Lejos de Roma - Pablo Montoya
Lejos de Roma | Pablo Montoya
Sinopsis
En la Roma de César Augusto, el dolorido exilio de Ovidio lo lleva a conocer a los países "bárbaros" y de ahí a respetarlos. Lejos de Roma es una novela sobre el exilio, pero también es una novela poética, amorosa, filosófica e histórica. Lejos de Roma bebe de esa gran encrucijada de caminos, en los que se teje la red incesante de la gran literatura. Inteligente, sobria, sugerente, ejecutada con oficio y talento, en una prosa original, tersa y elegante
Crítica
El tránsito entre Santiago Posteguillo y Pablo Montoya no es una transición suave, sino un umbral violento. Tras habitar la Roma de Posteguillo —ese escenario de mármol, legiones y héroes esculpidos por la gloria—, entrar en Lejos de Roma supone un encuentro áspero con una narrativa que se niega a ser complaciente. Pasamos de la épica vibrante de las batallas a una lírica del despojo, donde el protagonista no es un conquistador, sino un hombre herido en su orgullo que se desvanece en la periferia del mundo.
En esta obra, Montoya se aleja de la caracterización tradicional del héroe. Su Ovidio no busca nuestra simpatía; es un personaje esquivo, un exiliado que arrastra su historia como una sombra que solo se proyecta con nitidez en las páginas finales. Mientras Posteguillo construye monumentos a la voluntad humana, Montoya nos presenta a un hombre "en sus últimas", cuya única lucha es contra el frío, el olvido y la pérdida de su propia identidad.
Un punto de inflexión fascinante es el encuentro de Ovidio con el gobernador de Tomos. En esta conversación se evidencia la grieta social del Imperio: la diferencia abismal entre quienes son hijos de la capital y aquellos que, habiendo nacido en los confines, guardan unas ansias desesperadas por pertenecer a Roma. Para el gobernador, Roma es un ideal inalcanzable; para Ovidio, es una herida abierta. Este diálogo desnuda la arrogancia del centro frente a la periferia y cómo el Imperio se sostiene también sobre el deseo de quienes él mismo desprecia.
La estructura de la novela refuerza esta sensación de aislamiento al romper con la linealidad a través de pequeños resquicios de memoria. Uno de los pasajes más reveladores es la escena del mercado, cuando Ovidio encuentra la estatuilla de la diosa egipcia. La conversación con la mujer en ese momento permite a Montoya reconstruir, mediante un destello del pasado, a un Ovidio más joven. Es aquí donde vemos al hombre que no solo se movía por el conocimiento, sino por una pasión devoradora por los libros y la curiosidad intelectual que lo definió antes de la caída.
Un aspecto diferenciador es el tratamiento de la mitología, que Montoya eleva a un nivel poético y místico. Destaca la batalla intelectual entre el pensamiento pitagórico y la religión oficial del Estado. Para Ovidio, los dioses no son solo figuras de culto, sino una forma de entender la armonía y el caos de un imperio que ha decidido borrarlo. A este misticismo se suma una carga erótica cruda; las escenas de desnudez y sexo funcionan como el último refugio de la humanidad. En el barro de Tomos, el cuerpo es el único territorio que Ovidio aún puede reclamar frente a la guerra y el hambre.
Sin embargo, para quien ha disfrutado la adrenalina de la épica romana clásica, la muerte de Ovidio resulta desconcertante. Si recordamos el final que Posteguillo le otorga a Tito Maccio Plauto, vemos una muerte cargada de dignidad, una última afirmación de la humanidad frente al destino. Montoya, en cambio, opta por lo etéreo: la muerte de Ovidio es un sueño dentro de un sueño. Es un retorno a la simpleza de la niñez dormida, un recorrido final por la sencillez del polvo donde la gloria y el orgullo se diluyen. Esta ausencia de un clímax épico define mi calificación de cuatro estrellas: es un libro de una belleza innegable, pero que deja al lector con una inevitable sensación de orfandad.
Lejos de Roma termina siendo una meditación sobre el fin del mundo interior de un animal poético. Es el retrato de un hombre que, rodeado de barbarie y sentenciado por el silencio del César, se aferra a la memoria de sus libros y al calor de los cuerpos para no ser devorado por el olvido. Montoya nos demuestra que su interés no reside en la gloria de las legiones, sino en la fragilidad de la palabra frente al poder absoluto; nos entrega un Ovidio que no muere con la firmeza de un guerrero, sino con la quietud de quien vuelve al origen de todo.
Frases
-[40] (…) Soy tan dueño de las dimensiones de mi encierro que he terminado por memorizarlas.
