De la tierra a la luna - Julio Verne

De la tierra a la luna - Julio Verne

De la Tierra a la Luna
 | Julio Verne

Sinopsis

Tras el término de la Guerra de Secesión, varios miembros del Gun-Club (dedicado a la confección de armas de guerra) se encuentran sin trabajo y se ponen manos a la obra con la construcción del mayor cañón del mundo jamás creado. Pero también quieren apuntar a la Luna, destruirla, por supuesto, y conseguir así la popularidad y disfrutar de la gloria de ser los padres del ingenio. Un arriesgado aventurero los disuade de lo contrario: propone cambiar la bala de cañón por un proyectil cilíndrico hueco donde puedan viajar algunos hombres. La idea es aceptada con gran revuelo y los hombres se preparan para el viaje. 

Crítica

De la Tierra a la Luna es el tercer libro publicado por Julio Verne y, aunque sigue fielmente la lógica de sus obras, ocupa un lugar curioso en su legado. Es probablemente una de sus historias más recordadas gracias a la icónica película de Georges Méliès de 1902, pero como experiencia de lectura, no es necesariamente una que se disfrute tanto como Veinte mil leguas de viaje submarino. Su valor real reside en la asombrosa profundidad científica de lo que se creía para la época sobre la Luna, funcionando como un registro técnico del conocimiento astronómico del siglo XIX.

Verne nos ubica magistralmente en la finalización de la Guerra de Secesión, uno de los conflictos más sangrientos de Estados Unidos y el motor que ayudó a conformar la nación tal cual la conocemos hoy en cuanto a sus divisiones políticas. En este marco de posguerra, surge un ingenioso diálogo que nos permite ver el "tira y afloje" entre la mentalidad estadounidense y la francesa, reflejando la previsión del porvenir progresista de la época. Aquí es donde Verne despliega una aguda ironía sobre el belicismo: retrata a una sociedad de artilleros que, al quedarse sin una guerra en la cual combatir, deciden que el siguiente paso lógico para su potencia de fuego es dispararle a la Luna.

La novela destaca también por una descripción preciosa sobre la Florida, capturando el flujo de gente y la importancia crítica del desarrollo de los ferrocarriles. Por otro lado, dedica un espacio vital a la imponente ciencia a vapor de los grandes buques, elementos que Verne utiliza para mostrar una sociedad en expansión tecnológica. Dentro de este entorno se dan particularismos muy propios del momento, como el fascinante encontronazo entre el capitán Nicholl y Barbicane, una rivalidad técnica nacida de la competencia entre blindajes y proyectiles durante el conflicto armado.

Sin embargo, mi valoración personal es de tres estrellas. A pesar de su riqueza contextual, no hay un gran desarrollo de los personajes; se sienten algo planos y supeditados a la trama técnica. En realidad, solo hay un personaje al que se le coge cariño a fuerza, porque es quien más llama nuestra atención y termina siendo el alma del Gun-Club: el entusiasta J.T. Maston. Además, la estructura del libro resulta algo frustrante para el lector que busca acción, ya que, curiosamente, la narración termina justo cuando la verdadera aventura debería empezar: en el momento exacto del disparo. Es una obra que brilla más como un prólogo a la ambición humana que como una odisea espacial en sí misma.

De la tierra a la luna - Julio Verne


Frases

- [5] Durante la guerra de Secesión en los Estados Unidos, se estableció en Baltimore, ciudad del Estado de Maryland, una nueva sociedad de mucha influencia. Conocida es la energía con que el instinto militar se desenvolvió en aquel pueblo de armadores, mercaderes y fabricantes. Simples comerciantes y tenderos abandonaron su despacho y su mostrador para improvisarse capitanes, coroneles y hasta generales sin haber visto siquiera las aulas de West Point, y no tardaron en rivalizar dignamente en el arte de la guerra con sus colegas del antiguo continente, alcanzando victorias, lo mismo que éstos, a fuerza de prodigar balas, millones y hombres.

