Para no fallarte del todo - José Bernabé

 

Para no fallarte del todo Jose Bernabe
Para no fallarte | 
José Bernabé

Sinopsis

Hay días en los que levantarse ya es una victoria silenciosa.
Este libro nació para esos días.

Cuando el cuerpo pesa, la cabeza se llena de ruido y uno no sabe cómo seguir, estas páginas no van a intentar arreglarte.

Van a acompañarte.

Está compuesto por textos breves y relatos íntimos que pueden leerse de forma continua o abrirse al azar, cuando el día pesa más de la cuenta.

Si cargas con ansiedad, agotamiento, duelo, culpa o la simple sensación de no ser suficiente —si por fuera funcionas, pero por dentro vas justo de fuerzas— aquí encontrarás un refugio en el que respirar sin justificarte.

José Bernabé escribe desde la honestidad de quien también ha estado roto.
Sus textos conectan porque no dan lecciones: dan tregua.

En estas páginas hay memoria, pérdida y esa calma que llega cuando ya no queda prisa. Aparecen hombres y mujeres que se cansan, que se esconden, que se perdonan a medias, que aprenden a sostenerse sin épica.

Son relatos que no dan soluciones, pero acompañan.

No es un libro de autoayuda.
Es un abrazo en forma de palabras.
No es terapia.
Es un refugio.

Este libro es para ti si necesitas:

  • Un lugar donde descansar sin defenderte.
  • Sentirte menos solo en tus días más pesados.
  • Palabras que acompañen, no que exijan.
  • Recordarte que rendirse a veces también es una manera de seguir.


Este no es un libro para cambiar tu vida. Es un libro para no sentirte solo mientras la atraviesas.

Crítica 

En Para no fallarte del todo, José Bernabé irrumpe en la escena literaria con una propuesta íntima, honesta y deliberadamente contenida. Se trata de una autopublicación, y eso se percibe en ciertos aspectos formales y estructurales del libro, pero lejos de restarle valor, subraya el carácter personal y directo de la obra. Se trata de una obra que no busca deslumbrar con artificios narrativos ni con grandes giros argumentales, sino ofrecer algo quizá más difícil de lograr: compañía. Desde ese lugar, el libro se lee como una mano extendida en silencio, como un banco a la sombra donde sentarse a respirar cuando la vida pesa más de la cuenta.

Compuesto por relatos breves, el libro se mueve en una frontera delicada entre la ficción y la confesión emocional. Al inicio, es posible que el lector tenga la sensación de estar frente a un libro de autoayuda, una impresión comprensible por el tono reflexivo y la cercanía emocional de los textos. Sin embargo, a medida que se avanza en los relatos, esa percepción se diluye.

Para no fallarte del todo no busca enseñar, corregir ni ofrecer soluciones, sino acompañar. No todos los textos tienen la misma potencia —algo esperable en un formato fragmentario—, pero muchos de ellos consiguen resonar con una claridad desarmante. Historias como “La tejedora de cicatrices”, "El abrigo que me ponía los lunes" o “La silla junto a la ventana” destacan por su capacidad de tocar fibras profundas sin caer en el sentimentalismo fácil. Hay pasajes que, sin previo aviso, logran humedecer los ojos del lector, no por dramatismo excesivo, sino por reconocimiento.

Uno de los mayores aciertos del libro es su honestidad temática. Casi todos los relatos parten de una base emocional fácilmente identificable: el cansancio, la pérdida, la autoexigencia, la soledad cotidiana, el miedo a fallarse a uno mismo. Bernabé no disfraza estas emociones ni intenta volverlas complejas a la fuerza; por el contrario, las presenta con una sencillez que permite al lector discernir con claridad de qué está hablando el autor y, muchas veces, reconocerse en ello.

Hay textos que funcionan mejor que otros, y algunos relatos pueden sentirse más como apuntes emocionales que como piezas literarias cerradas, una irregularidad comprensible dentro del marco de la autopublicación. Sin embargo, incluso en esos momentos más irregulares, el libro mantiene una coherencia interna clara: su intención no es impresionar, sino acompañar. Y eso lo logra. El libro se va transformando en una voz baja que susurra que no eres el único que ha atravesado dificultades, ni el primero en sentir que la vida se vuelve cuesta arriba o que los pensamientos pesimistas ocupan demasiado espacio. Más que orientar, estas páginas tienden la mano y, en algún sentido, arropan: ofrecen presencia, reconocimiento y una compañía silenciosa que no juzga ni exige. Cada relato parece decir, de distintas formas, lo mismo: no estás solo, no eres el único que se siente así, esto que duele también es humano.

