Un gato callejero llamado Bob | James Bowen
Sinopsis
Cuando el músico callejero James Bowen encontró a un gato pelirrojo herido acurrucado en el descansillo de su piso, no podía imaginar hasta qué punto su vida iba a cambiar. James vivía al día en las calles de Londres y lo último que necesitaba era una mascota. Sin embargo, no pudo resistirse a ayudar a un gato tan listo, al que bautizó como Bob. Enseguida los dos se hicieron inseparables y sus variadas, cómicas y, ocasionalmente, peligrosas aventuras acabarían transformándoles a ambos y curando las heridas de sus turbulentos pasados.
Un gato callejero llamado Bob es una emotiva e inspiradora historia real que ha llegado al corazón de miles de lectores en todo el mundo.
Crítica
Releer Un gato callejero llamado Bob en estas navidades no fue un gesto casual, sino un regreso consciente a un libro que, con el paso del tiempo, ha ganado nuevas capas de sentido. No era nuestra primera lectura, pero sí una relectura atravesada por la experiencia: ahora convivimos con un felino y, quizá por eso, la conexión con la historia de James Bowen y Bob se volvió más íntima, más física, casi cotidiana. Además, esta vuelta al libro estuvo motivada en parte por haber visto La Navidad de Bob, la película, que reavivó el deseo de regresar al origen de esta historia y mirarla otra vez con ojos más atentos.
En un panorama narrativo donde abundan los relatos de perros heroicos que salvan a sus amos —historias nobles, sí, pero ya familiares— resulta refrescante y, en cierto modo, extraño encontrarse con un gato como eje emocional y ético del relato. Bob no es un salvador en el sentido clásico: no rescata a James con gestos grandilocuentes ni proezas épicas. Lo hace desde la persistencia silenciosa, desde la compañía constante, desde ese estar que los gatos dominan como nadie. Y es precisamente ahí donde el libro encuentra su fuerza: en la mutua dependencia, en la idea de que no es solo el animal quien ayuda al humano, sino que ambos se sostienen para sobrevivir a la dureza de las calles de Londres.
La relación entre James y Bob desmonta cualquier jerarquía cómoda. No hay un “dueño” que salva a una mascota desvalida, ni un animal milagroso que llega a redimir a su humano caído. Hay dos seres heridos que se reconocen, que se acompañan y que, en ese acompañamiento, encuentran una razón para seguir adelante. La calle no se romantiza; se muestra como un espacio hostil, indiferente, donde la precariedad no solo es material, sino también emocional.
Uno de los aspectos más honestos y valiosos del libro es la forma en que James aborda su adicción a la heroína. No hay autoengaño ni victimismo: James es plenamente consciente de su dependencia, del lugar oscuro en el que se encuentra y de lo fácil que sería dejarse arrastrar. La llegada de Bob no borra esa realidad, pero introduce algo crucial: el sentido de la responsabilidad. Cuidar de otro ser vivo —pensar en su comida, su salud, su seguridad— se convierte en un ancla diaria, en una razón concreta para elegir mantenerse sobrio. Bob no lo salva; le devuelve la capacidad de decidir
Esta relectura nos llevó, inevitablemente, a una reflexión más amplia sobre la mirada social. El libro obliga a preguntarse cómo tratamos a las personas que nos cruzamos cada día, especialmente a quienes no tienen hogar. La invisibilidad es uno de los temas más incómodos del texto: James es visto, muchas veces, como un obstáculo más en la acera, como parte del paisaje urbano que se aprende a ignorar. Bob, con su presencia llamativa, rompe ese hechizo y devuelve a James una forma de existencia ante los ojos de los demás.
En ese punto, la lectura se volvió profundamente personal. Salvando todas las distancias —y siendo conscientes de que buscar trabajo no es comparable con vivir en la calle—, no pudimos evitar conectar con esa sensación de invisibilidad. En los momentos en los que hemos tenido que buscar empleo, cuando los correos no obtienen respuesta y las puertas parecen cerrarse antes incluso de tocarse, aparece una sombra de ese mismo sentimiento: el de no ser vistas, el de no contar. El libro, sin proponérselo de manera explícita, tiende un puente incómodo entre realidades muy distintas, pero unidas por una emoción común.