-[5] No es extraño. Los yanquis no tienen rivales en el mundo como mecánicos, y nacen ingenieros como los italianos nacen músicos, y los alemanes, metafísicos. Era, además, natural que aplicasen a la ciencia de la balística su natural ingenuo y su característica audacia. Así se explican aquellos cañones gigantescos, muchos menos útiles que las máquinas de coser, pero no menos admirables y mucho más admirados. 

-[6] Y cuando a un americano se le mete una idea a la cabeza, nunca falta otro americano que le ayude a realizarla. Con sólo que sean tres, eligen un presidente y dos secretarios. Si llegan a cuatro, nombran un archivero, y la sociedad funciona. Siendo cinco se convocan en asamblea general, y la Sociedad queda definitivamente constituida. Así sucedió en Baltimore. El primero que inventó un nuevo cañón se asoció con el primero que lo fundió y el primero que lo taladró. Tal fue el núcleo del Gun Club. 

-[7] Aquella sociedad era una reunión de ángeles exterminadores, hombres de bien a carta cabal. 

-[8] (…) Había entre ellos oficiales de todas las graduaciones, subtenientes y generales, y militares de todas las edades, algunos recién entrados en la carrera de las armas y otros que habían encanecido en los campamentos. Muchos, cuyos nombres figuraban en el libro de honor del Gun Club, habían quedado en el campo de batalla, y los demás llevaban en su mayor parte señales evidentes de su indiscutible denuedo. Muletas, piernas de palo, brazos artificiales, manos postizas, mandíbulas de goma elástica, cráneos de plata o narices de platino, de todo había en la colección, y el referido Pitcairn calculó igualmente que en el Gun Club no había, a lo sumo, más que un brazo por cada cuatro personas y dos piernas por cada seis. 

-[12] La inmensa sala ofrecía a las miradas un curioso espectáculo. Aquel vasto local estaba maravillosamente adecuado a su destino. Altas columnas, formadas de cañones sobrepuestos que tenían por pedestal grandes morteros, sostenían la esbelta armazón de la bóveda, verdadero encaje de hierro fundido admirablemente recortado. Panoplias de arcabuces, carabinas y de todas las armas de fuego antiguas y modernas cubrían las paredes entrelazándose de una manera pintoresca. La llama del gas brotaba [13] profusamente de un millar de revólveres dispuestos en forma de lámparas, completando tan espléndido alumbrado arañas de pistolas y candelabros formados por fusiles artísticamente reunidos. Los modelos de cañones, las muestras de bronce, los blancos acribillados a balazos, las planchas destruidas por el choque de las balas del Gun Club, el surtido de baquetones y escobillones, los rosarios de bombas, los collares de proyectiles, las guirnaldas de granadas, en una palabra, todos los útiles del artillero fascinaban por su asombrosa disposición y hacían presumir que su verdadero destino era más decorativo que mortífero. 

-[13] Impey Barbicane era un hombre de unos cuarenta años, sereno, frio, austero, de un carácter esencialmente formal y reconcentrado; exacto como un cronómetro, de un temperamento a toda prueba, de una resolución inquebrantable. Poco caballeresco, aunque aventurero, siempre resuelto a trasladar del campo de la especulación al de la práctica las más temerarias empresas, era el hombre por excelencia de Nueva Inglaterra, el nordista colonizador, el descendiente de aquellas Cabezas Redondas tan funestas a los Estuardos, y el implacable enemigo de los aristócratas del Sur, de los [15] antiguos caballeros de la madre patria. 

-[16] -No hay ninguno de vosotros, beneméritos colegas, que no haya visto la Luna, o que, por lo menos, no haya oído hablar de ella. No os asombréis si vengo aquí a hablaros del astro de la noche. Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de este mundo desconocido. Comprendedme, apoyadme con todo vuestro poder, y os conduciré a su conquista, y su nombre se unirá a los treinta y seis Estados que forman este gran país de la Unión. 