Desde Pluma Gulunga, valoramos especialmente esa vocación de abrigo que atraviesa el libro de principio a fin. Para no fallarte del todo no pretende ofrecer respuestas ni soluciones, y ahí radica parte de su fuerza. Es un libro para leer despacio, en días rotos, en silencios largos, cuando uno necesita sentirse comprendido más que aconsejado.

Con una calificación de 4 sobre 5, esta obra se perfila como un debut sensible y prometedor. El hecho de ser una autopublicación no merma la calidad literaria que el autor entrega; por el contrario, revela una voz que se sostiene por sí misma, sin intermediarios, y que confía en la palabra como principal vehículo de sentido. José Bernabé demuestra una voz clara, empática y consciente de sus límites, algo poco común en una primera publicación. Quedará por ver cómo evoluciona su escritura, pero este primer paso ya deja una certeza: hay autores que no vienen a gritar, sino a quedarse al lado. Y a veces, eso es exactamente lo que necesitamos.



Para no fallarte del todo Jose Bernabe




Frases

A veces uno escribe no porque tenga algo que enseñar,  sino porque necesita poner en palabras eso que,  de tanto doler, aprendió a callarse. Y si algo tengo claro mientras  preparo  estas páginas es que no sé demasiado sobre la felicidad.

-  A veces no me pierdo,  solo me escondo tan bien que ni yo me encuentro.
Me dejo migas, pero llega el viento.

-  A veces uno se encoge porque el mundo pesa demasiado,  porque las palabras no alcanzan, porque el cuerpo se repliega intentando doler menos.

-  Le pareció irónico: el espejo no le mostraba nada. Pero si la vida sí.
Lo hacía a través de una palabra. A través de alguien que aún lo veía, aunque él no pudiera.

-  Hay imágenes que no aparecen de golpe, ni cuando las forzamos.
Algunas solo se dibujan cuando dejamos de exigirnos que todo tenga forma, cuando aceptamos el silencio del espejo como parte de la conversación.

-  Hay espejos que no son ciegos. Solo esperan a que uno se atreva a mirar de vuelta.

-  Aprender a estar, aunque no sea donde te gustaría estar.

-  - Nunca es un lugar contagioso. Pero la esperanza, a veces, también.

-  - No importa si eres de Nunca o no. Lo único que importa es cómo eliges habitarlo: puedes vivir aquí  peleando contra cada pared sin lograr nada o  puedes decidir que, aunque el sitio sea una mierda, tú puedes hacerlo un poco menos gris. Para ti. Para otros. Para nadie.. Pero menos gris.

-  Trabajar los martes sonaba a oficio olvidado. A oficio de quienes saben que los días intermedios no regalan nada.

-  Todos necesitamos una cafetería donde el café venga con segunda oportunidad incluida. Donde nadie te pregunte nada. Donde nadie sepa que vienes roto.

O, quizá, donde a nadie le importe. Porque todos deberíamos tener, al menos una vez, un café que no cure, pero abrace.

-  Hay días en los que el mundo ni siquiera tiene que hacerte daño.
Te bastas tú. Te fallas tú. Te juzgas tú.
No sabes cómo bajarte de esa rueda que gira sola, que no pregunta si aún te quedan fuerzas para sostenerte en pie.

-  Quienes se detenían eran devorados por las deudas, el olvido.

-  Caminar le devolvió su vida, su cuerpo. Le dio un mundo y, sobre todo, la posibilidad de no llegar.

Ya no corre, porque entendió que la única meta digna de su esfuerzo no estaba delante, sino dentro. Y que esa carrera no empieza con una zancada. Empieza cuando, al fin, te das permiso para quedarte en el suelo.

-  No siempre es necesario romper el círculo, ni encontrar respuestas, ni escapar a ninguna parte. A veces, basta con cambiar la manera en que uno se mueve dentro de el. A veces,  basta con un bostezo compartido, con un paso de baile improvisado, con dejar que el día pase sin exigirle tanto.

-  No curaba, decían algunos, tejía para que el dolor no se olvidara, para que no se pudriera dentro. Porque, según ella, lo que no se nombra, lo que no se cuida, termina devorándote desde dentro como un animal ciego.

-  La belleza es caprichosa. Las cicatrices, en cambio, son honestas.

-  Tejiendo la única belleza que nunca pasa de moda: la del dolor aceptado y dignificado.