Como hermanas que escribimos juntas en Pluma Gulunga, esta historia también dialoga con nuestra propia experiencia vital. Hemos compartido la vida con un gato adoptado durante 18 años, y esta lectura nos despertó una pregunta inevitable: ¿Cuál habrá sido su historia antes de llegar a nosotras? ¿Qué vivió?, ¿Qué perdió?, ¿Qué aprendió en ese tiempo del que nunca sabremos nada? Bob nos recordó que todo animal —como toda persona— arrastra un pasado invisible.
Tal vez por eso esta es una de esas historias que no se quedan solo en la lectura. Un gato callejero llamado Bob ha sido un libro que hemos compartido con nuestro círculo familiar, que hemos recomendado una y otra vez y que incluso acompañó a una amiga en su viaje rumbo a Ciudad Perdida, en Santa Marta. Es de esos relatos que circulan, que se prestan, que se comentan, porque algo en ellos toca una fibra común.
Por todo esto, no tenemos dudas en darle cinco estrellas. No solo por lo que cuenta, sino por lo que despierta: empatía, conciencia, preguntas incómodas y una mirada un poco más humana hacia quienes suelen quedar al margen. Releerlo fue mucho más que un ejercicio literario; fue una invitación a observar el mundo —y a quienes lo habitan— con mayor atención y compasión.
Frases
- [11] Según una famosa cita en alguna parte, a todos se nos ofrecen segundas oportunidades cada día de nuestras vidas. Están ahí para que las tomemos, pero simplemente no lo hacemos.
- [21] Londres siempre ha tenido una gran población de gatos callejeros y asilvestrados que vagan por las calles y se alimentan de sobras y del cariño de extraños. Hace quinientos o seiscientos años lugares como la calle Greshman en la City, Clerkenwell Green y Drury Lane solían ser conocidos como "calles de gatos" y estaban abarrotados de ellos. Estos animales callejeros son los verdaderos desechos, los restos del naufragio de la ciudad, merodeando y peleando por sobrevivir a diario. Muchos de ellos eran como este gato anaranjado: criaturas ligeramente magulladas y rotas.
Tal vez este había intuido en mí un alma gemela.
- [33] Toda la situación no fue más que un recordatorio, al menos para mí, de otra de las cosas fascinantes de los gatos: que son depredadores por naturaleza. A mucha gente no le gusta pensar que sus pequeñas mascotas son unas asesinas en potencia, pero eso es lo que son los gatos si le das la más mínima oportunidad. En algunas partes del mundo, incluyendo en Australia, existen leyes muy estrictas sobre sacar a los gatos por la noche debido a la carnicería que causan en la población local de pájaros y roedores.
- [34] No sé por qué, pero a la gente parece fascinarle saber por qué algunos miembros de la sociedad acaban cayendo en el abismo. Creo que en parte es por la sensación de que eso puede sucederle a cualquiera. Pero también imagino que les hace sentir mejor respecto a sus propias vidas. Y les hace pensar: " Bueno, tal vez crea que mi vida es mala, pero podría ser peor, podría ser como la de ese pobre diablo".
- [39] Vivir en las calles de Londres destruye tu dignidad, tu identidad, tu todo. Y lo peor es que también destruye la opinión que los demás tienen de ti. Al ver que estás viviendo en la calle, te tratan como si no existieras. No quieren tener nada que ver contigo. muy pronto te encuentras sin un verdadero amigo en el mundo.
- [42] Es fácil inventar excusas para la drogodependencia, pero estoy seguro de conocer las razones de la mía. Fue pura y simple soledad. La heroína me permitía anestesiarme frente a mi aislamiento, frente al hecho de no tener familia o un gran círculo de amistades. Solo me tenía a mí mismo y por extraño e indescifrable que le parezca a todo el mundo, la heroínas era mi amiga.