-[66] (…) Pero en el fondo sabes que todo lo hermoso y grandioso de tu existencia ya pasó. Sabes que sufrirás en medio de la agonía. La pausa de esta primavera es tan ilusoria como la esencia de la primavera misma. Te esperan días solitarios y enfermos. Nadie te cerrará los ojos cuando mueras. Nadie pronunciará tu nombre desde las orillas de la vigilia como lo pides continuamente a los dioses. Ellos, y eso lo has reconocido en tus momentos más lúcidos, te han olvidado para siempre. Eres un hombre despojado de los dioses, un hombre, además, incapaz de inventarlos. Y nadie, Ovidio, lavará tu cuerpo, ni lo vestirá, ni habrá ramas de pino alrededor de tu mortaja. Nadie llevará las máscaras de nuestros padres, ni siquiera la mía, a tus funerales, porque no tendrás funerales como corresponde a los malditos. Nadie cavará una tumba para ti al pie de un camino, y tu epitafio, así lo hayas escrito ya, jamás será leído. Estarás solo, y solo, Ovidio, la muerte te acogerá. Ésta y no otra es la última dádiva que te dará el exilio.
-[72] (…) Conoció la Biblioteca que había fundado Julio César tan bien como Asinio, su director. Augusto no dejó pasar por alto esta sagaz pasión por los libros, y le encargó la Biblioteca del Palatino. Allí, antes de mi condena, pasábamos tardes enteras. Higinio ama los libros como un sentimiento de respeto que jamás he visto en otra persona. Para él un libro no solamente es un hombre, no solamente es un pueblo, es sobre todo un universo. Él mismo dice ser un simple bibliotecario y, como tal, su misión en la vida se reduce a peregrinar en busca de un libro. Esta peregrinación, no obstante, le parece insensata. Cree que las bibliotecas nada es hallazgo y todo en cambio es extravío. Y, en ocasiones, le gana la certeza de que buscarle sentido a los libros es una actitud supersticiosa.
-[72] (…) Las colecciones más admirables del Palatino, y eso lo sabíamos los dos, habían llegado a Roma como botín de guerra durante las conquistas de Julio César, Marco Antonio y Augusto. Me hablaba de los llantos y gritos que escuchaba al desenrollar tal o cual volumen. Después de oler los papiros, afirmaba que las letras no solo queman por lo que dicen, sino que atestiguan sobre los incendios de sus hogares anteriores.
-[96] (…) Usted sabe que lo que intenta conjurar quien se dedica a escribir es el silencio. Todo reside en la lucha entre el silencio y la palabra. Para ellos, mejor dicho, el silencio es su primer y último lenguaje. Pero usted y yo creemos en el poder este último. Y creemos así porque vivimos ahora, porque hemos sido y somos lectores, porque participamos de un impulso civilizador llamado Roma.
-[102] (…) No ignoro que la paz, bajo la cual escribí mis libros, se adquirió después de miles de muertos, porque Roma es sobre todo eso. Huesos desparramados trazando las fronteras del imperio. Conciliábulos y conspiraciones en los que familias se matan entre sí con fervor. La inteligencia y la sensibilidad de nos cuantos hombres, entre los cuales he estado yo, apoyadas sobre los hombros de una masa anónima de esclavos de Roma crucifica a lo largo de sus vías.
-[102] Si Roma hubiera sido un Imperio de poetas, de pintores y de músicos, me digo. Si en todos sus caminos, en vez de [103] guarniciones militares, se hubieran levantado posadas para que saturas divertidas fueran el motivo del canto, y si el poder de ese canto hubiera estado bajo el dominio de las mujeres. Roma haciendo de la víctima de violación, una mujer que hiciera del hogar un interminable acto amoroso en el que sus hombres se vieran abrazados a Venus perpetuamente y no arrojados al frenesí de Marte. Pero Roma siempre ha estado edificada sobre la guerra. Su justicia ansía equidad pero destila sangre. Su derecho apunta hacia una utopía pero surge del pillaje. Y si a las mujeres se les diera el poder, terminarían ofrendándose a los dioses de las batallas como ménades incontrolables. Todos los imperios se construyen sobre el desdén y el odio, así después quieran ocultarlo entre himnos a la paz y fiestas de concordia.
-[103] (…) César y Augusto, y los que han de seguir hasta Roma se derrumbe y empiece a volverse ruinas invadidas por el espino y la zarzamora, serán sus emblemas máximos. Pero sobre ellos, y éste es mi frágil consuelo, sé que ha sido posible escribir una bucólica de Virgilio, una carta de Cicerón, una oda de Horacio, y algún verso de amor mío que existe gracias a la guerra.
-[129] (…) Soy conciencia de la putrefacción. Y la putrefacción es sentirse abandonado del tiempo. Y abandonarse del tiempo es alejar los hábitos. Y dejar los hábitos es aproximarse a la muerte. Por primera vez, en los duelos que he tenido, no he usado la túnica negra. Visto, en cambio, una toga blanca. Pero es tanta la sordidez que la blancura que me cubre ya no es más que turbiedad.
-[135] (…) Así, Roma es para muchos hombres la consecución de una forma de vida que ellos catalogan como la única capaz de testimoniar sobre un supuesto centro universal. Pero yo he vivido tanto el alma humana desde los libros, que estoy convencido de que Roma, y todo centro erigido por los hombres, no es más que una ilusión. Una ilusión magra pero que tal vez sea la más duradera e eso que hemos concertado en llamar Historia.
-[136] (…) No hay, y en este sentido somos ciudadanos de geografías parecidas, mejor lugar para comprender la fisura del que no se siente de ninguna parte que sumergirse en los libros.


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