-  El silencio era tregua, y el tiempo una bestia dormida que ya no podía ser atada.

-  Pero el tiempo, ese que antes apretaba como un cinturón, ahora se había aflojado. Y, en lugar de perderse se había encontrado. Se encontró no en lo que hacía, sino en lo que dejaba de hacer: en no ir a ningún sitio en concreto, en no responder al instante, en no plantear la cena durante el desayuno.

-  No todo momento necesita un propósito.

-  Ese banco no me resolvió la vida ni me dio respuestas. No me convirtió en mejor persona, pero me recordó algo esencial que a menudo olvido: que  también hay vida en los márgenes. En lo que no se planifica. En los gestos que no buscan llegar a ningún sitio.

-  Porque, a veces, rebelarse es exactamente eso:
- Quedarse
- Callar
- No justificar
- Respirar sin metas
- Sentarse sin miedo
-  Permitirse existir sin asteriscos.

-  Estoy cansado.
No de la vida,  sino de este sistema invisible que ha convertido incluso el malestar en un deber. Porque ahora,  si uno se siente mal, también tiene que hacerlo bien: con autoconocimiento, con templanza, con humildad. Ya no basta con sufrir. Hay que sufrir con herramientas.

Y yo, hoy no quiero herramientas. No quiero lecturas sanadoras, ni podcasts de crecimiento personal, ni frases que empiecen por : " quizás esto te está enseñando...". No quiero  agradecer lo que tengo para compensar lo que me duele. No quiero aceptar que todo es parte de un proceso, ni que el dolor es fértil, ni que algún día voy a comprender por qué todo era necesario. Hoy no quiero compresión. Ni propósito. Ni sentido.

Hoy solo quiero estar harto.

-  Porque no hay disculpa más difícil que la que uno nunca se atrevió a darse y, aun así, a veces, basta con escribirla.

-  Cuando era niño, Martín descubrió que el dolor se podía esconder. Aprendió pronto que, si apretaba los labios lo suficiente, nadie vería el temblor en su barbilla. Que, si cerraba bien los puños, las manos no delatarían su miedo. Que, si miraba hacia otro lado, los ojos dejarían de acusarlo con lágrimas que temía mostrar.

-  Teresa sonrió sin querer. Una sonrisa torcida, cansada, pero sonrisa al fin. Y en ese gesto mínimo comprendió que, incluso entre grietas, la vida seguía llamando, a su manera.

Durante años había creído que el paso del tiempo se sentía por dentro: en los huesos que crujían al levantarse, en la respiración más corta, en el cansancio que se pegaba a los hombros como una manta húmeda. Pero allí, frente a aquel espejo rajado, comprendió que había partes de sí misma que aún habitaban esa piel vencida, esas arrugas sin permiso, esas manchas oscuras que le hablaban de vernos mal llevados, de noches en vela, de silencios tragados.

-  Comprendió sin buscarlo, que la verdadera rendición no ocurre con música de fondo ni con frases memorables, sino cuando dejas de esforzarte por hacerla bien. Cuando sueltas también la necesidad de que rendirte sea redondo.

-  Su abuela había sido la única persona que nunca le exigió convertirse en nadie. No le pidió que fuera más valiente, más rápido, más fuerte, más exitoso. Le bastaba con verlo. Con preguntarle si había comido. Con acomodarle el cuello del abrigo cuando salía al frío.

-  A veces, en mitad de una reunión, notaba el roce del forro en el brazo y pensaba en Carmen. No como se piensa en los muertos.

Sino como se recuerda a alguien que aún sostiene la esquina de tu vida para que no se deshilache del todo.

-  Las cicatrices no necesitan justificación, ni épica, ni discursos empoderados. Solo necesitan aire.

Un poco de luz. Un poco de permiso. Solo necesitan que una deje de pedir disculpas por tenerlas.

-  No te falles... Como si no fallarte fuera sinónimo de no equivocarme jamás. Y no. A veces,  la mayor lealtad es saber reírse de uno mismo,  incluso en los días más torpes. Es seguir ahí, en la broma, en la ternura, cuando fallarse parece inevitable. No dejar de perdonarte, aunque te vuelvas a olvidar de las llaves, aunque vuelvas a comer pizza congelada, aunque sigas sin entender las instrucciones de la vida adulta.

-  Ahí entendí que escribir no era un acto de belleza,  sino de resistencia. Que a veces una frase no sirve para sanar,  pero sí  para recordarnos que no estamos del todo solos.

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