-[17] (…) -Permitidme- prosiguió- que os recuerde, en pocas palabras, de qué manera ciertas cabezas calientes, embarcándose en viajes imaginarios, pretendieron haber penetrado los secretos de nuestro satélite. En el siglo XVII, un tal David Fabricius se vanaglorió de haber visto con sus propios ojos habitantes en la Luna. En 1649, un francés llamado Jean Baudoin publicó el Viaje hecho al mundo de la Luna por Domingo González, aventurero español. En la misma época, Cyrano de Bergerac publicó la célebre expedición que tanto éxito obtuvo en Francia. Más adelante, otro francés (los franceses se ocupan mucho de la Luna), llamado Fontenelle, escribió la Pluralidad de los mundos, obra maestra en su tiempo, pero la Ciencia, avanzando, destruye hasta las obras maestras. Hacía 1835, un opúsculo traducido del New York American nos dijo que sir John Herschell, enviado al cabo de Buena Esperanza para ciertos estudios astronómicos, consiguió, empleando al efecto un telescopio perfeccionado por una iluminación interior, acercar la Luna a una distancia de ochenta yardas. 

-[17] (…) Para terminar esta rápida historia, añadiré que un tal Hans Pfaal, de Rotterdam, ascendiendo en un globo lleno de un gas extraído del ázoe, treinta y siete veces más ligeros que el hidrógeno, alcanzó la Luna después de un viaje aéreo de diecinueve días. Aquel viaje, lo mismo que las precedentes tentativas, era simplemente imaginario, y fue obra de un escritor popular de América, de un ingenio extraño y contemplativo, de Edgar Poe. 

-[19] -Dejadme concluir- repuso tranquilamente-. He examinado la cuestión bajo todos sus aspectos, la he abordado resueltamente, y de mis cálculos indiscutibles resulta que todo proyectil dotado de una velocidad inicial de doce mil yardas por segundo, y dirigido hacia la Luna, llegará necesariamente a ella. Tengo, pues, distinguidos y bravos colegas, el honor de proponeros que intentemos este pequeño experimento. 

-[20] (…) Todas las armas de aquel museo de artillería, disparadas a la vez, no hubieran agitado con más violencia las ondas sonoras. No es extraño. Hay artilleros casi tan retumbantes como sus cañones. 

-[20] No hay nada que asombre a un americano. Se ha repetido con frecuencia que la palabra imposible no es francesa: los que tal han dicho han tomado un diccionario por otro. En América todo es fácil, todo es sencillo, y en cuanto a dificultades mecánicas, todos mueren antes de nacer. Entre el proyecto de Barbicane y su realización, no podía haber un verdadero yanqui que se permitiese entrever la apariencia de una dificultad. 

-[36] A nadie, ni aun al más lego de los yanquis, le estaba permitido ignorar uno solo de los hechos relativos a su satélite, ni respecto del particular se hubiera tampoco tolerado que las personas de menos cacumen hubiesen admitido supersticiosos errores. La Ciencia llegaba a todas partes bajo todas las formas imaginables; penetraba por los oídos, por los ojos, por todos los sentidos; en una palabra, era imposible ser un asno...en Astronomía. 

-[42] -En efecto- exclamó el orador-,si Dios ha hecho las estrellas y los planetas, el hombre ha hecho la bala, este criterio de las velocidades terrestres, esta reducción de los astros errantes en el espacio, que en definitiva tampoco son más que proyectiles. ¡A Dios corresponde la velocidad de la electricidad, la velocidad de la luz, la velocidad de las estrellas, la velocidad de los cometas, la velocidad de los planetas, la velocidad de los satélites, la velocidad del sonido, la velocidad del viento! ¡Pero a nosotros la velocidad de la bala, cien veces superior a la de los trenes y a la de los caballos más rápidos! 

-[48] -Sin duda, amigos míos. Ya sabéis que un ilustre químico francés, Henry Sainte-Claire Deville, llegó en 1854 a obtener el aluminio en masa compacta. Este precioso metal tiene la blancura de la plata, la inalterabilidad del oro, la tenacidad del hierro, la fusibilidad del cobre y la ligereza del vidrio. Se trabaja fácilmente, abunda en la Naturaleza, pues la alúmina forma la base de la mayor parte de las rocas; es tres veces más ligero que el hierro, y parece haber sido creado expresamente para suministrarnos la materia de que se ha de componer nuestro proyectil. 