- [49] - Los gatos, ya sean machos o hembras, suelen madurar sexualmente hacia los seis meses de edad. Si pasado ese tiempo se les deja intactos, experimentan ciertos cambios físicos muy distintivos. Por ejemplo, a los machos les engorda la cara, sobro todo alrededor de las mejillas. Además desarrollan una piel más gruesa y, generalmente, alcanzan gran tamaño, mucho mayor que los gatos que no han sido castrados.
- [88] El arnés, la correa y el collar costaron alrededor de trece libras. Era uno de los más caros que tenían, pero me dije que se lo merecía. Si hubiera sido un empresario, el director de la Compañía James & Bob, me habría dicho que hay que estar pendiente de tus empleados y tratar de invertir en tus propios recursos humanos - salvo que en este caso era recursos felinos.
- [91] Fue mientras volvía a casa esa noche cuando empecé a entenderlo. No era solo por hacer dinero, porque nunca me moriría de hambre, pero mi vida era mucho más rica con Bob en ella. Era un placer poder disfrutar de una compañía tan estupenda, de un compañero tan agradable. De alguna forma, sentía como si me hubieran dado la oportunidad de volver al buen camino. No es fácil trabajar en las calles. La gente no quiere darte una oportunidad. Antes de tener a Bob, si trataba de acercarme a a gente de los pubs con mi guitarra, solían despedirme con un: " No, lo siento", antes incluso de que hubiera podido decir hola.
Ya podía acercarme a ellos para preguntarles la hora que, antes incluso de haber abierto la boca, me habrían dicho: "No tengo suelto, lo siento". Eso sucedía todo el tiempo. Ni siquiera me daban la oportunidad.
La gente no quiere escuchar. Lo único que ves es a alguien que piensan quiere aprovecharse de ellos. No entienden que estoy trabajando. Que no estoy mendigando. Que intento ganarme la vida. Solo porque no llevo traje y corbata ni un maletín o un ordenador portátil, solo porque no tengo una nómina ni un P45, no significa que sea un gorrón.
- [92] Los gatos son increíblemente quisquillosos sobre las personas que les gustan. Y si a un gato no le gusta su dueño, le dejará y se buscará otro. Lo hacen constantemente. Se largan y viven con alguien diferente. Verme con mi gato me hacía más agradable a sus ojos. Me humanizaba, sobre todo después de haber estado tan deshumanizado. De algún modo, me devolvía mi identidad. Había sido alguien inexistente; y ahora volvía a ser de nuevo una persona.
- [93] Bob no solo estaba cambiando la actitud de la gente hacia mí: estaba cambiando también mi actitud hacia los demás. Nunca en mi vida había tenido ninguna responsabilidad sobre nadie. Tuve, eso sí, algún trabajo ocasional cuando era joven en Australia, y también formé parte de una banda, lo que requería un montón de trabajo en equipo. Pero la verdad era que desde que me marché de casa siendo un adolescente, mi única responsabilidad fue para conmigo mismo. Siempre tuve que cuidar de mí, puesto que no había nadie más para hacerlo y, en consecuencia, mi vida se convirtió en la de alguien muy egoísta. Todo giraba en torno a sobrevivir día a día.
La llegada de Bob a mi vida cambió radicalmente todo eso. De golpe, me vi asumiendo una responsabilidad extra. La salud y felicidad de otro ser dependían de mí.
- [167] La vida en las calles no es así. No se trata de una comunidad unida basada en cuidar unos de otros, sino de un mundo en el que cada cual mira por su propio beneficio.
- [262] Bob es mi mejor compañero y el que me ha guiado hacia un modo de vida diferente y mejor. Un compañero que no exige a cambio nada complicado ni imposible. Solo quiere que me ocupe de él. Y eso es lo que hago.
Sabía que el camino por delante no sería fácil. Sin duda tendríamos que enfrentarnos a problemas de cuando en cuando - después de todo, aún estaba trabajando en las calles de Londres - Nunca iba a ser fácil. Pero mientras estuviéramos juntos, tenía el presentimiento de que todo iría bien.
Todo el mundo necesita un respiro, todo el mundo merece una segunda oportunidad. Bob y yo habíamos aprovechado la nuestra...
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