre los argumentos, son las razones que tienes que darle a alguien cuando [10] quieres convencerlo de algo. Él dice que cualquier persona racional responde bien ante ellos, así como dice que hacer pataletas es cosa de niños. 

-[10] Después de comprar el regalo, le pregunté a mamá si podía ir a la tienda de instrumentos y mirar la vitrina mientras ella hacía dormir a Luna. Siempre que paso por la tienda de instrumentos voy a ver mi fagot. Bueno, todavía no es mío, el abuelo prometió regalármelo cuando cumpla doce años; en este momento tengo un fagotino porque cuando [11] comencé a tocar, mis manos eran aún muy pequeñas para el instrumento. Este fagot es grande y pesado y me emociona poder tocarlo para el concierto de navidad. Este año, si todo sale bien y paso la audición, podré tocar con la orquesta juvenil en el Teatro Metropolitano y dejar atrás la banda infantil y el fagotino. 

-[12] Si alguna vez tuviera que elegir una palabra para describir a Carlos, sin duda sería práctico; la usa todo el tiempo. Él es de esa clase de personas que mide el valor de las cosas por lo útiles que puedan llegar a ser. No sé cómo fue que mamá se enamoró de él; es bastante aburrido. 

-[15] (…) Uno se puede preparar para dar un concierto, pero ¿Cómo se prepara uno para la muerte de alguien?

-[15] Creo que cuando creces y te vuelves adulto es normal hacer planes para todo, hasta para tu funeral, y lo haces como si nada, como si planearas un viaje de vacaciones. 

-[16] Todavía no entiendo por qué hacen funerales. Mamá dice que es importante decir adiós y recordar el significado de las personas en nuestra vida. Tampoco sé cuánto tiempo duró; no recuerdo mucho, solo que algunas personas se secaban las lágrimas con pañuelos que guardaban en los bolsillos y se acercaban a tocarme la cabeza o el hombro, pero no reconocí a nadie. 

-[16] En la música también hay silencios, pensé. La señorita Amelia, mi profesora de fagot, dice que no son errores, que los silencios también dicen cosas. No sé por qué, cuando me explicó el significado de los silencios en la música, entendí que los adultos no muestran lo que sienten como lo hacen los niños cuando están tristes o enojados o felices-que lloran o gritan o se ríen a carcajadas-; los adultos sienten en silencio, sin hacer caras o dar señales de sus emociones. 

-[22] El abuelo y yo compartíamos muchas cosas, entre ellas nuestro nombre y nuestro amor por la música. Recuerdo que cuando era pequeño jugaba con el abuelo a ser músico; bueno, yo jugaba, él era músico de verdad. Cada semana me enseñaba un pedazo del Bolero de Ravel y el sábado en la noche organizábamos un concierto en la sala de la casa. Poníamos varias sillas y sentábamos mis juguetes, entre ellos el señor Oso. Mamá se sentaba en primera fila, yo tocaba la flauta y mi abuelo el clarinete. 

-[24] Ellos dos, mamá y el abuelo, se querían mucho, aunque no siempre se llevaban bien; se tenían muchos secretos. Pienso esto porque no se contaban las cosas que lees pasaban; no como aquellas cosas que yo le contaba al abuelo cuando llegaba del colegio. Ellos solo hablaban de los temas que tenían que ver conmigo. 

-[32] -¿Hablar con ellos? Como si fueran...¿fantasmas? 

- No, no- dijo sonriendo-.Quiero decir que podemos pensar en ellos como si pudieran vernos y saber lo que [33] sentimos...algo así como hablar en silencio o escribir una carta. 

- Entiendo a qué se refiere. 

-¿En serio?- me preguntó entre sorprendida y aliviada. 

-Sí, profe- le respondí antes de salir del salón. 

- [36] Me hubiera gustado responderle a Carlos que no dije nada en el colegio porque se burlarían de mi, porque me dan miedo mis compañeros de clase y ya tengo suficiente con las bromas que me hacen todos los días. Me gustaría decirle a mamá que no me gusta su espagueti con atún ni tampoco su esposo; que estábamos mejor viviendo con el abuelo y que a él sí podía contarle todo lo que sentía, porque el abuelo y yo hablábamos el mismo lenguaje. 

-[43] Cuando vivía con el abuelo jugábamos a encontrar figuras en las vetas de las baldosas. No había vuelto a jugar ese juego después de que me mudé aquí, creo que lo había olvidado. Me giré y descargué la cabeza en la almohada. Si el abuelo estuviera vivo tendría un buen consejo para mí en estos momentos. Me diría qué hacer la próxima vez que Víctor o cualquier otro me desafíe o me llame gay o sabelotodo, y no me obligaría a ir a esos estúpidos entrenamientos. 

-[44] - Creo que nunca dejas de extrañarlos, hijo- apagó la luz y después agregó-: porque siempre están en tu memoria. 

-[45] ¿Recuerdas cuándo jugábamos a encontrar figuras en las vetas de las baldosas? Yo lo había olvidado; y eso me asustaba mucho, abuelo, porque creo que tenía siete años cuando jugamos por última vez. No me había dado cuenta de que podía olvidar tantas cosas importantes. ¿Qué va a pasar cuando cumpla doce años o catorce o dieciséis? 

-[47] En cambio, el día que comencé a tocar la flauta aprendí mi primera canción: más tarde, al volver a casa, la toqué para el abuelo y me dijo que tenía un talento natural para la música. Creo que fue en ese momento que decidí que quería convertirme en músico profesional, al igual que él. 

-[48] -Actuar para complacer las expectativas de los demás está bien para los que no tienen la valentía de vivir sus propias vidas. 

-[59] -No, creo que aprendí a usar la cabeza, a encontrar el punto débil de las personas. Cuando creces, las mejores peleas son las que se ganan con inteligencia-dijo, mientras señalaba su frente con el dedo índice y levantaba las cejas. 

-[68] Había fotos de mamá enseñándome a nadar y otras en la playa haciendo castillos de arena con el abuelo. También colgaban imágenes de los conciertos en casa, de mi abuelo llevándome de la mano mientras yo comía helado, algunas más jugando al ajedrez y otras mías usando sus zapatos y su sombrero. 

-[76] -Que hay muchas cosas que no sé sobre el abuelo o que no puedo recordar, y si no puedo recordarlas ahora, imagina lo que va a pasar en unos años; no voy a extrañar al abuelo porque ni siquiera podré acordarme de él. 

-[78] En ella tengo el reloj que compré para el abuelo, las cartas que le he escrito y el cuaderno de música que me regaló Miguel; allí pegué las fotos que me dio mamá y uso el pentagrama para escribir las historias que me cuenta sobre el abuelo. 

Saqué una hoja de papel y escribí una nueva carta. 

Abuelo, ya tuve mi audición, espero haberlo hecho bien. Todavía no sé si pasé o no, nos avisarán en unos días. Recuerdo que el año pasado, al tocar canciones más difíciles, empecé a equivocarme más que antes. Entonces, tú me dijiste que la música es como la vida, te vuelves mejor en ella con la práctica y no hay ningún atajo. Tenías razón sobre la música, porque hace un año no hubiera podido tocar esta obra para mi audición. En todo caso, no sé si me he vuelto mejor para la vida, todavía me pongo nervioso cuando pienso que puedo equivocarme. Te contaré si hago parte de la orquesta juvenil en unos días. Deséame suerte. 


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