-[51] Al día siguiente por la noche, los cuatro miembros del Gun Club se sentaba adelante de nuevas montañas de emparedados, a la orilla de un verdadero océano de té. La discusión empezó inmediatamente, sin ningún preámbulo. 

-[52] Sabed, señor- respondió J. T Maston, con solemne gravedad-,sabed que un artillero es como una bala, que no puede ir demasiado lejos. 

-[54] -Amigos míos- dijo, - voy a poneros a todos de acuerdo. Nuestro columbiad participará a la vez de las tres bocas de fuego. Será un cañón, porque la recámara y el ánima tendrán igual diámetro. Será un lanzaobuses, que la recámara y el ánima tendrá igual diámetro. Será un lanzaobuses, porque disparará una granada. Será un mortero, porque se apuntará formando con el horizonte un ángulo de noventa grados, y, además, le será imposible retroceder, estará fijo en la tierra, y así comunicará al proyectil toda la fuerza de impulsión acumulada en las entrañas. 

-[55] -En efecto- respondió Barbicane-, el hierro fundido cuesta diez veces menos que el bronce; es fácil de fundir y de amoldar, y se deja trabajar dócilmente. Su adopción economiza dinero y tiempo. Recuerdo, además, que durante la guerra, en el sitio de Atlanta, hubo piezas de hierro que de veinte en veinte minutos dispararon más de mil tiros sin experimentar deterioro alguno. 

-[56] Aún había que tratar la cuestión de las pólvoras. Esta última decisión era aguardada con ansiedad por el público. Dadas la magnitud del proyectil y la longitud del cañón, ¿Cuál sería la cantidad de pólvora necesaria para producir la impulsión? Este agente terrible, cuyos efectos, sin embargo, ha dominado el hombre, iba a ser llamado para desempeñar su papel en proporciones insólitas. 

-[60] -Volvamos al piróxilo- repuso Barbicane-.Conocéis sus propiedades, por las cuales va a ser para nosotros tan precioso. Se prepara con la mayor facilidad, sumergiendo algodón en ácido nítrico humeante, por espacio de quince minutos, lavándolo después en mucha agua y dejándolo secar. 

-[63] Nadie ignora la curiosa lucha que empeñó durante la guerra federal entre el proyectil y la coraza de los buques blindados, estando aquél destinando a atravesar a ésta y dando ésta resuelta a no dejarse atravesar. De esta lucha nació una transformación de la marina en los Estados de los dos continentes. La bala y la plancha lucharon con un encarnizamiento sin igual, la una creciendo y la otra engrosando en una proporción constante. Los buques, armados de formidables piezas, machaban al combate al abrigo de su invulnerable concha. El Merrimac, El Monitor, el Ram Tennesse, el Wechausen lanzaban proyectiles enormes, después de haberse acorazado para librarse los proyectiles contrarios. Causaban  a otros el daño que no quería que los otros les causasen, siendo éste el principio inmoral en que suele descansar todo el arte de la guerra. 

Y si Barbicane fue el gran fundidor de proyectiles, Nicholl fue un gran forjador de planchas. El uno fundía noche y día en Baltimore, y el otro forjaba día y noche en Filadelfia. Los dos seguían una corriente de ideas esencialmente opuestas. 

-[70] Con menos afán se disputaron siete ciudades de Grecia la gloria de haber sido la cuna de Homero que el Estado de Texas y el de Florida la de ver fundir un cañón en su regazo. 

-[83] A cosa de las diez de la mañana, la comitiva había avanzado unas 12 millas. A los campos fértiles sucedió entonces la región de los bosques. Allí se presentaban la esencia más variadas con una profusión tropical. Aquellos bosques casi impenetrables estaban formados de granados, naranjos, limoneros, higueras, olivos, albaricoqueros, bananos y cepas de viña, cuyos frutos y flores rivalizaban en colores y perfumes. 

-[86] Ocho días después de su partida, el Tampico regresaba a la bahía del Espíritu Santo con una flotilla de buques a vapor. Murchisson había reunido quinientos trabajadores. En los malos tiempos de la esclavitud le hubiera sido imposible. Pero desde que América, la tierra de la libertad, no abrigaba en su seno más que hombres libres, éstos acudían dondequiera que les llamaba un trabajo generosamente retribuido. Y el Gun Club no carecía de dinero, y ofrecía a sus trabajadores un buen salario con gratificaciones considerables y proporcionadas. El operario reclutado para la Florida podía contar, concluidos los trabajos, con un capital depositado a su nombre en el Banco de Baltimore. Murchisson tuvo, pues, donde escoger, y pudo manifestarse de forma severa respecto de la inteligencia y habilidad de sus trabajadores. Es de creer que formó su laboriosa legión con la flor y nata de los maquinistas, fogoneros, fundidores, mineros, albañiles y artesanos de todo género, negros o blancos, sin distinción de colores. Muchos partieron acompañados de su familia. Aquello parecía una verdadera emigración. 

-[100] Sabido que los yanquis han nacido comerciantes. Adondequiera que los lance la suerte, desde la zona glacial a la zona tórrida, es menester que se ponga en ejecución su instinto de los negocios. He aquí por qué simples curiosos, que se han trasladado a Florida sin más objeto que seguir las operaciones del Gun Club, se entregaron, no bien se hubieron establecido en Tampa, a operaciones mercantiles. 

-[101] Ahora comprende cualquiera el fundamento de la gran rivalidad entre Texas y Florida, y la exasperación de los tejanos cuando se vieron desahuciados en sus pretensiones por la elección del Gun Club. Con su sagacidad previsora habían adivinado cuánto debía ganar un país con el experimento de Barbicane y los beneficios que produciría un cañonazo semejante. Texas perdía por la elección de Barbicane un vasto centro de comercio, un ferrocarril y un aumento considerable de población. Todas esas ventajas las obtenía la miserable península floridense, echada como una estacada en las olas del golfo y las del océano Atlántico. 

-[102] Pero cuando el columbiad quedó enteramente concluido, fue preciso abrir las puertas, pues hubiera sido poco prudente contrariar el sentimiento público manteniéndolas cerradas. Barbicane permitió entrar en el recinto a todos los que llegaban, si bien, empujado por su talento práctico, resolvió especular en grande con la curiosidad general. La curiosidad es siempre, para el que sabe explotarla, una fábrica de monedas. 

-[131] Mientras el presidente y el capitán se concertaban aquel duelo terrible y salvaje en que un hombre se hace a la ves res y cazador de otro hombre, Miguel Ardas descansaba de las fatigas del triunfo. Pero no descansaba en realidad, no es ésta la expresión más propia, porque los colchones de las camas americanas nada tienen que envidiar por su dureza al mármol y al granito. 

-[132] Nada más terrible que esos duelos propios de los americanos, durante los cuales los dos adversarios se buscan por entre la maleza y los matorrales, se acechan desde un escondrijo cualquiera y se disparan las armas en medio de los más enmarañado de las selvas, como bestias feroces. 

-[143] Una gruesa almohadilla, aplicada a una red de resortes de acero delicadamente templados, forraba sus paredes interiores. Era un verdadero nido cuidadosamente mullido y acolchado. 

-[158] Aumentaba la inminencia del peligro la indiscreción y ligereza de los americanos, que durante la guerra federal solían cargar sus bombas con el cigarro en la boca. Pero Barbicane esperaba salirse con la suya y no naufragar a la entrada del puerto. Escogió sus mejores operarios, los hizo trabajar bajo su propia inspección, no les perdió un momento de vista y, a fuerza de prudencia y precauciones, consiguió inclinar a su favor todas las probabilidades de éxito. 

-[162] En el número de los objetos indispensables se incluyeron algunas cajas de granos y semillas útiles. Si hubiesen dejado a Miguel Ardan despacharse a su gusto, habría llevado también algunos sacos de tierra para sembrarlas. Ya que no pudo hacer todo lo que quería, cargó con una docena de arbustos que, envueltos en paja con el mayor cuidado, fueron colocados en un rincón del proyectil. 




Comentarios

Entradas populares